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Colaboración:

Agostina Budrovich, Valentina Solís y Antonella Monguzzi

5to Año, Instituto Educativo Nuevo Milenio


La gloria en el deporte suele ser un horizonte de muchos y un objetivo alcanzable para muy pocos. Ese pequeño grupo padece además de un tiempo acotado, la carrera es corta y la pausa para mirar alrededor y disfrutarla casi no existe. En los deportes individuales, en los que años de entrenamiento se resumen a segundos de carrera, la vara es incluso un poco más alta.

Los nadadores, por ejemplo, son una raza particular dentro de otra, los atletas. La competencia es el combustible para pasar horas y horas en un ambiente cerrado, repitiendo movimientos sin bajar ni una milésima el tiempo anterior. En ese proceso no hay atajos, ni demasiados apoyos. Es la persona contra el reloj, que permanece siempre ahí, inmutable.

La cordobesa Georgina Bardach, una de las nadadoras más importantes de la historia del deporte nacional, pertenece a ese singular grupo de grandes ex atletas de élite que no parecen extrañar el pasado. Tampoco tiene reproches ni cuentas pendientes con un recorrido al que, según sus propias palabras, “no le cambiaría nada”.


Creo que ese estrés que sienten muchos atletas en los Juegos Olímpicos disminuiría si el público y el periodismo supieran cuáles son las expectativas reales o las posibilidades de cada deportista y no exigieran de más. /Foto gentileza quien corresponda.


Hoy su relación con el nado es diferente y se define como “una simple espectadora más”, incluso cuando se relaciona desde la Agencia Córdoba Deporte o comenta los eventos más importantes de su disciplina para TyC Sports. “La verdad es que disfruto mucho de mi tiempo libre, de pasar tiempo con mi familia y con mi sobrino”, explica la estudiante de Comunicación Institucional, hoy en la recta final de su tesis.

Las primeras brazadas


Creo que todos los deportistas sueñan con competir y representar a su país, pero yo siempre lo hice por el placer de nadar”, apunta la deportista. / Foto gentileza quien corresponda.


Empezó a nadar por una cuestión de seguridad. Sus padres habían decidido que era importante que supiera manejarse en el medio acuático. Su madre, Adela Martín, supo confesar que llevó a Georgina desde los cuatro años a la pileta, pero recién a los siete aprendió a nadar. En definitiva, fue el tiempo que tardó en sentir el ambiente como propio.

Pasó por el hockey y el tenis, pero fue la natación la disciplina que le dio la posibilidad de competir frente a otros por primera vez. Así, decidió apostar todas sus cartas a la pileta. Desde pequeña, ya contaba con la determinación necesaria y su talento no tardó en hacerse notar.

A los 10 años entrenaba doble turno comenzando a las cinco de la mañana, antes de ir al colegio. Sus producciones comenzaron a brindar pautas claras que anticipaban que su crecimiento en la natación sería exponencial.

Le faltaba algo, una especialidad en la que pudiera marcar claras diferencias, y la encontró en los 400 metros combinados. La ex deportista cordobesa, a menudo se refería a esta prueba como “la más linda para competir y la más fea para entrenar”. Lo cierto es que se trata de un formato sumamente complejo, que exige una notable versatilidad para pasar por espalda, pecho, mariposa y crol en cuestión de segundos.

Para Georgina ese traspaso era natural. Su adaptabilidad en la pileta la convirtió en una nadadora confiable, resistente y veloz en los metros finales. El siguiente paso era probarse en competencias internacionales y la ex atleta pudo enfrentar el desafío sin que le temblara el pulso.


Georgina Bardach: “Me preocupa la deserción deportista que puede llegar a haber en los jóvenes”


El recorrido por las competencias sudamericanas y panamericanas la llenó de confianza. Bardach demostraba una y otra vez que, en aguas complejas, ante las grandes exponentes, era capaz de dar la talla.

Llegó el turno de los Juegos Olímpicos de Sidney 2000. Con apenas 17 años, la joven nadadora no pudo arribar a las instancias finales. Sin embargo, el objetivo era otro: aprovechar cada segundo en la villa olímpica, observar a las mejores, aprender de sus métodos, entender el manejo de la escena ante la expectativa del mundo entero.

