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El arte de colgar hamacas

12 días inolvidables recorriendo uno de los lugares más extremos del planeta. Nuestro Viajero Intermitente navegó por aguas indomables y comparte sus vivencias en esta increible columna.

Leandro Blanco Pighi
Por Leandro Blanco Pighi blancopighi@hotmail.com

Viajero intermitente 

AMAZONAS – El camino empezaría en Francisco de Orellana –El Coca, como lo llaman los lugareños–, es todo lo que sabía. El plan: cruzar el continente por su ancho. Desde Ecuador hasta el océano Atlántico. En barco, sobre las aguas del río; del Napo primero, del Amazonas después.

Una voz acreditada asegura que es necesario ir al puerto. “Cada mañana a las siete, enciende su motor la lancha que se dirige hacia Nuevo Rocafuerte”, explica la señora de la oficina de turismo. Así, el primer tramo del largo periplo, queda resuelto.


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El motorizado bote, con unas cincuenta personas a bordo, las que juegan a una especie de tetris humano entre equipajes y mercaderías, se mueve parsimoniosamente sobre la corriente. Al pasar algo más de diez horas, el destino llega a los pies de viajeros y comerciantes.

Sobre la orilla del fin del mundo –o al menos eso es lo que aparenta–, un oficial de las fuerzas armadas ofrece un gazebo con techo de paja para armar la carpa. Rodeados de selva, a los habitantes de este pueblo perdido en el mapa, no le queda otra alternativa que hacerse de un bote, o esperar a que algún vecino disponga del suyo para emprender alguna distancia acuática. Las horas del día se escurren negociando con cuanto marinero improvisado se cruza por la insolada vereda.

Completar la travesía implica moverse desde Nuevo Rocafuerte a Cabo Pantoja. Es decir, regresar a Perú. Después de insistentes regateos con uno y otro propietario de lanchas, el trayecto es recorrido sobre una peque-peque –nombre que reciben las canoas motorizadas–.

Nueve pasajeros sobre un vehículo en el cual, quizá, debería viajar sólo la mitad. Tres argentinos, dos salvadoreños, un colombiano, una holandesa, la pareja de ecuatorianos dueños de la barca y dos bicicletas a bordo. El paseo es fascinante, sobre un navío de diez metros por treinta centímetros, en medio del río Napo, en plena Amazonía ecuatoriana.

La selva abraza a la pequeña embarcación, que se va perdiendo en el gigantesco río. Los tambaleos se suceden, nadie entiende por qué no se produce el tan anunciado naufragio.

Después de dos horas de navegación, resultando increíblemente ilesos, el oficial de migraciones estampa su sello en los pasaportes. Otra vez en suelo peruano.

Cabo Pantoja es un manojo de caseríos de chapa y madera perdidos entre un interminable verde. Es un pueblo evitado por la globalización. Internet aún no se presenta a la cita. Los suministros de todo tipo se arriman a la población vía fluvial. Este reducto olvidado del Perú –más cerca de Ecuador que de cualquier otra localidad peruana– es totalmente dependiente del Dionicia I, el barco que arroja el ancla en estas costas cada veintiún días. Y los extranjeros no están exentos. Cuando finalicen los días de carga y descarga, será esta gran lata oxidada y flotante la que conducirá a nuevos caminos.



Dionicia I. Día 1.

La navegación presenta innumerables atractivos. Uno de ellos es el escenario que se genera con cada aproximación a pequeñas comunidades. Los habitantes se acercan con vehemencia a la orilla para presenciar el intercambio, la compra y venta de mercancías.

Desde la cubierta del barco se puede ver cómo suben a un chancho desde una pequeña aldea. Tratado como si no tuviese vida, como a un objeto más de aquellos depositados en la bodega, los que se comercializarán algunos cuantos kilómetros después.

La noche, perfectamente iluminada por la luna llena, invita a posarse en lo más alto del navío y, desde ahí, observarlo todo. El gran tamaño de los árboles en sendas orillas, induce a pensar acerca de lo enorme que es el medio que habitamos y lo ínfima que es nuestra presencia.

Dionicia I. Día 2.

Ya son ocho los cerdos a bordo. Al arrimarse al cerco que improvisaron para contenerlos, puede sentirse un inconfundible aroma a chiquero. Algunas tortugas también se sumaron al paseo, maniatadas, sin posibilidad de escapatoria. En las jaulas de gallos y gallinas no entra ni un alfiler. Gradualmente, el Dionicia I se va convirtiendo en el Arca de Noé.

En una de las tantas paradas del día, ingresa con la tripulación una cazuela repleta de obesos gusanos. Son más grandes que los dedos de la mano. Horas después, son destripados y colocados en una olla. “Los freímos. Sirven como manteca natural. Son deliciosos”, afirma el cocinero mientras algunos fotógrafos no pueden salir del asombro.

