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Leandro Blanco Pighi
Por Leandro Blanco Pighi blancopighi@hotmail.com

Viajero intermitente

Lee antes «En el centro del mundo (Parte I)«.

Quito, ciudad impregnada de historia, de la historia grande de este continente. “La Luz de América”, llamada así por su espíritu revolucionario, el que llevó a cumplir sus deseos de emanciparse de la corona española. Quito, tan delicadamente decorada con sus calles de adoquines, propietaria de una arquitectura que sabe conjugar los estilos colonial, neogótico, clásico y moderno sin parecer un popurrí mal combinado.

Quito, capital de Ecuador, la ciudad rodeada por inmensos volcanes, amenazada constantemente por el fuego del Cotopaxi. Custodiada por los valles vecinos, armoniosa a pesar de su gran cantidad de habitantes y apaciguada por la dulzura de su gente. Visitada por muchos que se agolpan durante los fines de semana en La Ronda –zona bohemia de bares–, que apresuran las gargantas con un canelazo –bebida a base de aguardiente, canela y azúcar– para vencer al frío que sacude la noche quiteña.

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Además de ser un lugar que merece ser caminado de punta a punta, desde El Panecillo hasta el Vulcano Park, desde la terminal Quitumbe, hasta el Valle de los Chillos, desde la Basílica hasta el centro histórico, y desde ahí hasta el parque Itchimbía, presenta la posibilidad de treparse a la altura de sus volcanes. El Ilaló, de unos tres mil doscientos metros sobre el nivel del mar, regala un cuadro realista a través de su cima. Una perfecta panorámica del Cotopaxi, Pasochoa, Corazón, Atacazo y Pichincha es el mejor premio en reconocimiento al esfuerzo realizado.

 De Quito a Ibarra

Más allá de la cálida belleza del casco histórico de la ciudad, su atractivo principal se encuentra en las afueras. Atravesando la pequeña Villa La Esperanza, se puede llegar a la base del volcán Imbabura.

El sol mira tímidamente, escondiéndose entre los cerros. Las zapatillas –aún livianas– patean piedritas y los vecinos de esta zona rural –todos– saludan con alegría a los visitantes de turno. Algunos caminan acompañados por su ganado, otros arrastran el fruto de su cosecha. La descendencia precolombina está tatuada en sus pieles. La sonrisa no se les borra a pesar de la pesada carga que transportan. Cuando se acaban las extremidades, la cabeza se convierte en la mejor bandeja para apoyar los fardos.

Algo más de seis horas de caminata son requeridas para alcanzar el punto más alto. Sus 4630 metros sobre el nivel del mar están ornamentados de principio a fin con extensos bosques de pino. Mirar hacia abajo permite observar la actividad de los campesinos, trabajando la tierra.

 De Quito a Baños

Uno de los puntos más turísticos del país. Baños es un pequeño pueblo ubicado entre altas montañas, sobre las faldas del volcán Tungurahua.

Después de media hora en bus desde la plaza principal, se puede llegar. Una pequeña y embarrada pendiente conduce hacia las nubes. Una fila sin fin espera su turno, el gran momento de sentarse en la hamaca y convertirse en un pájaro más, volando sobre el abismo.

Ahí arriba, codeándose con el firmamento, está construida la popular “Casa del árbol”, la que sostiene al “Columpio del fin del mundo”, sujeto a una inmensa rama de aquella singular habitación. En frente, el intenso verde cubre cada una de las montañas, abrazadas a la tupida neblina. Hasta que un sol dorado irrumpe abriéndose paso entre el enredo de nubes durante un manojo de segundos.

Sentado sobre esta tabla de madera, agarrado con fuerza de las sogas que cuelgan del árbol, estirando las piernas hasta donde ya no se puede, justo ahí, es donde siento que todo comienza y acaba a la vez; estoy volando. Vuelo sobre el precipicio, regreso a la tierra para impulsarme y salir otra vez hacia el cielo, hacia la nada, hacia todo. El viento, veloz, da latigazos sobre la cara, y la sonrisa se expande de sur a norte, de este a oeste.

Floto unos segundos y regreso.

La felicidad se congela en un momento eterno, que se transforma en alquimia infinita para el resto de la vida, para rejuvenecer el espíritu cuando el cuerpo afloje, para recordar lo excelso de estos ínfimos instantes cada vez que así sea necesario.

La brújula señala una inequívoca dirección.

Hacia adelante.

Persiguiendo la belleza máxima que brota por el camino que une Baños de Agua Santa con el estrecho poblado de San Francisco. Un paseo de diecinueve kilómetros. La bicicleta acompaña sobre el pavimento, esquivando los túneles construidos para que se deslicen los vehículos motorizados. Bordeando montañas, sobre pedregosos caminos, pequeñas cascadas salpican uno a uno los sentidos.

Rumiando senderos sobre dos ruedas.

El agua desciende con ímpetu desde alguna parte, y al hombre no se le ocurre otra cosa que nombrar la caída. “Manto de la Novia”, “El corazón”, “Machay”. Y dentro de la variedad se destaca con profundo protagonismo “El Pailón del Diablo”, la reina de esta ruta de cascadas.

Situada en la localidad de Río Verde, logra rebalsar los ojos de fantasía. Inunda de paz al ser y renueva el espíritu aventurero. Andando las escalinatas florece la etérea conexión con el medio.

Este rincón de Ecuador es magia. Magia sin fin.

