Por: Paula Raimo, Bianca Ramos, María Luz Marchetti y Hanna Baghin 5° IENM.
Darse permiso para reírse de uno mismo puede ser un acto profundamente transformador. En el caso del clown social, una forma de intervención artística, no se busca el aplauso ni el entretenimiento, sino promover un modo distinto de contención, especialmente con quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.
A diferencia de las presentaciones clásicas de payasos, donde se apunta a la animación, en este género se agrega la arista terapéutica. “La idea es que el público sea protagonista”, cuenta Raúl Burgos, referente de esta labor comunitaria en la región.
Vecino de Unquillo, jubilado, ingeniero civil de profesión, se volcó a lo social formándose en gestión de organizaciones y realizando una maestría en investigación social. Esa elección no fue casual: “Ya desde los años 80 venía con esa vocación de servicio”, señaló.
El contacto con el clown llegaría mucho después, en 2011, cuando acompañó a uno de sus hijos a un taller en La Beba Teatro, en Río Ceballos, y ese espacio abrió una puerta inesperada.
Así, nació Abrojo, que no funciona como un personaje sino como una extensión de sí mismo. “Soy yo con cuestiones propias y algunos condimentos: lo ridículo, lo absurdo, lo exagerado, lo inesperado, lo cómico; son cinco dimensiones que suelen estar presentes”, sostuvo Burgos y explicó que una de las claves es no actuar, sino exponerse para generar cercanía.
“El bufón se ríe de los demás, mientras que el clown se ríe de sí mismo”, ratificó. Y agregó: “Hay una ingenuidad, una ternura; es una niñez atravesada —en mi caso— por una humanidad de 69 años”.

El Milenio: ¿Cómo se fue dando tu recorrido en distintos espacios y proyectos?
Raúl Burgos: Empecé a vincularme con un grupo de payasos que conformamos en el lugar de formación, que le llamábamos el Laboratorio de Payasería. Nos reunimos una vez por semana en Córdoba,y somos 12 payasos que trabajamos todo lo que es la técnica del clown. Después se buscan espacios de participación en distintos eventos que se organizan como ‘La noche de los Museos’ o la presentación de un libro. También, en una ocasión la Defensoría de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes nos contrataron para una presentación en la vía pública.
Igualmente, a lo que más tiempo le dediqué fue a la intervención en el Hospital de Niños y en el Hospital Infantil y después con otras dos compañeras armamos un proyecto para presentarlo en residencias de personas mayores y le llamamos Payabuelos. Acá en Sierras Chicas tuve 3 ó 4 intentos de presentarlo en el Centro Cultural de la Municipalidad de Unquillo, pero no es fácil que a los adultos mayores les interese sumarse a un taller de payasos porque automáticamente lo asocian a un payaso de circo, a los niños. Entonces, fracasé con todo éxito y en muchas oportunidades.
EM: ¿De qué manera se construye ese vínculo con personas en contextos de vulnerabilidad?
RB: Tanto un hospital como una residencia, son lugares donde las personas están frágiles por la enfermedad, por el abandono, la soledad, el desapego o el desarraigo y necesitan ser protagonistas. Al intervenir, lo primero que hacemos —y esto tiene que ver con las ONG y con mi propio aprendizaje— es esperar la autorización del otro. El clown entra y se conecta desde la mirada.
Tenés que tener una conexión profunda, de tú a tú, con cada una de esas personas para que, desde la mirada, la sonrisa o un gesto, uno perciba si el otro tiene ganas, si se abre, si te acepta. Ahí empieza el proceso de vinculación y ahí aparece el desafío, que es no sentirse protagonista. No es nada mío, me debo a esa persona, a los papás que están allí o al adulto que los cuida. Me vinculo también con ellos, primero a distancia, desde el vidrio o con un animal de apego. Yo tengo un oso que era de mi hijo mayor, con el que él dormía, lo tengo recuperado, y para mí tiene un sentido muy profundo. Lo uso con tanta convicción que el otro entiende qué le estoy queriendo decir o qué le estoy queriendo presentar.
El clown en las intervenciones arma ficción, arma mundos que no existen y de esta forma le agrega valor al estado de bienestar que la institución busca; no desde un paradigma de hospitalización o internación, sino desde ese juego al que invitas a esa persona a sumarse. Incluso en Brasil, Israel, Canadá, Francia, por ejemplo cuentan con planteles de clown que ya forman parte de los equipos de salud porque está probado el impacto que esta tarea tiene.
EM: ¿Qué tipo de preparación o perfil se necesita para realizar esta labor?
RB: Hay que ser empático, tener compromiso social, que «te duela el dolor del otro», diría la hermana Teresa. Esa sensibilidad es fundamental y que no finja ser sensible, sino que haya compromiso y respeto del otro. La asistencia es «a mí me duele que el otro tenga frío”, entonces saco una colcha y se la doy; es decir, resuelve algo inmediato, pero la promoción y el desarrollo requieren una continuidad acompañando a esa persona.
Después, creo que tenés que tener una formación, no podés improvisar permanentemente en las intervenciones. Por último, ser perceptivo para no ser invasivo y leer oportunamente a ese otro.

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