16 enero, 2022

El Milenio

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Sinergia de dibujo y palabra

Graciela “Tachi” Molina es una escritora y docente jubilada que supo atraer a muchos niños y jóvenes a la literatura. Junto a María José Ferreria, escribió “Quienqué”, un libro-álbum donde el acento no está puesto ni en la imagen ni en el texto, sino que ambos lenguajes comparten la misma importancia. En 2018, la obra recibió el Premio Luis de Tejeda de la Municipalidad de Córdoba.

Colaboración: Rocío Bennazar y Rosario Centeno (4to IENM). Giuliana Darsie, Tomás Alfei y Tiziano Amara (4to IMVA).


Recientemente jubilada, Graciela María Molina (o “Tachi” para sus conocidos), ha sido una docente de Literatura muy querida en los colegios de Villa Allende donde supo dar clases: el CENMA 216, el Instituto General San Martín y el Instituto Paula Albarracín de Sarmiento. En este último, además, llevó adelante un Club de Lectura entre 2008 y 2019, con gran participación de los estudiantes.

También fue en el Instituto Paula donde conoció a la artista plástica María José Ferreria, con quien creó el libro-álbum infantil “Quienqué”. A diferencia de un trabajo ilustrado convencional, en el libro-álbum la imagen y el texto se complementan como una unidad de sentido indisociable. “Se necesiten mutuamente, lo que no dice la palabra, lo dice el dibujo y lo que no dice el dibujo, lo dice la palabra”, resume Molina.

En 2018, “Quienqué” recibió el Premio Luis de Tejeda otorgado por la Municipalidad de Córdoba en la categoría álbum ilustrado infantil, lo que permitió su edición y publicación al año siguiente.

El Milenio: ¿Cómo surge tu vínculo con la literatura?

Graciela Molina: Yo anduve agarrada de los libros en todos los momentos de mi vida. Si la vida no me gustaba, me escapaba por una historia, si necesitaba entenderme mejor a mí misma, lo lograba a través de alguna lectura, si tenía que ponerme en los zapatos de otro, también lo hacía leyendo, justamente con esa variedad.

Los libros siempre me abrieron la cabeza y me dieron la posibilidad de entender más de lo que hubiera podido comprender solo con mi propia experiencia. Yo quería estudiar Literatura para seguir leyendo o escribiendo, no para enseñar. Después me di cuenta que lo que más quería era transmitir esa pasión que sentía.

Al final fui muy feliz como profesora, me ha gustado mucho estar en las aulas con chicos de todas las edades, sobre todo del secundario. Me he divertido y me han enseñado mucho.


Aunque ser docente no estaba en sus planes, Graciela afirma que ha sido feliz como profesora, divirtiéndose y aprendiendo junto a sus estudiantes. Foto E. Parrau/El Milenio.

EM: ¿Qué libro, escritor o referente ha influido más en tu formación?

GM: Fue tan variado y tan surtido mi proceso que no tengo uno solo, pero sí puedo recordar algunos que me hicieron dar un paso adelante en mis lecturas. Me acuerdo que hasta primer año había leído pura prosa, hasta que Alejandro Nicotra, poeta conocido y mi profesor en ese entonces, nos dictó un poema de Federico García Lorca. Ahí se me abrió el increíble mundo de la poesía y la lengua metafórica.

También descubrí la ciencia ficción con Ray Bradbury en “Las doradas manzanas del sol”. Comprendí que la literatura es el lugar de los mundos posibles, que lo que se puede poner en palabras es infinito y que no hay límite para la creación de universos, como tampoco los hay en las posibilidades sobre uno mismo.

EM: ¿Qué valorás del Club de Lectura que supiste coordinar tantos años en el Instituto Paula?

GM: En el club siempre estaba la literatura de por medio, pero lo rico es que no iban solamente los chicos que ya leían de antes, sino también los no lectores, entonces se generaba una gran sinergia y compañerismo.

A veces les leía cuentos, otras eran ellos y ellas quienes traían lecturas para compartir, poemas, canciones. Aprendí un montón a partir de lo que aportaban. Terminaba importando más el encuentro que la lectura en sí. La idea era esa, que se pudieran juntar, compartir y ser ellos mismos sin que nadie los esté mirando, juzgando o poniendo una nota.

Entre 2008 y 2019 pasaron chicos de todas las edades por el club, los vi crecer y nos hicimos amigos. Se generaba una comunicación muy rica y con mucho humor. Siempre dijimos que el humor salva de todo, si hay un gran drama, lloran un rato, pero después nos reímos con algo y es un alivio.

“Los libros siempre me abrieron la cabeza y me dieron la posibilidad de entender más de lo que hubiera podido solo con mi propia experiencia. La literatura es el lugar de los mundos posibles”

Graciela Molina

EM: ¿Cómo surgió la idea de escribir “Quiénqué”?

GM: Con mi compañera María José Ferreira, bibliotecaria del Instituto Paula y artista plástica, nos pusimos a pensar en un libro-álbum que fuera para cualquier edad. Lo de libro-álbum significa que el texto y la ilustración se necesitan mutuamente, lo que no dice la palabra, lo dice el dibujo y viceversa, se complementan.

Empezamos jugando con eso, pero no sabíamos sobre qué hablar. Hasta que se me fue ocurriendo un texto sobre alguien que justamente no sabía quién era, que estaba en construcción (que son nuestros adolescentes en realidad).

Dibujo va, palabra viene lo hicimos y quedó ahí. Cuando se abrió el concurso Luis de Tejeda, María José me propuso participar, así que lo presentamos y nos olvidamos. Grata sorpresa nos dimos cuando nos enteramos que habíamos ganado el primer premio y que la Municipalidad lo iba a editar.


EM: ¿Cómo se logra atraer a las personas hacia los libros entre tanta estimulación de los dispositivos móviles?

GM: Yo creo que el texto sigue siendo importante, el ofrecer una buena historia que interese, que atrape, que te haga pensar, sentir, conocerte, cuestionarte, desafiarte y avanzar. La tecnología no es un enemigo. Lo importante es la obra en sí, no importa por cual medio venga.

EM: ¿De qué manera se puede incentivar la lectura en niños y jóvenes y qué podemos hacer como sociedad para favorecer esto?

GM: Lo principal es leer uno mismo. Si te apasiona algo, surge solo el deseo de querer contagiar a otros. Es importante que haya libros en los hogares, si vos hacés que los chicos se sumerjan en ellos, no significa que les va a gustar todo lo que lean, pero entre toda esa oferta que tienen, con algo se van a enganchar, eso es inevitable.

Si en la casa no hay libros, la escuela y las bibliotecas públicas pasan a tener un papel muy importante. En los colegios tiene que haber espacios activos que inviten a investigar, a conocer, llevarse libros y poder devolverlos después. Tiene que estar esa oferta para que los chicos lleguen de alguna forma a la literatura. Toda lectura vale porque te predispone y te prepara para la siguiente, el universo literario es absolutamente diverso.