Norma González administra un hogar para adultos mayores que vienen de distintas situaciones de soledad y no pueden afrontar los costos de un geriátrico. La pandemia bloqueó cualquier intento de tramitar una habilitación para el espacio y hoy, a pesar de ya haber iniciado las gestiones, la Provincia exige su desalojo.

Por Lucía Argüello y Carlos Romero


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“Mirá Norma, hay un paciente que lo hemos operado, no puede pagar más que su jubilación, ¿lo podés recibir?”, cuenta Norma González al recordar sus tímidos inicios cuidando adultos mayores que, por una u otra razón, habían quedado a la deriva. Para ella, “los viejitos” son su debilidad. “Bueno dale, traélo”, contestó sin titubear la vecina de Villa Allende, que ya cuidaba a un grupito de ancianos.

Yo trabajo atendiendo adultos mayores a domicilio. Ahí fui aprendiendo la problemática de cada uno y, sobre todo, la soledad que atraviesan. Les iba a tomar la tensión y ellos me esperaban con mate y galletas”, comenta Norma a El Milenio en el caldeado living del Hogar del Milagro, con el tenue sol de la mañana de julio colándose por las ventanas.

El lugar (bautizado por sus propios residentes) se constituyó a principios de este año en una antigua, pero sólida vivienda de dos pisos en barrio Español, y llegó a brindar techo a 16 adultos mayores que no tenían quien los cuide. La pandemia bloqueó cualquier posibilidad de conseguir una habilitación estatal y, por tal razón, el Ministerio de Salud de la provincia hoy exige su cierre.



En busca de un hogar


“Nos gustaría que vengan y vean las caritas de los abuelos, que les pregunten cómo están”, dice Silvana, una de las trabajadoras. Foto L. Argüello/El Milenio.


En la tele están pasando El Zorro por centésima vez cuando Norma nos invita a conocer a “sus viejitos”. La improvisada residencia nació para paliar esa necesidad de muchos adultos mayores, cuya jubilación no les permite acceder a un geriátrico (donde la cuota mínima ronda los 35 mil pesos), pero que, por distintas razones, tampoco pueden vivir con su familia o, directamente, no tienen parientes que se hagan cargo de su cuidado.

Yo estuve cuatro años con cuatro o cinco abuelitos que atendía en una casa alquilada, con la ayuda de otras chicas. Pero siempre me pedían que recibiera a alguien más y así se fueron sumando. Cuando se nos venció el contrato, a fines de enero, Lucía Deon (concejal de Villa Allende) se ofreció a alquilarme la planta baja de esta vivienda (yo ya cuidaba de antes a sus dos hermanos, que hoy son parte del grupo) y ella se mudó arriba”, recapitula Norma, a través del barbijo.

La solución iba a ser provisoria, ya que la idea era buscar un lugar más óptimo y tramitar las habilitaciones correspondientes, pero la emergencia sanitaria que estalló en marzo trocó todos los planes. Hoy, el sueño de Norma es conformar un “hogar de guarda” solidario, un espacio que, sin ser un geriátrico, le permita albergar oficialmente a adultos mayores en situación de necesidad.

Yo no apunto a hacer un geriátrico que le brinde solución a esa gente que puede pagar una cuota de 40 o 50 mil pesos. Mi idea es apuntar a esos abuelitos que están solitos y necesitan compañía y asistencia, pero tampoco pueden pagar más. Acá muchos cobran la mínima y abonan lo que pueden”, explica.

Tal es el caso de Dina, una residente de 77 años de edad, oriunda de Chaco, que en sus años mozos llegó a Córdoba buscando “independizarse”. Tras pasar por muchos trabajos y unas cuantas desventuras, terminó viviendo en La Calera con la ayuda de algunos amigos, ya que no se casó ni tuvo hijos.


Foto L. Argüello/El Milenio.


Hace un año y medio, un golpe en la cabeza la dejó postrada y perdida. “Me lastimaba, me quería autodestruir. Fueron dos meses muy oscuros, de los cuales no recuerdo nada”, cuenta Dina, con voz pausada, pero segura. Sus amigos la llevaron con Norma y allí, en sus palabras, “revivió”.

Me recuperé gracias a sus cuidados y los del personal. Después, con el tiempo, elegí este como mi lugar. Sentí que, después de pasar toda la vida alquilando, por fin encontré un hogar. Hoy me siento nueva acá, contenta, recuperé mi salud y mi vida. Nunca voy a terminar de agradecerles”, apunta con firmeza, una tímida sonrisa y los ojos brillantes.

Paquetes


“No se dan cuenta que los abuelos no son paquetes. Es desesperante no saber a dónde los van a llevar y pensar que van a estar con gente desconocida, en una situación de total desamparo afectivo”. Foto L. Argüello/El Milenio.


Cuando se desató la emergencia sanitaria a raíz del nuevo coronavirus, Norma se aseguró que el lugar estuviera preparado para evitar el peor de los escenarios. Protocolos para el personal, controles de temperatura, alcohol en gel, barbijos, restricciones de visitas e incluso el seguimiento atento de la Municipalidad de Villa Allende, se convirtieron en el pan de todos los días para el hogar.

Desde el principio estuvimos en contacto con la Dra. Cecilia Rouadi (secretaria de Salud de Villa Allende), quien nos pasaba los protocolos actualizados. Incluso viene un doctor del hospital una vez por semana a controlar. No hemos tenido ni un resfrío en este tiempo”, afirma Norma.

Sin embargo, el brote del geriátrico Santa Lucía en Saldán a principios de abril, encendió las alarmas del gobierno provincial, que intensificó los controles sobre los establecimientos de larga estadía. Así, el 16 de junio, sin que mediara ninguna inspección previa, llegó un aviso de desalojo para el Hogar del Milagro.



La noticia nos desestabilizó mal. En medio de una pandemia como esta, lo que menos esperás es tener que desalojar a un grupo de personas que son las más vulnerables. La Municipalidad intervino y nos dieron un par de prórrogas, pero desde entonces vivimos con la soga al cuello”, se lamenta Norma.

El fundamento es que no tenemos papeles, aunque en los últimos días he presentado todo lo que me pidieron en la Municipalidad de Villa Allende y el Ministerio de Salud: planos de la casa, inscripciones en Afip, libres deudas, datos de los profesionales, informes médicos de los abuelos, contratos de los servicios de emergencia, seguro de responsabilidad civil, etc. Ni siquiera pude obtener una respuesta. Sólo quiero que nos den un plazo lógico y fechas concretas para hacer todo lo que haga falta”, cuenta la administradora del hogar.

«No se dan cuenta que los abuelos no son paquetes que pueden sacar a la calle o depositarlos donde quieran. Es triste y desesperante pensar que no sabemos a dónde los van a llevar, que van a estar aislados, con gente desconocida, en una situación de total desamparo afectivo«, concluye una indignada Norma y explica que, de no poder reubicar a los residentes, la Provincia judicializaría los casos para enviarlos a otras instituciones.

Al cierre de esta edición, sólo quedaban siete adultos mayores en el Hogar del Milagro. Los demás se los fueron llevando familiares y amigos “como pudieron”. Entre el personal y los residentes reina la angustia y la incertidumbre. Saben que cualquier día puede llegar el Ministerio para verificar “que no quede nadie”.

Mientras tanto, tratan de conseguir respuestas y avanzar con los trámites, esperando que un milagro les permita salvar los restos de un espacio que busca llenar el vacío que tantas veces dejan las políticas públicas para adultos mayores.