INSTITUCIONAL
Cada año, la chocleada se convierte en una de las actividades más esperadas por los estudiantes del instituto. Este proyecto, que involucra directamente a la huerta escolar, combina trabajo en equipo, contacto con la tierra, aprendizaje sobre los procesos naturales y una experiencia compartida que trasciende lo pedagógico.
La jornada se realiza en dos etapas. El primer día está dedicado a la cosecha. Se selecciona un grupo reducido de entre cuatro y seis estudiantes, quienes se encargan de recolectar la mayor cantidad de choclos posible. La actividad se realiza en la huerta del colegio, un espacio amplio y cuidado, que se mantiene en óptimas condiciones gracias al esfuerzo constante de quienes lo trabajan durante todo el año.

Al día siguiente, llega el momento de la cocina. Para no interferir con las clases, el laboratorio se transforma en una cocina improvisada donde se lavan, pelan, cortan y cocinan los choclos. La organización es clave: los estudiantes llevan delantales o ropa para ensuciar, tablas, fuentes y utensilios, mientras que el colegio provee anafes, ollas y cuchillos. El objetivo es que todo esté listo para compartir el resultado con los distintos cursos del nivel.

“El choclo se elige porque es una planta fácil de cultivar, que rinde mucho en poco espacio y crece rápido. Pero más allá de lo práctico, la idea es que los chicos puedan participar del ciclo completo: sembrar, cosechar, cocinar y compartir”, explicó Rocio Aguirre, profesora a cargo de esta actividad. Este año participaron estudiantes de cuarto año, cuidando que cada edición cuente con nuevos protagonistas para que todos tengan la oportunidad de vivirla.

La respuesta de la comunidad educativa es siempre positiva. Estudiantes y docentes se interesan, hacen preguntas y hasta proponen nuevas recetas o ideas para futuros encuentros. La actividad no solo pone en valor el trabajo colectivo, sino que fortalece el vínculo con la tierra y el respeto por los alimentos.
La chocleada forma parte de un proyecto más amplio que busca aprovechar al máximo la producción de la huerta institucional. El año pasado, por ejemplo, se elaboran escabeches, empanadas, y en cosechas abundantes se distribuyen frutas y verduras entre los estudiantes. En todos los casos, se trata de compartir no solo lo producido, sino también el conocimiento, el esfuerzo y el disfrute de un trabajo hecho en comunidad.

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