Por: Catalina Barbero, Emilia Valles, Guadalupe Lencina 6° IMVA – Agustín Bronstein, Vicente Anisky 6° IENM
Tras el tiroteo en una escuela de Santa Fe, que derivó en la muerte de un estudiante, en instituciones de todo el país aparecieron falsas amenazas sobre replicar lo acontecido. En Córdoba, se registraron más de 100 denuncias al respecto. De esta manera, se activaron diferentes estrategias de acción y prevención como también protocolos de emergencia. Además, emergió la incertidumbre. En ese clima, donde la violencia irrumpe, pero también se vuelve tema cotidiano, surge una pregunta urgente: ¿Qué está pasando con los vínculos, con los límites y con la forma en que miramos al otro?
La Lic. María Constanza Queirolo, además de trabajar en el ámbito clínico con niños, niñas y adolescentes, se formó en psicología social y comunitaria; y durante 15 años se desempeñó en el ámbito público, con trabajo territorial. Su enfoque pone el acento no sólo en lo individual, sino en la construcción del sujeto en relación con su contexto. “Las condiciones socioeconómicas, educativas y culturales impactan directamente en la vida de las personas”, señala la vecina de Unquillo.
Desde esa perspectiva, entiende que los padecimientos subjetivos no pueden leerse por fuera de las tramas sociales en las que se producen. Así, propone pensar lo ocurrido no como un hecho aislado, sino como una situación de violencia extrema que debe leerse en un entramado más amplio.
Para la profesional, el desafío es colectivo y requiere revisar no solo prácticas cotidianas, sino también los discursos que circulan socialmente. Advierte que vivimos en un contexto atravesado por lógicas de confrontación -incluso asociadas a escenarios de guerra- donde el otro aparece como un enemigo a eliminar y no como un semejante a cuidar. En ese marco, la violencia se filtra en lo cotidiano, en los modos de vincularnos y en las formas en que se organiza la vida social. A su vez, se refleja en decisiones vinculadas a derechos y políticas públicas ausentes.
“Cuando el mensaje es que cada uno se arregle como pueda, se debilita la idea de lo común, del cuidado colectivo”, advierte la Licenciada. “Esa pérdida de referencia compartida -agrega- impacta especialmente en adolescentes que todavía están construyendo herramientas para tramitar lo que les pasa”.
Ante esto, remarca que “hay que hablar de estas situaciones, pero con responsabilidad y desde la construcción del pensamiento crítico”. “La escuela tiene un rol clave en esto, generar espacios de diálogo y preguntarnos qué hacemos con esto, sin reproducir el morbo”, añade. Además, subraya la importancia de herramientas como la educación sexual integral para pensar los vínculos, el cuidado y el reconocimiento del otro. “Permite trabajar sobre el respeto, los límites, la empatía y las formas de relacionarnos”, subraya.
Y cierra: “Devolverles a los jóvenes la posibilidad de soñar algo mejor para ellos y su futuro es uno de los desafíos más importantes. En estos tiempos de discursos tan hostiles, hay que volver a la ternura, al buen trato y al valor del amor: al amor por lo que uno hace y al amor hacia el otro”.

El Milenio: ¿Cómo afectan los discursos de los medios en casos como lo sucedido en Santa Fé?
María Constanza Queirolo: Hay una gran responsabilidad, tanto de los medios como de lo que circula en las redes. Los discursos muchas veces construyen al otro como enemigo. Eso también aparece en los juegos en red, donde el objetivo es eliminar al otro. Por supuesto que eso no es la vida real, pero en la adolescencia, donde el principio de realidad todavía está en construcción, y las emociones subjetivas cobran mucha relevancia, puede haber confusiones y muchas veces se pasa más fácilmente al acto.
EM: ¿Se puede pensar como un caso de bullying o es algo más profundo?
MCQ: Es algo mucho más complejo. Sin conocerse todavía lo que realmente sucedió, considero que estamos atravesando un contexto donde se han corrido ciertos límites y donde el reconocimiento del otro, como semejante, está debilitado. Hoy muchas veces el eje está puesto en lo individual y no en el impacto de nuestras acciones sobre los demás. Sin ir a lo propio de esta familia, seguramente quien ejerce extrema violencia tiene algo quebrado en su interior y no le dimos herramientas, andamiajes desde lo social, para poder contener eso.
EM: ¿Las generaciones actuales son más abiertas a expresar lo que les pasa?
MCQ: No sé si recurren a otros más o menos que antes. Lo propio de la adolescencia es apoyarse en los pares. Pero sí veo que los adultos estamos muy ocupados, y eso hace que muchas veces los adolescentes no sean escuchados. Hace unos años, ante varios casos de suicidio en Sierras Chicas, nos reunimos como comunidad – en la Biblioteca Tere Andruetto de Unquillo – a pensar qué hacer. Y esa pregunta sigue vigente. Nuestro rol es generar esperanza, mostrar que hay un futuro posible, pero también estar presentes y escuchar, darles la palabra y acompañar.
EM: ¿Cuál es el rol de las familias y de la escuela frente a estas situaciones?
MCQ: La escuela tiene un rol fundamental en educar no solo en contenidos, sino también en cómo nos relacionarnos con los demás. Y los adultos que trabajamos o convivimos con adolescentes tenemos una responsabilidad muy grande. Hoy estamos en contextos muy complejos, muchas veces atravesados por la subsistencia. Cada vez tenemos que trabajar más para poder vivir, y no siempre podemos estar disponibles. Cuando hay subjetividades adolescentes más frágiles, si no hay contención social, esas situaciones pueden agravarse. Por eso es clave preguntarnos qué futuro les estamos mostrando a los jóvenes: qué posibilidades reales tienen ellos de pensarse en esta sociedad actual (qué estudiar, en qué trabajar, etc). Sinceramente, en este escenario, se vuelve muy difícil ser adolescente hoy.
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