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¿Qué pasó con…?: «El Organillero» de Unquillo

Susana Tolosa es profesora de sikus, saxo y otros instrumentos de viento. Junto a Nicolás Díaz y Constanza Estevan dieron rienda suelta a su pasión fundando en 2010, una escuelita popular de música.

Susana Tolosa es profesora de sikus, saxo y otros instrumentos de viento. Junto a Nicolás Díaz y Constanza Estevan dieron rienda suelta a su pasión fundando en 2010, una escuelita popular de música.

El Organillero estuvo abierto durante 7 años. Se dedicó a iniciar en este arte a cientos de niños, jóvenes y adultos de la región.

Si bien hoy este espacio está en pausa, sus semillas ya están brotando en bandas locales y estudiantes universitarios.

El Milenio: ¿Qué te llevó a abrir esta escuelita?

Susana Tolosa: A este proyecto lo iniciamos con dos compañeros más: Nicolás Díaz – profesor de piano- y Constanza Estevan -profesora de canto- en el año 2010. Con Nicolás nos conocimos estudiando música en el Conservatorio y siempre tuvimos la idea de hacer algún taller en Unquillo, porque nosotros, para poder formarnos como profesores y músicos teníamos que viajar a Córdoba. En ese entonces había muy pocos por la zona, sobre todo que tuvieran una variada propuesta de instrumentos tanto de viento como de cuerdas y percusión.

En un principio la familia Díaz nos prestó una casa, convocamos a amigos músicos que estaban formándose como profesores y algunos que ya lo eran; así, pudimos organizarnos. Ellos aportaban al proyecto sus propios instrumentos, hasta que, con el paso del tiempo, conseguimos comprar cosas para que quedaran en el espacio.

EM: ¿Cuándo comenzaron?

ST: En el 2010 arrancamos con este proyecto. Al principio era poder dar rienda suelta a trabajos compartidos, colectivos, a generar algo diferente. Siempre hubo en Unquillo una única propuesta que se basaba en un método en particular de enseñanza de la música y pensamos que este espacio podía unir distintos procedimientos educativos. Lo principal sería hacer un proyecto social y en Unquillo. Después llegó gente de toda la zona.

EM: ¿Por qué se llamó “El Organillero”?

ST: Hicimos un listado enorme y surgió. “El Organillero” es un personaje callejero que hace mucho solía estar en la calle con un organito (es como un tecladito que funcionaba a cuerda), y tenía siempre la imagen que aparece en los vídeos, con un monito. Nos gustó la idea del Organillero porque era algo muy popular, cercano a la gente, alguien que tocaba en la calle, parecía que reflejaba el espíritu de lo que queríamos nosotros, que sea algo que las personas se lo apropiaran y dijeran: “me voy al Organillero” nos gustó cómo sonaba.

EM: ¿Qué tipo de instrumentos se enseñaban?

ST: Teníamos piano, acordeón, canto, guitarra criolla y eléctrica, charango, bajo, baterías, percusión afro, violín; distintos géneros musicales. De viento había flauta traversa, saxo, quena, sikus.

EM: ¿Vos cuál enseñabas?

ST: Además de ser coordinadora, limpiar, salir a pegar publicidad… yo daba clases de saxo y de lenguaje musical. Una propuesta era tomar cursos de instrumento y al que le interesaba hacer la práctica, poder aprender a leer y a escribir música. Para los más chiquititos también estaba la posibilidad de aprender iniciación musical. Algo importante de destacar era que había espacios para todas las edades: para niños, adolescentes, había clases de ensamble también y para adultos mayores.

EM: ¿Cómo conseguían los instrumentos?

ST: Al principio los profes traían los propios; me acuerdo que el primer año nos robaron, apenas abrimos nos robaron todo, no nos dejaron ni el mate y las cosas no eran nuestras. Hicimos una peña, juntamos fondos, mucha gente nos ayudó y recuperamos algunas cosas y con lo que quedaba de la cuota, luego de pagar a los profesores, fuimos juntando para poder comprar instrumentos.

EM: ¿Qué equipo docente llegaron a tener?

ST: Los primeros fuimos nosotros tres, que estuvimos con la coordinación: Constanza Estevan, Nicolás Díaz y yo; después se sumaron Sebastián Pico profe de violín, Rafa Ibarborde músico guitarrista, Andrés Maurel profesor de batería, Alberto Suárez Azar profe de guitarra, Martín Donalicio de percusión afro. Cuando el proyecto creció llegamos a ser veinte; nuestro objetivo era tratar de conseguir profes de la zona, pero de algunos instrumentos en particular a veces no había, por lo cual empezamos a buscar en Córdoba.

EM: En el momento de mayor demanda, ¿Cuántos alumnos llegaron a tener?

ST: El año que más tuvimos fueron 120 más o menos.

EM: ¿Cuál fue el instrumento que más gustaba?

ST: Guitarra, llegamos a tener seis profes porque no daban abasto, piano también es un instrumento que tuvo muchos alumnos; son instrumentos muy populares. Una guitarra es más accesible que comprar un saxo o una flauta traversa, son carísimos para arrancar.

EM: ¿Nos podés contar alguna anécdota que hayan vivido?

ST: Haber arrancado con nada es anecdótico, sólo ganas, ideas y 400 pesos juntados entre los tres que gastamos en publicidad, imprimimos cartelitos, afichitos y salimos a pegar casa por casa, poste por poste y así todos los años del Organillero; esas son anécdotas muy hermosas. También, por ejemplo, los chicos de trabajo del colegio Morzone hacían una pasantía y tuvimos así presencia de algunos alumnos que venían a ayudarnos en tareas administrativas, en la organización del espacio, tomar asistencia; fue maravilloso que hubiera un feedback con otras instituciones.

EM: ¿Cómo era el promedio de las edades?

ST: Había talleres de iniciación musical para niños desde los 4 años. El alumno más grande que tuvimos –que tocaba el acordeón, Fausto-  es un señor que vivía en Ñu Porá. Eso también es una anécdota maravillosa: él llegaba a clases y nos regalaba a todos chocolates y a los profes nos traía un Toto Bingo; era como un abuelito. Fausto debe haber tenido como 80 años y venía a clases de acordeón para compartir y para hacer una salida de su casa; él ya tocaba el acordeón muy bien, la música que le propusieran y lo que él quería seguir tocando. Ya no está con nosotros, Fausto.

EM: ¿Tuvieron ayuda de la municipalidad de Unquillo?

ST: No, de ningún ente, ni provincial ni municipal, tampoco fuimos nosotros a pedir, siempre fue el objetivo generar un espacio independiente; obviamente que si venía ayuda nadie se iba a negar. A veces la municipalidad nos abría las puertas de los museos para tocar, también nos autorizaban a usar lugares públicos; cuando nos robaron nos apoyaron con la difusión de la peña, nos dieron una mano hasta que pudimos hacer los trámites para estar enmarcados dentro de espacios culturales para los impuestos y esas cuestiones legales. Pero subsidios, aportes económicos o compra de instrumentos, no.

EM: ¿Cuántos años perduró el Organillero?

ST: La escuelita duró 7 años.