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Música para los oídos, ritmo para los pies

Pablo Icardi es parte de ese equipo de personas que les dan vida a los corsos de Unquillo, coordinando el área musical de la Escuela de Carnaval. Así, cada año, vuelve a levantar los colores de “La Unquillense” en la doble avenida San Martín junto otros casi 300 participantes del colectivo murguero.
  • Redacción: Constanza Di Paola y Catalina Sureda (4to IENM). Corrección: Lic. Mabel Tula.

Se llama Pablo Icardi, pero para los conocidos es “Sopa”. Oriundo de Buena Esperanza, un pequeño pueblo de San Luis, se vino a vivir a Unquillo en 1998. Hoy tiene 38 años, es músico y hace una década que está metido en el mundo de la murga, la batucada y los tambores. Actualmente coordina el área musical de la Escuela de Carnaval municipal.  


El Milenio: ¿Cuándo y cómo se formó esta escuela?

Pablo Icardi: Empezó a funcionar en el verano 2019-2020, justo antes de la pandemia. Se venía buscando hacía mucho tiempo que la movida del carnaval tuviera continuidad durante el año; porque sucede que se concentra toda la actividad entre noviembre y febrero, pero una vez que terminan los corsos, se muere todo hasta el verano siguiente. 

Entonces mucha gente quería que ese espacio se mantuviese vivo durante todo el año para también ir haciendo un trabajo más progresivo, en lugar de que sea todo al palo en poco tiempo. Gracias a la pechada y la insistencia de ese montón de gente, nació la Escuela de Carnaval en 2020.

EM: ¿Quiénes asisten actualmente a la escuela?

PI: Tenemos integrantes desde los 5 hasta los 70 años. Algo que está bueno aclarar es que la Escuela de Carnaval funciona como tal hasta noviembre, cuando se transforma en la murga La Unquillense, donde se suma muchísima gente. 

Hoy en día vienen personas principalmente de Unquillo, pero en la época de carnaval se amplía la convocatoria, hasta viene gente de Villa Allende. Ahora en promedio estarán asistiendo unas 50 personas y en el último carnaval fuimos 230 en la doble avenida.

EM: ¿Enseñás todos los aspectos de la murga?  

PI: Yo enseño la parte musical, que es un eje ordenador en algún punto, porque muchísimos aspectos de la presentación se acomodan en base a lo que suena. También está la danza y la parte plástica, que comprende todo lo visual como estandartes o vestuario. Las tres áreas trabajamos en conjunto.

EM: ¿Qué hay de tu trayecto personal como músico en ese rol?

PI: Yo vengo de tocar mucho tiempo música afro y ahí hay un diálogo constante, la música y la danza son una sola cosa, entonces llevo esa impronta a la murga. En la Escuela hacemos interpretaciones de ritmos afro o folklóricos trasladados a los instrumentos de batucada, este año, por ejemplo, tocamos una adaptación mía de un funky brasilero e hice una ejecución de ritmos bolivianos con instrumentos afro.

Entonces hay siempre una búsqueda de la novedad y eso a mí me encanta. El folklore no tiene que estar estático para nada, se construye todos los días. Está bueno que haya renovación porque permite que la gente que está participando se sienta parte de ese movimiento y que eso sea siempre fresco. Hay ritmos que venimos tocando hace años y hoy suenan en los barrios. Son cosas que hace diez años no sucedían y hoy son parte del paisaje musical unquillense.


EM: ¿Cuándo llegaste a La Unquillense y cómo te sentís hoy en ese grupo?

PI: La murga nació en 2016, pero mí me convocaron en 2018, en el marco de un cambio en el área de Cultura del municipio. Siento que es un espacio buenísimo. Yo he andado por muchos lugares y es raro ver un grupo con toda esta fusión de gente, de edades, estilos, situaciones sociales, realidades económicas. Todos conviviendo en un mismo espacio cultural y pechando desde el mismo lugar, es algo increíble.

EM: ¿Vos armás los ritmos? ¿Qué otras tareas tenés? 

PI: Lo de los ritmos es una construcción colectiva. Por ahí uno prueba una cosa y el otro le agrega unos golpes y así esa propuesta original muta hasta terminar siendo algo con identidad propia. Si vos metiste tu pequeña variación, si sentís que sos parte de esa creación, está buenísimo. Yo, en mi forma de dirigir, dejo que suceda. 

También estuve metido en el armado de la idea principal, pensando vestuario, proponiendo algo para la danza y, a su vez, aceptando sugerencias. Es bastante colectivo el proceso, aunque hay roles definidos, como en todo, para que las cosas funcionen.

EM: ¿Cuánto tardan en prepararse para los corsos y con qué recursos lo hacen? 

PI: Por lo general empezamos en octubre y le damos hasta la primera mitad de diciembre, después vienen las fiestas y queda todo medio en pausa hasta enero. 

Los recursos vienen de la municipalidad a través de la Secretaría de Desarrollo principalmente y la Secretaría de Cultura aporta gran parte del personal que trabaja en cuestiones por ahí menos visibles. El elenco incluye unos 230 integrantes, pero trabajando para que eso funcione hay aproximadamente 300 personas. 

Y después el recurso más importante son todos los que se suman, que sin esa gente no pasaría nada. Por más instrumentos, vestuario y dinero que haya, si la gente no quiere participar, no hay carnaval. Por suerte, tenemos muchísima gente que se quiere sumar a La Unquillense.

EM: ¿Sentís que va creciendo el ámbito? 

PI: Sí, está re bueno que cada vez más gente se vaya interesando y que esta movida tenga el apoyo municipal. En otros lugares hay personas re talentosas con ganas de hacer cosas, pero no están los fondos económicos o el deseo político de hacer algo. 

Acá, gracias a la Escuela de Carnaval, hay personas que tocan un instrumento que no tendrían posibilidades de tocar en otro lugar, o se ponen un vestuario que su familia, por su situación económica, no le hubiera podido comprar. Eso es algo que está muy bueno.

EM: ¿Tienen algún plan a futuro? 

PI: Este año estamos trabajando un taller de máscaras con la Escuela. Vamos a hacer tres instancias durante el año para explicar qué son las máscaras, de dónde vienen, qué funciones tienen. Después se van a construir y finalmente las usarán. Además, vamos a aprender un poco de lectura musical rítmica, una herramienta tremenda, y en base a eso pasar a un taller de señas para dar percusión.