Por: Cata Barbero, Emilia Vallés, Guadalupe Lencina 6° IMVA – Agustín Bronstein, Vicente Anisky 6° IENM
En Villa Allende, hace 10 años, funciona la Orquesta Vergonjeanne como una experiencia que va mucho más allá del aprendizaje musical. Dos veces por semana, reúne de manera gratuita a niños, niñas y jóvenes que bajo un proyecto sostenido desde la educación pública, combina formación artística, compromiso colectivo y construcción de comunidad.
Su director, Gerardo Schiavon, es músico desde hace más de 4 décadas y comenzó su formación en el Conservatorio Provincial cuando era adolescente. Formó parte del Programa Coros, Orquestas y Ensambles Escolares, una política pública que buscó acercar instrumentos y formación musical a estudiantes que, de otro modo, difícilmente tendrían acceso. Hoy, es profesor de flauta traversa y también se especializó en dirección orquestal, arreglos y composición.
Llegó a la Escuela Vergonjeanne en 2012 con la intención de trabajar con grupos reducidos. Sin embargo, el interés de los estudiantes y la continuidad del trabajo hicieron que el proyecto creciera progresivamente. Con el tiempo, se consolidó una formación con ocho docentes y una amplia variedad de instrumentos, desde cuerdas y vientos hasta percusión y canto.
Actualmente, conviven una orquesta de primaria, integrada por estudiantes de tercero hasta sexto grado; y una orquesta infanto-juvenil que permite a quienes egresan continuar su recorrido musical. De esta manera, lo que empezó con pocos estudiantes y muchas dudas, se transformó en un espacio sostenido, que incluso, convoca a interesados de otras instituciones.

El Milenio: ¿Cómo fue el proceso de construcción de la orquesta?
Gerardo Schiavon: Empezamos con ensambles y de a poco se fue armando algo más grande. Cuando llegué, la idea era trabajar con coros, pero el interés de los chicos y el apoyo de la escuela hicieron que el proyecto creciera. Al principio, igual, nadie creía mucho que esto pudiera sostenerse. Había muchas dudas, incluso dentro del propio equipo: pensaban que los chicos no iban a venir, que no iba a durar. Pero pasó todo lo contrario. De a poco se fue consolidando, cada vez con más participación y más compromiso. En 2018 logramos sumar más docentes e intensificar la orquesta. Hoy enseñamos violín, viola, violonchelo, contrabajo, flauta, clarinete, trompeta, trombón, chelo guitarra, bajo, batería y canto. Es un trabajo colectivo muy fuerte.
EM: ¿Cómo surge la orquesta infanto-juvenil?
GS: Surge porque los chicos no se querían ir. Terminaban la primaria y preguntaban cómo seguir. Decidí abrir ese espacio, aunque todos me decían que no iba a funcionar. Empezamos con ocho estudiantes, con muy pocos recursos y sin el acompañamiento completo del equipo, entre ellas la directora de la escuela y la inspectora. Pero en pocos meses creció muchísimo. Ahora es un proyecto muy sólido, con más de 40 integrantes, de los cuales muchos vienen de otros colegios.
EM: ¿Qué implica formar parte de la orquesta?
GS: Es un compromiso grande. No hay un examen formal, pero sí hay un nivel que se sostiene con mucho trabajo. Los chicos tienen clases, ensayos, estudian en sus casas. Es un espacio exigente, pero también muy disfrutable. Tocamos repertorios muy variados y eso también los motiva mucho.
EM: ¿Qué lugar ocupa el disfrute en ese proceso?
GS: Es central. Yo siempre digo que nunca hice música por plata. Para mí lo importante es que me guste, que me divierta. Eso trato de transmitirlo. Si uno disfruta lo que hace, todo lo demás se ordena. Y eso los chicos lo perciben.
EM: ¿Cómo se preparan para los conciertos?
GS: Llegamos muy preparados. El trabajo fuerte está en los ensayos, dirijo una vez que el tema está totalmente aprendido, por lo que cuando subimos al escenario, lo musical ya está resuelto. Ahí mi atención y la de los siete profes que acompañamos, pasa más por el cuidado de ellos, porque son menores. También hay una cuestión técnica: probar sonido, afinar, organizar ya que son muchas personas, muchos instrumentos y si por ejemplo, hay humedad, eso repercute en cómo suena. Todo eso es clave para que funcione. Y desde hace un tiempo, por una necesidad puntual, me sumé a tocar el bajo en cada concierto, ya que los dirijo casi con la mirada, aunque ellos ya tocan solos.

EM: ¿Qué rol tienen los docentes en este proyecto?
GS: Es fundamental. Este tipo de orquestas funcionan porque hay profesores disponibles, que acompañan todo el proceso. Las clases son presenciales, muchas veces individuales o en grupos pequeños, y además usamos herramientas como audios o partituras para que practiquen en sus casas. Hay un seguimiento constante.
EM: ¿Cómo se sostiene la orquesta?
GS: Principalmente con financiamiento del Ministerio de Educación. Los instrumentos están en comodato, y con el tiempo también fuimos consiguiendo donaciones, organizando eventos para recaudar fondos, hasta que las familias puedan comprar algunos. Es una inversión grande, pero es la única forma de garantizar el acceso.
EM: ¿Este proyecto también surge del modelo latinoamericano de orquestas escolares, como otras que funcionan en Córdoba?
GS: Sí, claro. Este tipo de proyectos no nace de la nada. Viene de un modelo latinoamericano, sobre todo de Venezuela y Colombia, donde las orquestas tienen una función social y educativa muy fuerte. La idea es que la música sea también una herramienta de inclusión. De hecho, ese sistema se pensó como una forma de organización social a través de la práctica colectiva de la música. En Argentina eso se tomó con el Programa de Orquestas y Coros, que se impulsó a nivel nacional en el 2003 para acercar la música a chicos y chicas dentro de la escuela pública y fortalecer su vínculo con la educación. En esos años hubo orquestas en casi todas las provincias. Después muchas se fueron perdiendo.
EM: ¿Qué sentís que genera la orquesta en los estudiantes que forman parte?
GS: Pasa algo muy fuerte. Llegan cansados, con frío o calor, pero cuando empiezan a tocar, todo eso desaparece. Hay una energía muy especial. También se genera mucho compromiso, respeto y cuidado entre ellos. Se acompañan, se escuchan, entienden que si uno falla, afecta al conjunto. Y eso no es menor. Aprenden a sostener un proceso, a ser responsables con el otro. Y después pasa algo muy lindo también, que tiene que ver con el entusiasmo: saben que van a tocar en escenarios importantes, que los van a escuchar, que los van a aplaudir. Eso los motiva un montón. No es solo aprender música, es formar parte de algo. Es sentir que pertenecen, que lo que hacen tiene valor, que hay otros que los están escuchando. Y eso, para muchos chicos, es enorme.

Descubre más desde El Milenio
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

MÁS NOTICIAS
Río Ceballos: De la crisis al escenario cultural
Unquillo: Un refugio para la música y el encuentro
Muay Thai: técnica, control y una forma de habitar el cuerpo
Unquillo: Pedalear contra el tiempo
Los Coplanacu celebraron junto al Milenio sus 25 años
Salsipuedes: este martes llega un nuevo encuentro solidario «Tejemos para ayudar»
Agua De Oro: esta tarde Fernando Signorini dará una charla en el Club Social y Deportivo Local
Unquillo: este sábado se llevará a cabo una colecta de sangre en el Hospital Miguel Urrutia
Mendiolaza: un detenido en barrio Los Cigarrales por incautación de cocaína, marihuana y dólares