En horas de la noche, una furiosa luz naranja asoma tímidamente entre los árboles. Al rato, esa lejana iluminación se convierte en una radiante luna llena, la que deja un halo brillante sobre el espejado río. La aparición del satélite es exquisita. Deja sin palabras a los espectadores del show que acaba de brindar.

Dionicia I. Día 3.

La cubierta del barco va mutando lentamente. Ya se ha convertido en un mercado persa ambulante. Un espectáculo de otra época. Como si formara parte de un viaje al pasado. Rebobinamos algunos siglos en la historia.

La nave carga todo tipo de mercadería y se detiene ante cada grupo de casas divisadas desde el corazón del río –señas mediante– para comercializar. Las personas se agolpan en la pasarela de la embarcación sacando frutas, verduras y gasolina de la bodega. Un comprador selecciona gallos y negocia el precio con tenacidad. Los porcinos pelean por algunos aguajes que caen de un hombro, el saco está roto y alimenta a los maltratados cerdos.

El barco se detiene en el puerto principal de Iquitos. Y más que un puerto se asemeja a un gran basurero. Una imagen carente de belleza, repleta de espanto. Los trabajadores de las diferentes compañías bajan a las vacas tirándolas por sogas; de las patas o de las orejas, hasta que caen al piso, exhaustas de tanto luchar. Bolsas, botellas y pañales se disputan un lugar de preferencia, flotando sobre el río o danzando con el soplo del viento.


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La contracara de aquel vertedero es el malecón. Visitantes de todas partes del mundo se reúnen a orillas del río. Los músicos adornan las callecitas repletas de bares, mientras los oriundos de estas tierras ofrecen algún tour por la selva. El arte, los globos, las tortas, la cerveza y los sánguches convierten al espacio en una pintoresca y festiva escena.

Frente a la plaza de armas, la Sociedad Española de Beneficencia le hace honor a su nombre. Alcides –o Alci, como él mismo se presenta–, le hace un espacio a las mochilas cansadas. Las invita con agua, les ofrece el patio para descansar y les convida de su ducha, capaz de alejar el pesado calor tropical del cuerpo.

De camino al puerto de los pescadores –desde donde zarpan los navíos hacia Santa Rosa–, Rudy Rodríguez, moto-taxista por elección, brinda su casa como refugio, al menos hasta que se disipe el chaparrón. Toma algunas galletas de su almacén y acepta un mate. Se quema, como todo no-argento que se anima al reto. Obsequia algunos consejos sobre los barcos peruanos y, al concluir la lluvia, da su bendición para continuar el periplo en paz.

El Gran Diego es el nuevo hogar. Al menos durante los siguientes dos días. Los tres niveles rebalsan de hamacas, ahí es donde cada pasajero come, lee, escribe, escucha música, comienza partidas de naipes o mira el reloj, pensando cuánto más faltará para la siguiente comida, o para llegar a destino.

Los sonidos de la selva acompañan la noche, colaborando a los párpados a que desciendan lentamente. De repente, vuelven a abrirse, exaltados ante un hecho terrible; el veedor despierta uno a uno, hamaca tras hamaca, exigiendo los boletos, destruyendo sueños.

Al llegar a Santa Rosa, situada sobre la triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil, es necesario buscar una lancha que cruce hasta el lado brasilero, a Tabatinga. Durante la espera en la oficina de migraciones, un grupo de guacamayos rojos divierten al público de ocasión.



O futuro comença agora, avisa un cartel el cambio de idioma.

El Diamante es un hotel flotante. Inmenso. Con comedor, cantina y hasta televisores donde la muchachada se amontona a ver el fútbol brasilero. Tres son los días que hacen falta para alcanzar la ciudad de Manaos. Un monstruo de cemento en plena selva amazónica.

Cada pequeña y cotidiana acción invoca a la sorpresa.

Cepillarse los dientes viendo correr el agua del río más caudaloso del mundo, imaginando el verdadero tamaño de los árboles que husmean desde lo lejos. Despertar día a día sobre una hamaca.

Cada movimiento logra hacer de lo mundano algo increíblemente especial.

Una pequeña lancha de madera es amarrada al diminuto muelle, frente a  la apenas visible construcción de la orilla opuesta. Desde la iluminada ventana habrá alguien observando –o no– a un ser de escasa dimensión anotando palabreríos en su bloc de notas.

El barco está calmo. Ya culminó el horario del desayuno y la única obligación de los pasajeros es aguardar por el almuerzo. Algunos se arriman a observar el rio y lo que en él acontece. Cada tanto, un primerizo en esto de transitar el Amazonas, grita emocionado: “un delfín, un delfín”. La alarma humana provoca el salto a la cubierta de uno y otro. El lomo rosado del animal se pierde a lo lejos con una pirueta o, simplemente, no vuelve a asomarse a presumir su belleza.