–Si no te inspiras ahí, no te inspirará nada –me decía Angelita al contarle de alguna obstrucción creativa.

Al llegar pude confirmarlo. Frente a la asombrosa cascada se respira poesía. La gente se acerca y se empapa. Nadie quiere quedarse afuera de la función. La feliz lucha contra el agua es incesante. No se escatima en admiración, desde el puente que cuelga sobre ella, desde los inundados costados, o desde las escalinatas ubicadas más abajo. Todos miran, absortos, con la boca, ojos y orejas abiertos. No entra tanta maravilla natural en el cuerpo.

Estoy sumergido dentro de una postal. O inmóvil ante una pantalla de cine.

Tan bello que parece irreal.

Las pantorrillas, agotadas, se arriman al regreso. Cuando, por primera vez durante la estadía en Baños, se despeja el cielo para regalar una inmejorable vista del volcán Tungurahua.

–Hace varios años que está tranquilito –decía la señora mientras observaba las fotos que había tomado del gigante.

Desde Baños a Francisco de Orellana (El Coca), pasando por Puyo, Fátima, Tena y Loreto.

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Ir, ir y seguir yendo. Con el paisaje como principal aliado, como el que florece entre la sierra y la Amazonía ecuatorianas, llenando de verde las pupilas. Del diluvio a un sol desgarrador se pasa en cuestión de kilómetros. Mientras más al oriente se avanza, la humedad crece y los mosquitos aumentan de tamaño.

Antonio conduce su camión desde Loreto hasta el destino final. Regresando a casa al finalizar su jornada laboral. Consigo trae a un asustado cachorro.

–En la estancia se come todo y me pidieron que me lo lleve, que lo deje al costado de la ruta, pero no puedo; diosito todo lo ve.

Francisco de Orellana (conocido popularmente como El Coca debido a las plantaciones del lugar) es sinónimo de calor y humedad.

Mucho calor.

Muchísima humedad.

Arde.

Cuando el sol aparece, la vida se torna casi imposible de transitar.

El orgullo de esta ciudad tan adentrada en la selva, es su río Napo. De un caudal marrón inmenso, comparable al gigante Amazonas. El lugar también puede presumir la construcción del Museo Antropológico y Centro Cultural Orellana, a través del cual se promueve lo propio, lo local. La galería fotográfica “Rostros y Rastros” muestra a través de un compendio de imágenes la historia de los pueblos originarios en Ecuador.

 Del Coca a Nuevo Rocafuerte, en lancha

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Tras un intenso regateo, quedó sentenciado el precio. La embarcación traslada pasajeros y mercadería por el río Napo. Gaseosas, papas, cebollas, ramas y ramas de cilantro, arroz, cemento; navegando al ritmo de la música festiva que suena sin cesar durante el recorrido. Unas diez horas sobre la corriente transcurren antes de arribar a destino, adaptando la posición del cuerpo a los espacios ajenos a la empecinada labor de apilar cajas y bolsas.

Al bajar del bote llueve con sol, el arcoíris llega y se va, fugaz. Unas pocas gotas refrescan a los cuerpos asediados por el calor y los insectos. Tan cerca de la selva, bichos es lo que sobra.

Sus seis patas traccionan sin detenerse. Avanza, a pesar del peso de aquel cuerpo tan mayor al suyo. El que carga sobre sí. El trozo de hoja –recién cortado– pretende desequilibrar el andar de la pequeñita. Se balancea. Lucha. Hasta que lo logra. Alcanza la buhardilla del hormiguero y desaparece. Tras la primera, se sucede una interminable caravana de hormigas. El árbol es devorado al lado del improvisado campamento.

Mates, pan y arroz con huevo giran en la ronda que brota del ferviente deseo por compartir con quien esté dispuesto a contar historias. Primero fueron dos viajeros de El Savador, después un soldado curioso por escuchar aventuras y, casi concluyendo la noche, apareció Giovanni, “porque lo más importante es compartir momentos con amigos”. El Salón Los Almendros sirvió una y otra cerveza, hasta que las picaduras de las púas voladoras ya no se percibían.

Una lagartija da el saludo de buenos días. El calor apelmaza al cuerpo desde las siete de la mañana. Las hormigas continúan con su tarea, como si el mundo se hubiese frenado a su alrededor y nada más existiera, solo ellas y aquel despedazado tronco, casi sin hojas, camino a desaparecer.

Nuevo Rocafuerte es de esos pueblos que sólo sus habitantes saben que están ahí. Con su paz inalterable, con su escuela, con sus dos iglesias y sus canchas de fútbol y vóley. Con el río Napo besando toda su orilla, con sus pequeños comercios y con la simpatía de cada uno de sus 1024 habitantes.

La madera es el elemento que predomina en la construcción de las casas, siempre distantes del suelo, ubicadas sobre columnas, para evitar posibles inundaciones. El verde prevalece; palmeras, bananos, árboles de papaya y todas las especies de flora amazónica conviviendo con reptiles y guacamayos, con bicicletas y canoas, con gallinas y sapos, en estrechas callecitas rebalsadas de tranquilidad. El pueblo sobre el hormiguero gigante.

Ecuador queda atrás en la travesía por América Latina. La nostalgia por abandonar mundos que apenas conozco me invade otra vez. Desde la orilla saludan los pañuelos y la lancha enciende su motor. El río aleja a los viajeros hacia alguna otra aventura.

Gracias a la ruta.

Gracias Ecuador.

1 pensamiento sobre “En la mitad del mundo (Parte II)

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