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Tejer preguntas, descubrir ñandutíes

Agarrar un mapa; primer paso listo. Después de eso, la ecuación se resuelve mediante un sinfín de cálculos desarrollados en la profundidad de nuestro instinto


Por Leandro Blanco Pighi blancopighi@hotmail.com

Viajero Intermitente 

Nunca me quedaron claras algunas cuestiones. No sé si elijo el destino antes de salir de viaje o si es aquél el que lo elige. ¿El viajero se construye a partir de lo pisado, o es pisoteado por los senderos que recorre? Como una especie de chicle que se estira y se aplasta, con flexibilidad de bailarín, moviéndose pomposamente de un rincón a otro del Gran Escenario.

¿Acá o allá? ¿Cuándo es el mejor momento para ir? ¿Tiene playa? ¿Montañas? Y las interrogaciones podrían seguir indefinidamente.

Sin embargo necesito detenerme en una.

En la reina de las preguntas.

La que vive en una simbiosis constante con las respuestas: ¿por qué no?

Un futuro sitio a visitar se encuentra ahí, aguardando, como el ave que vuela y sobrevuela mientras su presa danza en el mar.

¿Por qué no ir y descubrir qué es lo que esconde?

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Mirarlo todo

Ahogar a los sentidos con lo nuevo. Presenciar desde el palco de la vida cómo se mueven las personas; qué hacen, qué toman, cómo se ríen, por qué lloran.

Del ¿por qué no? al hecho hay un solo paso.

Concretarlo

Agarrar un mapa; primer paso listo. Después de eso, la ecuación se resuelve mediante un sinfín de cálculos desarrollados en la profundidad de nuestro instinto. Argentina limita con cinco países. Cualquiera de ellos podría haber sido, pero hay uno que cumplía todos los requisitos: República del Paraguay. El disparo de largada perfecto en la carrera por las rutas sudamericanas. El menos visitado, el más desconocido. A ese donde casi no llegan ni los blogs viajeros.

Sobre alguna vereda de Posadas –repleta de hormigueros del tamaño de un inodoro y tierra colorada– la gente espera, mate en mano, que pase el colectivo. Ese mismo que cruza el río y se mete en tierras guaraníes. Como si pasara de un barrio a otro. Haciendo de algo poco común, lo más mundano posible; cruzar la frontera en un autobús urbano.

Minutos después de haber arrancado, la ciudad de Encarnación ya es una realidad. El recorrido del coche finaliza en una pequeña plaza, frente a la estación de buses. Los alrededores se asemejan a un gran mercado asiático. Los vendedores ambulantes se amontonan asfixiando a los nuevos visitantes; esperan recibir algún dinero a cambio de su insistencia. Algunos de ellos hasta cuentan con dispositivos posnet para efectuar transacciones con tarjeta de crédito.

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El comercio se apoderó de la plazoleta, impidiendo que las relaciones entre locales y foráneos se realicen de forma espontánea y gentil. En el ranking de los más escuchados se posiciona primero el “chipá, chipá”, seguido por un poco de “hierbita y remedio”, completando el podio con “taxi, taxi, Asunción, Asunción, ¿a dónde va, señor? ¿marihuana?”.

Desde Encarnación hasta Asunción, el camino recorre largas distancias rodeado de la más solitaria naturaleza. La oscuridad de la noche no muestra demasiados pueblos al costado de la ruta. La ruta atraviesa los ríos Paraná y Tebicuary, cerca de ellos la vegetación se vuelve más copiosa. Durante algunos intervalos el ecosistema se transforma en selvático; el verde es muy intenso y aumenta su tonalidad puente tras puente.

Seis horas después del último regateo en Encarnación, el arribo a la capital del país es un hecho consumado. Asunción presenta grandes contrastes. Mientras una agencia ofrece un tour por la ciudad, el cual sólo atraviesa y muestra la pintoresca costanera o la zona de “Carmelitas”, con sus bares, restaurantes, lujosos centros comerciales, altos edificios de oficinas y bancos internacionales, a unas cuantas cuadras de ahí, existe otra realidad. Desde la altura del cerro Cacique Lambaré quedan en evidencia los desastres provocados por las recientes inundaciones. Los evacuados habitan algunas avenidas de la ciudad improvisando viviendas con madera, chapas y cartones.