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Otros, huyen del sofocante calor recluyéndose en el vaivén o la quietud de su hamaca. Un libro, el celular, un juguete o los auriculares de su reproductor musical son la compañía elegida. Duermen y también escriben. Están los que fotografían todo y los que esperan ansiosos por congelar para siempre algún atardecer. Pasean a sus hijos. Van y vienen al baño, se sirven agua helada para aliviar las asfixiadas gargantas. Cambian de posición las cuerdas que sostienen su cama colgante. Reina el deseo por llegar.

Promediando el cuarto día de navegación, las sogas son amarradas, dejando al enorme Diamante estacionado en el puerto de Manaos.

La ciudad, un gigantesco bloque de hierro y hormigón en el corazón de la selva, no mezquina humedad para quienes caminan por sus veredas. El célebre teatro Amazonas es un premio a los valientes que luchan contra el sol, que penetra una a una las capas de la piel. Un privilegio llegar hasta él y admirar su encanto. Su presencia, monumental, aflora entre la vegetación de la plaza San Sebastián.

Frente a cada tupida plaza, el arte y la historia cohabitan en sus diferentes expresiones. Sobran los centros culturales y los museos que invitan al foráneo a conocer y adentrarse en la cultura amazónica; a bailar los ritmos que han hecho vibrar este suelo, desde los primeros habitantes hasta la actualidad.


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El mercado, ahogado de color, es de visita obligada. Mangos, sandías, papayas, bananas, ananás, guayabas, naranjas, maracuyás y todas las frutas que seas capaz de imaginar aguardan en cajones de cartón y de madera, en estantes, o sobre el suelo mismo. Si el hambre sale disparada por los ojos del potencial cliente, los vendedores no escatimarán en insistencia al ofrecer sus artículos.

Frente al mercado, uno de los puertos de esta gran urbe. Y frente a él, infinidad de puestos de comida. Arroz, feijoada, farinha de mandioca, pollo y una infinidad de pescados invaden cada plato. A diferencia de Bolivia, Perú o Ecuador, acá los precios son prefijados y las cocineras callejeras no entienden de súplicas presupuestarias.

El acuerdo con el capitán incluye dormir sobre el barco la noche previa al zarpazo. Acá estamos otra vez, buscando el mejor sitio donde colgar la hamaca, mientras los brazos persiguen en vano a audaces mosquitos. Los camiones ya concluyeron su labor, la mercadería descansa en la bodega. Las luces se van apagando, una a una. Excepto las de los comercios gastronómicos, que no duermen hasta vender el último grano de arroz.

Restan algo más de tres mil kilómetros para concluir el periplo. El Rey Afonso es el encargado de cubrir la distancia desde Manaos a Santarém, ubicado justo en la mitad del camino que falta cubrir.


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La música brasilera, a un volumen extravagante, despierta a los pasajeros. Incluidos los dos cachorros sollozantes dentro de una caja de cartón. Los parlantes no callan en horas del día; las canciones se repiten una y otra vez a toda voz y, lentamente, van perdiendo su gracia. Las hamacas no cesan su bamboleo, algo agotadas, sólo piensan en llegar.

Una vez en tierra firme, un improvisado bar sobre la vereda refresca las gargantas con gaseosa sabor guaraná. En el televisor, el Flamengo vence al Figueirense por 3 a 1.

En el puerto de Santarém sucede algo inédito. Hoy los vendedores no tienen voluntad de negociar. Treinta y seis horas, ciento treinta reales, cero comidas a bordo. El espíritu regateador, que había perdido su invicto la noche anterior, es goleado y humillado.

Bruno es el nombre de la embarcación. La última del osado paseo a lo ancho del continente sudamericano. Treinta y seis horas más tarde, durante los primeros soplidos de la madrugada, el poblado de Santana recibe el ancla. La hamaca sigue colgada. La tripulación deja las puertas abiertas para quienes no tienen dónde ir.

Desde este puerto del norte de Brasil se pueden ver algunas casas de madera. Suena música festiva.

Termina la aventura.

Tras doce días sobre el agua, el Amazonas llega a su fin.

 

Fotografías: Leandro Blanco Pighi. 

 

2 comments on “El arte de colgar hamacas

  1. me encanto!! realmente a pesar de lo agotador que se ve, te dan ganas de hacerlo, se ve que es algo de otro tiempo. todo tan perdido en medio del amazonas…
    Siga asi viajero! por mas destinos..

  2. Pingback: Cruce del Río Amazonas Desde -Ecuador al Atlántico en barco – Viajero Intermitente

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