Por: Bautista Medrano y Santino Medrano 4° IMVA – Mateo Dalmasso y Santiago Ruiz 4° IENM
Redacción: Sofía Ivonne Maciel
Lo que comenzó como un pequeño grupo de WhatsApp entre madres hoy reúne a alrededor de 80 familias de distintas localidades de Sierras Chicas y también de la ciudad de Córdoba. Sin líderes ni estructuras, el espacio funciona de manera horizontal: cada integrante aporta desde su experiencia personal, respondiendo dudas, compartiendo información y brindando apoyo emocional a quienes lo necesitan.
La historia del grupo tiene un origen profundamente personal. Durante su embarazo, Carolina Halabi recibió la noticia de que su hijo, Renato, tenía síndrome de Down. A partir de una recomendación médica, entró en contacto con otra madre que había pasado por la misma situación. Ese primer vínculo abrió una puerta inesperada: la posibilidad de encontrarse con otras familias, compartir inquietudes y dejar de transitar el camino en soledad.
En ese momento, Carolina trabajaba como psicóloga en el Centro de Salud de Salsipuedes y comenzó a notar que llegaban cada vez más madres de niños con esta condición, que buscaban hablar con ella, no solamente desde una mirada profesional, sino desde la experiencia de la maternidad compartida. Poco a poco, esas conversaciones se transformaron en vínculos, y esos vínculos en comunidad.
Así nació un grupo de WhatsApp. Sin requisitos para ingresar: quien conocía a alguien en la misma situación lo sumaba. Con el tiempo, el espacio creció hasta llegar a convertirse hoy en una red sólida y activa, denominada “El amor todo lo puede”.

Un grupo donde todos “hablan el mismo idioma”
La función principal del proyecto es acompañar. Allí circulan consultas sobre escuelas, médicos, terapias, actividades recreativas, trámites vinculados al certificado de discapacidad, coberturas de obras sociales e incluso asesoramiento legal. “Sirve como apoyo en el día a día, para todo”, cuenta Halabi.
De esta manera, conviven familias con hijos recién nacidos, niños, adolescentes y adultos. Esa diversidad de edades convierte al espacio en una fuente constante de orientación, ya que quienes recién reciben un diagnóstico encuentran respuestas en quienes ya atravesaron esas etapas. Al respecto, Carolina añade: “Es muy lindo el acompañamiento de saber que, si necesito consultar algo, lo pregunto”.
Las integrantes lo describen como un refugio en el que “todos hablan el mismo idioma”, porque comparten preocupaciones, aprendizajes y también logros. Esa empatía cotidiana convierte a la agrupación en una herramienta concreta de sostén emocional para todas las familias.
Pensar la inclusión más allá en su totalidad
Uno de los temas que atraviesa el trabajo del grupo es la reflexión sobre la inclusión real. Para Carolina y Marysol, incluir no significa solamente abrir un lugar, por ejemplo, sino adaptarlo verdaderamente a las necesidades de cada persona.
A partir de sus vivencias, remarcan la importancia de contar con docentes que acompañen, actividades deportivas pensadas desde una mirada inclusiva y propuestas sociales donde adolescentes y adultos puedan reunirse con sus pares. Señalan que “muchas veces, cuando termina la escolaridad obligatoria, aparece un vacío”. Así, carecen de puntos de encuentro, recreación y desarrollo social.
Las coordinadoras recomiendan la escuela especial para los chicos y chicas, justamente atendiendo al hecho de que “todavía falta profundizar mucho más” -en sus palabras-. “Se trata de contenerlos y las maestras muchas veces no están preparadas”, valora Boló. En tanto, destacan la aparición de sitios de deporte inclusivo en la región.

Proyección como fundación
Uno de sus grandes proyectos es convertirse en fundación y lograr un espacio físico propio, con el propósito de compartir actividades, generar vínculos y fortalecer su autonomía.
Fomentar la independencia es el mayor desafío. Como dicen ellas: “es un trabajo de hormiga” que comienza desde temprana edad, centrado en sembrar enseñanza hoy para cosechar mañana.
En este proceso, destacan el rol de los hermanos ya que su compañía, guía y exigencia son motores esenciales para el desarrollo. Bajo estas premisas, “El amor todo lo puede” más que una agrupación se convirtió en una comunidad. Una red donde cada experiencia individual suma a la construcción colectiva de un camino más acompañado, más informado y también más esperanzador.
De la pantalla al encuentro cara a cara
Aunque el grupo mantiene su informalidad, surgió una propuesta que se convirtió en ritual: la celebración anual por el Día Internacional del Síndrome de Down, cada 21 de marzo.
Hace ya ocho años que organizan una fiesta pensada especialmente para el disfrute de un día propio, rodeados de amigos y toda la comunidad. La primera celebración superó todas las expectativas: convocó a unas 500 personas, contó con shows, actividades recreativas, comida, regalos y una enorme participación solidaria de vecinos, artistas y feriantes.
Desde entonces, la fiesta se sostiene gracias a donaciones y al esfuerzo de quienes organizan cada detalle. Más allá de la logística, el objetivo siempre es el mismo: promover el encuentro, la alegría y la pertenencia.

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