Por: Sofía Guzman y Amy Arufe 4° IMVA – Pedro Squinoval y Joaquín Faraco 4° IENM
Redacción: Sofìa Ivonne Maciel
En un contexto donde las pantallas ocupan gran parte del tiempo en la vida cotidiana de niños y niñas, comienzan a surgir propuestas que buscan recuperar otras formas de aprendizaje y vínculo. La lectura, la música y el juego aparecen así como herramientas clave para construir experiencias más participativas. En ese cruce se ubica un proyecto desarrollado en Salsipuedes que propone una idea particular: libros que no solo se leen, sino que también se cantan.
Susana Cagnolo, de 60 años, es la creadora de esta propuesta. Actualmente dirige el coro infanto-juvenil de la Municipalidad de Salsipuedes, un espacio que nació hace 11 años y que se convirtió en el punto de partida de la idea. Su vínculo con la música, sin embargo, viene de mucho antes: forma parte del grupo musical Dúo Cadencia hace más de 15 años y compone sus propias canciones desde entonces.
A lo largo de su trayectoria fue construyendo una mirada propia sobre la enseñanza musical. “Yo siempre entendí a la música para los niños y niñas como un juego, como poner el cuerpo a las notas”, explica. En esa misma línea, destaca que, como docente su impronta está basada en enseñar desde lo lúdico y la participación.

Desde una vivencia propia
El origen de estos cuentos cantados surge en una situación cotidiana dentro del aula. “Chicos, yo tengo una canción mía”, les dijo un día a sus alumnos antes de empezar a cantar. La respuesta fue inmediata: les encantó. “Fui comprobando que a todos los grupos les gustaba”, rememora. A partir de esa experiencia, comenzó a considerar la posibilidad de incorporar composiciones propias al repertorio del coro.
Con el tiempo, esa idea creció y tomó una nueva forma. Cagnolo sintió la necesidad de sumar imágenes a sus canciones, de darles una dimensión visual que acompañara las historias. A su vez, vincula esa decisión con una etapa personal. “En este momento estoy pasando más tiempo con mis nietos”, comenta y atribuye esa cercanía con el mundo infantil como la clave para pensar en ilustraciones que representaran sus letras.
Así nació lo que ella denomina “una colección de mundos de canciones”: libros infantiles basados en sus composiciones musicales. Cada uno de ellos no solo narra una historia, sino que propone una experiencia interactiva diferente. Los cuentos invitan a cantar, aplaudir, reconocer palabras, identificar instrumentos musicales y, sobre todo, a jugar.
Además, incorporan un código QR que permite acceder a la música y escucharlas mientras se recorre el libro, ampliando la experiencia; y por otro lado, incluyen recursos como saltos de página que permiten a los niños familiarizarse con los números y sostener la atención durante el proceso.
Del aula al estudio
Las canciones fueron grabadas en un estudio junto al coro infanto juvenil, en una experiencia que también formó parte del aprendizaje. “Fue muy rico para los chicos conocer cómo es grabar, usar micrófonos y auriculares”, explica la autora. A su vez, la realización visual implicó un desafío particular: las ilustraciones fueron desarrolladas a partir de bocetos iniciales y luego trabajadas con inteligencia artificial. Al respecto, amplía: “Me permitió construir las imágenes como yo las imaginaba”. Así, destaca el proceso de prueba y error que implicó encontrar los resultados deseados.
Hasta el momento, la colección cuenta con tres títulos: Alma de Madera, Un molinillo y Mi cangrejo, siendo este último el más reciente. Cada uno de ellos está basado en una experiencia personal significativa. En el caso del segundo, la inspiración surgió de un gesto simple pero potente: el regalo de una niña. “Me puse a imaginar cuánto le había costado hacer ese molinillo y eso me generó la canción”, recuerda, mostrando cómo lo cotidiano puede transformarse en material creativo.

En tanto, el vínculo con el coro es central en todo el proyecto. No solo porque allí se interpretan las canciones, sino porque funciona como un espacio de experimentación donde las propuestas se ponen a prueba. La reacción de los niños y niñas permite ajustar letras, ritmos y dinámicas, consolidando una dinámica que se construye de manera colectiva. En ese sentido, funciona no solo como un espacio artístico, sino también pedagógico.
De esta manera, cada parte se realiza de manera autogestiva. Desde el diseño hasta la impresión, Cagnolo tuvo que aprender nuevas herramientas y enfrentar distintos desafíos técnicos y económicos. “Era algo que quería hacer y necesitaba verlo materializado”, afirma. Ese impulso personal fue clave para sostener el proceso y concretar la publicación de los primeros ejemplares.
Proyección educativa
Pensando en el futuro, la autora planea que sus libros puedan tener un mayor alcance, especialmente en el ámbito educativo. “Me gustaría que esto llegue a más personas, por ejemplo a clases de música”, señala. Allí, los cuentos podrían funcionar como recursos para trabajar la escucha, la identificación de instrumentos y la participación activa de los estudiantes, integrando distintas dimensiones del aprendizaje.
Las presentaciones siguen esta misma lógica. Lejos de ser instancias formales, se convierten en instancias lúdicas, donde los niños participan activamente, incluso utilizando instrumentos creados de manera artesanal. A partir de este momento, para la autora comienza otra etapa. No solo la de seguir creando nuevos materiales, sino también la de hacer circular este proyecto y encontrar donde pueda crecer.
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