Por: Victoria Polero, Camila Agostina Córdoba Cisneros y Emilia García 4° IMVA – Emma Sánchez y Franca Magi Álvarez 4° IENM
La historia de Denis Castellanos en la arquería no arranca en la infancia ni en una tradición familiar: empieza casi por casualidad, con una cámara en la mano. Fotógrafo y realizador audiovisual, un día le tocó cubrir un evento de tiro con arco en Mendiolaza, más precisamente en la Escuela de Arquería Sierras Chicas, ubicada en ese entonces en El Talar y ahora en Villa Allende. Lo invitaron a probar. Fue una vez. No dejó más.
Los primeros disparos fueron a cinco metros, como todos los comienzos. Pero algo pasó. Mientras otros tiros se dispersaban, los suyos empezaban a agruparse. “El arco es como un arte y tuve la suerte de encontrar una conexión muy rápida con él”, recuerda. Ahí apareció una intuición: había potencial. Y, detrás de esa intuición, una decisión.
Desde entonces, la arquería dejó de ser una curiosidad para convertirse en un eje. Un espacio donde conviven disciplina, técnica y algo más difícil de nombrar: una relación íntima con la propia cabeza.
Un deporte milenario, una práctica contemporánea
“No soy historiador”, dice Castellanos entre risas, pero lo cierto es que le gusta pensar el arco en perspectiva. Desde las primeras herramientas del ser humano hasta la aparición de la pólvora, la lógica fue siempre la misma: ganar distancia. La lanza permitió atacar sin contacto. La aparición del arco como tecnología de guerra llevó esa idea -la de la distancia como materia de poder- un paso más allá. Naciones como Japón y Mongolia hicieron del uso del arco una fortaleza estratégica en el campo de batalla.
La arquería deportiva conserva algo de ese origen bélico, pero al mismo tiempo lo transforma: ya no se trata de sobrevivir o imponerse. La consigna es otra: precisión, control y repetición.
En ese universo conviven distintas modalidades. Están los arcos tradicionales, de madera, más instintivos. El longbow, heredero del arco inglés. Los recurvos olímpicos y los compuestos, con tecnología, estabilizadores y miras. Y está el raso, la categoría en la que compite Denis. Ahí, la dificultad cambia de lugar.

El arco raso prescinde de ayudas técnicas. La influencia del viento cobra vital importancia y el arquero utiliza las luces y sombras en la punta de la flecha para comprender hacia dónde dirigir el tiro. En esa intemperie técnica, los instrumentos son otros. Y allí aparecen el oficio, la lectura y la precisión del tirador para absorber la información del entorno. A 50 metros, cualquier detalle cuenta.
Pero más allá de lo técnico, hay algo que atraviesa toda la práctica: la quietud. El enfoque es oro en la arquería y su presencia o ausencia se traduce en el cuerpo. La regulación precisa de las escápulas, la exactitud de la tensión y el control del ritmo cardíaco.
A la hora de explicar qué tiene de especial la arquería, Castellanos elige poner el foco en lo mental. “Cuando uno se queda quieto, el movimiento está en los pensamientos. Y ahí la abstracción juega un papel fundamental, porque cuando uno se abstrae lo único que escucha son sus propios pensamientos, y eso a veces te ayuda y otras te hunde”, remarca. Y añade: “Es muy importante lo que nos decimos cuando las cosas van mal”, explica.
Perder, aprender, volver
Antes de los títulos, hubo frustración. Un avance rápido en los comienzos, seguido de un freno. Un “muro” que no se dejaba atravesar. Ahí aparece una escena conocida en muchos deportes: la posibilidad de abandonar.
Al respecto, Denis reflexiona: “Hay gente que se queda ahí y nunca llega a conocer el potencial que tiene”. En su caso, ese límite se transformó en otra cosa: una oportunidad. Cambiar la forma de mirar la dificultad fue, también, cambiar la trayectoria, hacerse amigo del miedo y de los temblores.
El punto de quiebre llegó con la experiencia internacional. Colombia fue la primera salida. El impacto no fue solo deportivo, sino simbólico: ver el nivel de otros arqueros, entender todo lo que faltaba. “Ese viaje fue 50/50: la experiencia fue enriquecedora en todo lo que rodea a la arquería. Por otro lado, fui con una ilusión y un objetivo que no se dieron, pero que me sirvieron de combustible para trabajar aún más”, confiesa Denis.
Meses después, en el Panamericano de México, ya no había sorpresas, sino foco. Llegó a tierra azteca con títulos nacionales en la espalda y otra relación con la competencia: más confianza, más claridad y otra manera de procesar lo que pasaba. “Fue una competencia en sala, a 18 metros, donde la dificultad crece a medida que se achica el blanco -destaca-. Nosotros acá en Sierras Chicas no teníamos techo para practicar en esas condiciones, pero estábamos curtidos y esa resistencia es un punto a favor”. El resultado acompañó. Pero, para él, no es lo central.

Competir sin red pero sin límites
En 2025, Castellanos fue campeón nacional en sala y aire libre, y campeón panamericano. Un año perfecto en términos de resultados. Sin embargo, insiste: “Es una confirmación de que el tiempo que le dedico trae un resultado. Pero también es una enseñanza, porque el resultado no deja de ser una medalla y lo importante es todo el aprendizaje previo a ese logro”.
En ese sentido, comprende que la clave no está en que todo salga perfecto, sino en encontrar la manera de atravesar las adversidades en competencia y tener las herramientas para superarlas. Para Denis, esas herramientas siempre aparecen en el trabajo previo y afirma que “lo importante está antes”.
El recorrido de Denis también expone una desigualdad estructural. En Argentina, el apoyo económico y federativo se concentra en las categorías olímpicas. En esa línea, subraya: “Está bien que reciban más atención porque son las modalidades de alto rendimiento. Pero el arco raso funciona en gran medida de forma autofinanciada”.
Viajes, inscripciones y equipamiento corren por cuenta propia. “Creo que eso nos diferencia en esfuerzo y cabeza”, plantea. No obstante, Denis no ve como opción abandonar. El disfrute y los desafíos que encuentra en este deporte lo hacen redoblar la apuesta.“Soy una persona muy creativa y vivo volando. Este deporte es muy recomendable para ganar disciplina, bajar a tierra y ordenarse. El objetivo no es ganar un torneo, sino incorporar una filosofía de vida. Eso es lo más valioso”, concluye.

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