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La Galería Santo Domingo y las calles adyacentes, las que albergan al mercado municipal, son el caos total. Los colectivos cruzan por este lugar a paso de hombre, los puestos de venta rebalsan las veredas en la mayoría de los casos, impidiendo la normal circulación de vehículos. Los precios populares sorprenden al oído extranjero y transitar por estas calles demora incluso a los transeúntes. Definitivamente, este sector de la ciudad no aparenta ser la misma donde se encuentran  aquellas pomposas construcciones, sino más bien me recuerda a algún poblado camboyano donde predomina el desorden.

La gente mayor habla en guaraní para comunicarse entre pares, pero la tradición comienza a perderse entre los más jóvenes. Aunque esto no impide que todos conozcan el significado de la palabra Ñanduti –tela de araña en español–. Se trata de un tejido de hilo o lana ofrecido en cada comercio de souvenirs y objetos para los visitantes de la ciudad.

 

«¿Por qué no ir y descubrir qué es lo que esconde?»

 

–El ñanduti forma parte de la identidad paraguaya, surge de una leyenda, de una historia de amor. El trazado que lo forma son los lazos de una pareja de guaraníes.–cuenta orgullosa de su creación una anciana de ojos pequeños y mirada profunda. Después de entrar en confianza, confesaría la curiosidad acerca del paso de viajeros por su ciudad.

El pueblo paraguayo, más allá de su ferviente fe católica, se empapa en sus mitos. El personaje que nunca falta en una ronda de tereré es el Pombero. Una suerte de duende, propietario de un espantoso aspecto. Se encarga de sembrar el terror en aquellas personas que no acuden a ofrendarle tabaco y caña, lo que él exige a cambio de su calma. Más de uno asegura haberlo visto y, por las dudas, nadie olvida alimentar los vicios de este pequeño monstruo que amenaza con perseguir a aquellos que ignoran su pedido.

Fuera de Asunción hay mucho para ver y hacer. Campos con palmeras y vacas transitan al costado de la ruta  que conduce al Parque Nacional Ybicuy. El sol ya había comenzado su descenso, posando todo su peso sobre los párpados, indicándole a los pies que debían apurarse. Después de una breve caminata por un sendero de barro rojo, al costado de un pequeño hilo de agua, la naturaleza sorprende con una cascada: el Salto Guaraní.

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Cuando la noche se apodera del lugar, la infinita hospitalidad paraguaya se hace presente. Una fogata cobija los cuerpos solitarios. Mientras tanto, sobre nuestras cabezas, el cielo resplandece. Alucinados, los sentidos se pierden entre constelaciones y estrellas fugaces. Mientras, un guitarrista entonta: “Entre las flores que engalanan mi jardín, sos la más linda paraguaya che cambá”, y recibe las mejores lamidas del fuego.

Atravesando cañaverales y un cerro de intensa pendiente. Caminando kilómetros y kilómetros. Avanzando incluso sobre un tractor, haciendo equilibrio entre el gancho que une la máquina con el arado. Llegando exhausto, pero perpetuando la felicidad en cada centímetro del alma. El Salto Cristal es un paraíso escondido entre la rojiza tierra guaraní. Imponente. Precioso. La cascada aturde al acercarse y petrifica a quien ante ella posa su mirada. La caída del agua da forma a una laguna de un color formidable. El turquesa del centro  se transforma en un claro verde en las orillas.

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De un pequeño poblado hacia otro, descubriendo a fondo los encantos de un suelo poco transitado por viajeros. Sobre todo conociendo la calidez de su gente, la que parece no tener límites.

“Areguá, tierra de encantos”

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La avejentada chapa ofrece la bienvenida a un tranquilo parador frente al río, muy frecuentado durante el verano. El agua revive a los cuerpos apelmazados al suelo, bajo la rudeza del calor de Paraguay. Caacupé, poseedora de mayor fama aún, custodia en su interior una basílica visitada por peregrinos de diferentes puntos del país para rendirle culto a la Virgen homónima que descansa en su interior. Desde la terraza de la Basílica de Caacupé se puede observar el movimiento de toda la ciudad, el cual reside casi por completo a actividades relacionadas con aquella divinidad.

La ruta Trans – Chaco es la que une por tierra a Paraguay y Bolivia. Recordarla es viajar mentalmente hacia un escenario hostil. Pozos, tierra, tos, un pozo más grande que el anterior, otro pozo, polvo en cada rincón del coche, un poco más de tos, un pozo amenazando con destruir el tren delantero y así, una secuencia interminable.

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