- Por: Josefina Zilioli y Joaquín Aguirres 5° IENM. Martina Maldonado y Kiro Cancinos 5° IMVA.
A más de cuatro décadas de la guerra, el recuerdo de Malvinas sigue tan vivo como silenciado. El relato de Marcos Iván Cancinos, vecino de Saldán, militar de carrera desde los 14 años y veterano de la guerra, da cuenta de los contrastes que marcaron su paso por el conflicto: la formación profesional frente al desconcierto de los soldados conscriptos; la vocación frente al abandono; el frío extremo, la falta de comida y la incertidumbre constante frente al deber de seguir adelante. “Fue una experiencia más que tuviste en tu vida y tenés que afrontarlo”, aseguró con firmeza.
Cancinos llegó a las islas con 18 años, luego de haberse recibido como suboficial en Buenos Aires. Había elegido la vida militar, se había preparado, y sentía que su rol era parte de una misión mayor: recuperar un territorio usurpado desde hacía más de 150 años. “Esto iba a caer por peso propio”, recordó sobre el contexto previo al conflicto. “Sí o sí había que tomar la isla, porque si no, quedaba como un territorio perdido”.
El ex-combatiente recuerda de Malvinas el frío, el hambre, el agotamiento físico y la tensión permanente. “Fuimos con 32 grados y terminamos con 20 grados bajo cero”, recordó. La falta de abrigo, el peso de la mochila, las marchas extensas a pie, y el impacto de estar lejos del hogar en una situación extrema, construyeron una experiencia que lo transformó. “Es un cambio tan rotundo en tu vida, que vos no sabés qué vas a hacer. La parte espiritual y emocional se activa porque no podés volver, ya estás ahí”.
Al volver, la guerra no terminó. Adaptarse a la vida civil fue un proceso difícil, marcado por la incomprensión y la falta de reconocimiento. “Cuando regresamos al continente me sentía muy extraño”, dice. “En mi caso tuve muchos problemas psicológicos y físicos por estar en una situación muy exigente en primera línea”. Aunque elige narrar su paso por la guerra como “un trabajo” y una consecuencia natural de su carrera, reconoce el impacto profundo que tuvo en su salud y en su vínculo con la sociedad. “Nunca hemos sido reconocidos como tal”, dice sobre el trato a los excombatientes. “No tanto en lo económico, simplemente el respeto que se nos debe tener como personas”.
Hoy, a sus 61 años, Cancinos sigue activo. Corre, entrena, lee, se mantiene informado. Cree que su experiencia puede servir a otros y, sobre todo, insiste en la necesidad de transmitir la verdad de lo vivido. Participa de actividades de malvinización en escuelas y promueve una lectura crítica de la historia: “Hay que contar la verdadera historia, la que no muestran las películas. Hay que leer, entender los motivos, y enseñarle a las nuevas generaciones”.

El Milenio: ¿Cómo describiría su relación con sus compañeros durante la guerra?
Marcos Cancinos: Con mis compañeros siempre hemos tenido comunicación de una manera u otra, siempre se mantiene ese vínculo de de compañerismo, sobre todo esa gran amistad que nos une el hecho de haber compartido y haber estado en un conflicto bélico, tanto para aquellos que han hecho carrera y los que han sido soldados siempre hemos estado ahí incluyéndolo en todos los sentidos. La relación que tenemos se sigue manteniendo, inclusive hemos tenido relación con personal inglés y seguimos hablando, a media lengua y por traducción. Cuando dos potencias chocan y se termina, cuando hay muertos o hay que levantar heridos, todos comparten lo mismo.
EM: Durante la guerra ¿Cómo manejó el miedo y la incertidumbre?
MM: Al principio era como algo nuevo, era raro porque cuando empezó el tiroteo, empezaron las balas, empezaron los cañoneros, es como que uno no sabe de dónde viene. Me preguntaba “¿Hoy me va a tocar? ¿Me agacho y por qué me agacho?” Cuando el ser humano empieza a acostumbrarse en donde está parado, dónde está ubicado, empieza a perder el miedo, pensás “si hoy me toca es porque Dios lo tomó así o es mi destino”. Previo a eso que uno se tiene que cuidar, agacharse, esconderse, ver, mirar, observar, aprender lo que le han enseñado para poder mantener eso, el miedo siempre persiste. En el caso mío, que yo estuve en primera línea , sentí mucho miedo todos los días.
EM: ¿Qué fue lo que más le costó al estar allí?
MC: Lo que más me costó era no saber cuándo terminaba y sabiendo que íbamos perdiendo, por el apoyo de otras naciones, ya sea de Estados Unidos, Chile, Brasil, Uruguay, Francia, España, todos prestaron ayuda a Inglaterra. El único país que estuvo a nuestro favor fue Perú. La guerra la ganamos nosotros, porque es la verdad, lo mismo dicen los ingleses, que si no hubieran tenido el apoyo realmente de todas las naciones, Inglaterra hubiera perdido con Argentina.
EM: ¿En lo técnico dice usted?
MC: En lo técnico, en el aguante, en esperar, en soportar, el profesionalismo que mostraron las tropas de infantería en primera línea. Sin embargo, nunca se renovaba el armamento, no teníamos armamento nuevo, manteníamos cosas de la Segunda Guerra Mundial y seguíamos con los mismos. Por otro lado, los soldados de Inglaterra estaban dos días acá y se volvían, comían, se alimentaban y volvían. En cambio nosotros no, estábamos prácticamente las 24 horas en el agua porque vos cavabas 10 centímetros, 20 centímetros y salía el agua, o sea que nosotros dormimos en la humedad, en la nieve, arriba porque no había como taparse, no se podía hacer fuego porque no había nada.
EM: ¿Cómo ha sido su experiencia en el grupo de excombatientes? ¿Qué importancia tiene para usted el apoyo mutuo en su proceso de sanación y reivindicación en los derechos?
MC: Con respecto a la sanación se hace de acuerdo a cómo uno va viviendo y de acuerdo cómo se va adaptando a la sociedad, ya sea por recursos, por estar bien o porque tiene mucho ayuda psicológica o bien por propios compañeros que te van enseñando que tenés que mejorar, tenes que cambiar y no andar de esa forma.
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