Por: Sofía Guzman y Amy Arufe 4° IMVA – Pedro Squinoval y Joaquín Faraco 4° IENM
A veces, el inicio de una vocación puede rastrearse hasta una imagen precisa. En el caso de Lucas Moyano, ese punto de partida aparece en la infancia, frente a una pantalla. “Veía películas que me marcaron mucho, como Kickboxer, con Jean-Claude Van Damme”, recuerda. Aquellas escenas no solo despertaron admiración, sino también curiosidad: cómo se mueve el cuerpo, cómo se prepara para resistir y atacar.
Hoy, a los 45 años, Moyano vive en Unquillo, donde se desempeña como preparador físico, entrenador y profesor de artes marciales. Su recorrido comenzó a los 11 años y nunca se detuvo. A lo largo del tiempo, fue incorporando disciplinas como karate, taekwondo y boxeo, hasta encontrar en el kickboxing y el Muay Thai una síntesis de todo aquello que lo había atraído desde el inicio.
“Siempre sentía que algo faltaba. Veía esas peleas y pensaba: hay algo más”, explica. Ese “algo” apareció cuando conoció esta última, una disciplina que le permitió integrar técnicas y comprender el combate desde otra lógica.
El arte de las ocho extremidades
Más allá del imaginario hollywoodense, el origen del Muay Thai se remonta al siglo XIII, en una Tailandia desbordada por la guerra y en la que el combate cuerpo a cuerpo era una necesidad. Al respecto, Moyano resume: “Era una forma de defender sus tierras, de sobrevivir”.
La memoria tailandesa está atravesada por la creación de su primer ejército, destinado a defender el antiguo reino de Siam -nombre que llevaba en ese entonces el actual Estado de Tailandia-. En aquella antigua formación, la búsqueda era doble: que los soldados aprendieran a luchar tanto en combate armado como en combate cuerpo a cuerpo.
Parte del poderío del Muay Thai se nutre de su versatilidad. A diferencia de otras disciplinas, este arte de las ocho extremidades pone en juego puños y patadas con los pies, pero también codos y rodillas. Esa amplitud técnica lo vuelve particularmente completo, incluso en comparación con el kickboxing. “Tiene muchas más variantes. Podés usar codos, clinch, rodillas. Es mucho más amplio”, detalla Moyano.

Tal como menciona Lucas, una de sus características distintivas es el clinch, una técnica de agarre que permite controlar al rival a corta distancia. Así, no es solo ataque, es también un fuerte concepto estratégico sobre cómo abordar un enfrentamiento, neutralizando al oponente. “El clinch es un movimiento muy utilizado para anular la pelea -detalla Moyano-, para que no te sigan golpeando y poder preparar otra acción”.
A diferencia de su “primo hermano”, el kickboxing, el Muay Thai hace gala de su riqueza técnica. En este deporte, ese aspecto ocupa un lugar central. “Los jueces miran mucho cómo salen los golpes, si están bien hechos”, señala Moyano. Pero no se trata de una premisa estética, sino que es esencial para la ejecución efectiva de los movimientos de pelea y neutralización. Puede marcar la diferencia tanto como la potencia.
Disciplina, corporalidad y valores
En una actualidad frenética, que impacta también en la cotidianeidad y los niveles de estrés de las personas, Moyano destaca lo que las artes marciales proponen a nivel personal. En su gimnasio conviven deportistas amateurs y federados. Y cada uno se acerca por distintos motivos. Entre ellos, despejar la cabeza y liberar tensiones.
“Es muy variada la paleta de resultados que ofrece hacer un arte marcial como este. La gente busca mejorar su estado físico, pero también poner el cuerpo y volver a sus casas con un cansancio más vinculado a la relajación. Al mismo tiempo, una disciplina de este tipo te hace ganar confianza. Hay gente que viene por estrés, por salud, por sentirse mejor. Y se van distintos, como liberados”, cuenta. El entrenamiento implica un desgaste físico intenso, pero también una descarga emocional, por lo que Moyano aclara que “se sale cansado, con dolores, pero bien”.
El trabajo con el cuerpo también incluye la preparación para el impacto. La práctica de la “absorción” -ejercicios para tolerar los golpes- forma parte del entrenamiento habitual. “No es que no duela, es que uno se acostumbra a tolerarlo”, explica.
Sin embargo, insiste en que el objetivo no es la violencia. Por el contrario, la práctica promueve el autocontrol. “Desde el arte marcial, la primera premisa implica intentar neutralizar el conflicto. Si podés evitar el problema, es mucho mejor”, afirma. Para él, el verdadero aprendizaje está en saber cuándo no pelear.
Esa mirada está atravesada por su propia experiencia. Moyano reconoce que el deporte lo ayudó a ordenar su vida, a recuperar valores y a canalizar la energía de otra manera. Y agrega: “Fue una forma de dejar muchas cosas negativas y lograr sostener el foco”.

El Muay Thai se encuentra muy desarrollado en otros países, pero en Argentina, como ocurre en muchas otras disciplinas, su desarrollo es limitado por la falta de un circuito competitivo fuerte. “Acá muchas veces aparece como disciplina complementaria de otras, cuando en realidad tiene una integralidad muy importante”. Aun así, el interés crece: cada vez más personas se acercan a probar, ya sea por curiosidad o por recomendación. En ese contexto, el rol de formadores como Moyano resulta clave para sostener y expandir la práctica.
Desde Unquillo, su trabajo combina enseñanza, entrenamiento y acompañamiento, que incluso pueden ayudar a fortalecer ciertas prácticas comunitarias y generar intercambios, no solo en adultos, sino también en niños y adolescentes. Moyano, desde su impronta, marca con firmeza que el contexto de pelea debe ser siempre deportivo. El Muay Thai es, para él y sus dirigidos, una manera de entender el cuerpo y trasladarlo al movimiento.
El arte que practican tiene un código, una cadencia, una manera de transitar el movimiento que lleva siglos perfeccionándose. Más allá del combate, en cada detalle hay algo más en juego: disciplina, control, constancia. Y, sobre todo, una manera de habitar el cuerpo con conciencia.
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