La curva a partir de ahí sería ascendente, y la vida de Georgina se volvería un torbellino de competencias. A los 18 años logró una medalla de bronce en el mundial de pileta corta, disputado en Barcelona, y en Santo Domingo, en 2003, confirmaba su liderazgo alcanzando la primera presea dorada en natación panamericana en 50 años para Argentina.

Héctor “Bochi” Sosa, su entrenador por ese entonces, diseñó un plan de entrenamiento que tenía como único objetivo lograr que Bardach exprese su máximo nivel en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004.

Para eso, Georgina viajó a La Quiaca, a entrenar a 3400 metros de altura en sesiones de ejercicio asfixiantes. La tarea no fue sencilla, pero la joven sabía que el esfuerzo aplacaría algunas de sus debilidades y terminaría de posicionarla en busca del resultado final, que era llegar, esta vez sí, a la final de 400 metros combinados.

Momento clave


Tras ganar la medalla de bronce en Atenas 2004, Georgina regaló la tradicional corona de laureles a su amiga y eterna rival, la nadadora brasilera Joanna Maranhão, que no pudo alcanzar el podio. /Foto gentileza Vía País.


El resto es historia grande. Los comentaristas internacionales subestimaban las posibilidades de una ignota nadadora, de un país con poca tradición en la disciplina. Georgina clasificó a la final, estaba entre las ocho mejores. Llegó a la meta y parada frente la gran carrera, sin dejarse presionar y con un aire de inconsciencia que la distinguía a sus 21 años del resto de las competidoras, se tiró de cabeza en busca de un sueño.

Los primeros 200 metros no auguraban un gran resultado. Espalda siempre fue el único estilo en el que la talentosa nadadora nunca pudo desatacar. La mitad de la carrera la encontraba sexta, muy lejos de cualquier posibilidad de podio.

Pero Georgina tenía un as bajo la manga. Aún no había lanzado lo mejor de su arsenal y le sobraba energía para atacar a las rivales. Su pasada de pecho fue soberbia, alcanzando un tercer lugar sorpresivo, al cual se abrazaría en los últimos 50 metros de crol. Bardach se colgó la medalla de bronce, ante la mirada orgullosa de un país entero, y rompió una racha de 68 años sin preseas para las nadadoras argentinas en un Juego Olímpico.

Yo sé que debería decir que el recuerdo más importante que tengo es la medalla de bronce en Atenas, pero en realidad, lo que no puedo borrarme es todo el proceso que me llevó ahí. Fueron muchos años de entrenamiento, que a la larga me formaron como persona”, destaca Georgina.

Nunca perdió su ética de trabajo, ni el nivel de autoexigencia que siempre la caracterizó, pero hoy se da sus “permitidos”. Disfruta de aspectos de la vida que antes no pudo explorar, como la música, y se emociona con el increíble presente de su hermana Virginia, actual campeona panamericana de 200 metros mariposa.

El Milenio: ¿Cuál fue el impacto, a nivel deportivo y personal, que tuvo el hecho de representar a tu país en varias competencias internacionales?

Georgina Bardach: Creo que todos los deportistas sueñan con competir y representar a su país, pero a mí siempre me gustó nadar, y yo lo hacía más que nada por ese placer. Siempre me tomé con la misma responsabilidad todos los torneos, obviamente que es un orgullo muy grande representar a la Argentina, pero mi motivación era ir a los certámenes y competir porque me gustaba.

EM: En Beijing 2008 sufriste mucho la presión y hasta calificaste a esos Juegos Olímpicos como un “suplicio”. ¿Creés que existe alguna manera de que los deportistas de élite puedan evitar ese estrés? ¿Podría algo ajeno a ellos colaborar para atenuarlo?

GB: Sí, creo que existe una manera de evitar ese estrés, que tiene mucho que ver con la presión de la gente y de la prensa, que debería ser mucho menor. Cuando ocurren los Juegos Olímpicos, todos los periodistas deportivos de repente son especialistas en olimpismo. En el lapso de cuatro años, entre uno y otro, no hablan nunca de esos deportes, no investigan, no saben, ni se preocupan por saber. Entonces llega la competición más grande de todas y quieren medallas y resultados. Creo que ese estrés que sienten muchos atletas disminuiría si el público y el periodismo supieran cuáles son las expectativas reales o las posibilidades de cada deportista y no exigieran de más. 

