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El milenio

10 años conectando Sierras Chicas

“Vamos los pibes y los abuelos”

Dora Giannoni es una referente del barrio “Cóndor Bajo” de Villa Allende, arrasado por la inundación del 15 de febrero de 2015. Junto a su familia sostuvieron un comedor para los niños del sector y hoy se dedica a llevar de viaje a los abuelos y organizarles reuniones en su casa. Su sobrino, Daniel Romero, armó una escuelita de fútbol gratis para niños donde antes estuvieron sus viviendas.

Por Mabel Tula

periodico@elmilenio.info

Colaboradores: Juliana Córdoba. 4°B IMVA. Carolina Nigro y Lucía Ortíz. 4°B IENM

La catástrofe de febrero de 2015 marcó un antes y un después en la vida de todos los habitantes de Sierras Chicas. A los momentos de desesperación y angustia, le sucedieron situaciones de ayuda, colaboración, compromiso entre los vecinos más afectados. Algunos sectores aledaños al río fueron arrasados y hoy no se permite volver a habitarlos por su permanente riesgo de inundación. Esto ocurrió por ejemplo en barrio Cóndor Bajo de Villa Allende, entre las calles Misiones y Chubut. Hoy, en este predio, tía y sobrino se dedican a generar espacios de encuentro y entretenimiento para los más necesitados.

Dora Giannoni vive hace 30 años en el barrio, fue presidenta del centro vecinal de 2006 a 2010 y aún hoy continúa trabajando incansablemente para los vecinos. En su casa tiene un merendero y también se encarga de gestionar viajes y encuentros para más de 50 abuelos de la zona; ella los llama “Los viajeros de la alegría”.

El Milenio: ¿Nos podría contar cómo se vivió el 15 de febrero en su barrio?

Dora Giannoni: La lluvia empezó el día anterior, o sea el sábado 14, cuando se realizaba el festival de Villa Allende; después mermó un poco, pero al otro día fue muy muy intensa. Cuando vino la primera crecida desde el puente de la Neuquén hacia la calle Misiones todo fue un desastre, empezamos a sacar y subir a los chicos a los techos de sus casas. Para quien lo ha vivido, le queda en la retina para toda la vida.

Mi sobrino que vivía en la casa de mi hermana, alcanzó a subir al techo a una vecina de 70 y pico de años, subió también a los chicos, él quería tratar de salvar algo de su casa y casi se lo lleva el agua. Nosotros tuvimos que llevar a mi mamá con 91 años y a mi hermana arriba del techo y el agua que avanzaba, era una ola terrible que parecía que estabas en el mar; se llevó todo. Yo alcancé a gritarle a los chicos del frente de mi casa: “súbanse al techo por favor, súbanse al techo” -los padres de ellos no estaban- en ese momento vino una estampida de agua que tiró la tapia, inundó la casa de ellos y la de los tíos y arrasó todo. En la esquina de Neuquén y Sarmiento el agua iba volteando todo a su paso.

→¡Junto a los abuelos!

EM: ¿Cómo fueron las primeras horas después de la inundación?

DG: Nosotros armamos con mi hermana y prima una mesa donde distribuíamos las donaciones, porque yo trabajo en un hospital y recibí del director, de mis compañeros y de toda la gente que me conocía, mucha ayuda de mercadería. Les daba la comida, el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena, y distribuíamos todo lo que nos donaban.  

EM: ¿Usted es la que organizaba?

DG: Sí, yo junto a mi hermana organizábamos todo y a veces nos pasábamos el día entero y la noche ahí sentados, con el miedo de que llegara otra creciente. No teníamos luz, nos proveían de agua, gracias a Dios, los que ayudaban y también salíamos a dar la comida para los que no venían a mi casa.

EM: ¿Tuvo apoyo de la municipalidad de Villa Allende?

DG: No, no tuve ningún apoyo, ellos habían hecho otro comedor en la casa de la familia Muñoz, en la calle Chubut y también llevaron un médico, pero eso no fue inmediato.

Yo siempre he trabajado con abuelos, gestiono en el gobierno, hago los trámites y los llevo  de viaje; a veces junto a todos los viajeros en mi casa –son como 50- porque quieren comer una choripaneada, un asado; eso hicimos este fin de semana.

Hasta he tenido un merendero que se llamaba “Cosquillitas en la panza”.

EM ¿Colabora de otras maneras para la gente del barrio?

DG: Sí, todo lo que necesitan pasa por mi casa. Siempre estoy colaborando, cuando requieren algún medicamento o hay que anotar algún nacimiento, o si me dicen que hay alguna lamparita que no funciona o pedir que hagan una lomada en la calle.

EM: ¿Y de quién fue la propuesta de transformar la zona inundada en una cancha de fútbol?

DG: Junto al señor Flores, Albasini, Menéndez y la señora Romero nos presentamos en la municipalidad haciendo la propuesta, preocupados, porque vinieran otras personas a tomar, a drogarse y ese tipo de cosas. Finalmente colocaron reflectores y mi sobrino Daniel Romero, trajo su escuelita de fútbol con 40 niños y por la tarde les da clases.

En la esquina de Neuquén y Misiones continúa estando la plazita, pero de todos los juegos que había, quedó uno solo. Ahora, cada tanto sólo se corta el pasto.

Vamos los pibes

Hace 10 años que Daniel “Pini” Romero tiene la escuelita de fútbol. Comenzó en el club Quilmes, donde consiguió que al principio becaran a algunos chicos del barrio, pero al año siguiente ya les exigían que pagaran una cuota. Para que estos niños no se quedaran sin jugar, creó la escuelita de fútbol del barrio Cóndor Bajo “Vamos los pibes”.

Gracias a algunos contactos con otros entrenadores los podía llevar a competir al Kempes, a Río Ceballos, a Unquillo, a Argüello. La finalidad siempre fue sacar a los chicos de la calle, dispuestos a jugar al fútbol, ya no andaban deambulando los viernes a la noche, sino que se acostaban temprano porque el sábado competían.

Se fueron sumando compañeritos de colegio y vinieron chicos de barrio Cumbre, Español, El Perchel; llegó a tener 48 chicos lo que lo obligó a brindar doble horario de las clases, debido a las distintas edades.

Todo lo hace sólo y gratis. El centro vecinal le donó algunas pelotas. Fue varias veces a la municipalidad a solicitar colaboración, pero sólo recibió promesas. Le preocupa fundamentalmente que cuando la pelota se va al río, los chicos se lastiman al buscarla, debido a la cantidad de escombros que han quedado de la inundación.

“Lo único que he pedido es una tela para poner detrás del arco, hay pibes que se han cortado y otros se rasparon al bajar a buscar la pelota entre los cascotes de las casas destruidas; hace rato que me lo prometieron, todavía sigo esperando”, comenta con tristeza, ya que duda de reiniciar las clases en esas condiciones tan peligrosas para los chicos.

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