EM: ¿Considerás que fuiste valorada y reconocida como representante femenina de la natación en Argentina? ¿Hubo algo que lo demuestre además del Premio Konex de Platino como nadadora de la década?

GB: No lo sé, nunca me puse a pensar demasiado en el reconocimiento. La verdad es que lo del premio Konex fue una sorpresa, no esperaba que me lo dieran. Yo nadaba porque me gustaba y lo disfrutaba, entonces todo lo demás me parecía secundario.

EM: ¿Cómo analizás la aparición de un talento de nivel mundial, como Delfina Pignatiello?

GB: No creo que haya mucho para analizar ahí. Pienso que frecuentemente ocurre que aparece este tipo de talentos y más que analizarlo, prefiero disfrutarlo. Ya está ubicada ahí, como una deportista impresionante. Ahora me gustaría verla en algún mundial de pileta larga, que aún es algo en lo que no participó. Creo que tiene un talento gigante y muchísimo más para dar. Lo que hay que hacer es dejarla crecer, no presionarla, porque con sus condiciones ella es capaz de marcar la diferencia.


Durante su preparación para los Juegos Olímpicos, Bardach entrenó a 3400 metros de altura en La Quiaca, bajo la dirección de Héctor “Bochi” Sosa. / Foto gentileza El Gráfico.


EM: Pensando en los nadadores que se preparan para grandes competencias y ahora están encerrados por el aislamiento, ¿se puede trabajar en otras habilidades o entrenamientos fuera del agua para no perder el ritmo?

GB: Sí, es posible trabajar nuevas capacidades que normalmente dejamos de lado. Pero se pierde muchísimo en cuanto a la sensibilidad en el agua. Es lo complicado de nuestro deporte, se practica en un medio tan distinto que salir de él te hace perder sensibilidad y dinámica. Ni siquiera la parte aeróbica se puede trabajar igual que en el agua, aunque tengas una cinta o una bici fija. Hay que apostar a fortalecer lo mental, la flexibilidad, la fuerza, todo eso es fundamental y sí, puede tener una continuidad incluso en cuarentena. Es una época complicada la que nos toca vivir y nadie sabe cómo va a terminar esto, pero hay que ponerle la mejor onda.

EM: ¿Cómo ves el progreso de tu hermana? ¿Solés transmitirle tu experiencia a modo de consejo a la hora de afrontar ciertos momentos en lo deportivo?

GB: Siempre pensé que Virginia podía llegar a donde quisiera y en estos últimos años creo que ella se dio cuenta de eso y siente lo mismo, así que me siento muy feliz por todo lo que está logrando. Respecto a mi experiencia, sólo se la transmito cuando ella me lo pide. Respeto mucho sus decisiones, su forma de ver el deporte y la manera de trabajar de su entrenador. De modo que realmente prefiero no meterme, salvo que ella lo crea necesario.


Los nadadores deben apostar a fortalecer lo mental, la flexibilidad, la fuerza. Todo eso es fundamental y puede tener una continuidad incluso en el marco del aislamiento. Es una época complicada la que nos toca vivir, pero hay que ponerle la mejor onda. /Foto gentileza quien corresponda.


EM: El apoyo de entes deportivos nacionales para la natación y la profesionalización dentro de la disciplina, ¿alcanza?

GB: A nivel nacional no hubo nunca una buena política deportiva. Ningún deporte amateur recibe del Estado un apoyo que realmente les permita a los atletas vivir de eso y dedicarse a tiempo completo. De todas formas, creo que de a poco algunos aspectos han ido mejorando.

Queda un largo camino por recorrer para que los deportistas obtengan el soporte que merecen, más que nada, en el contexto de un país con muchas deudas sociales, en cuanto a la educación y a la salud como pilares primordiales. Primero tendremos que resolver eso y luego vendrá el crecimiento en lo deportivo. Es difícil, pero debería darse así.

El texto original de esta nota fue publicado en nuestra edición impresa 267.

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