Por: Francisco Turturro y Thomas Marshall 4° IMVA – Ciro Appendino, Lucía González y Matilde Encina 4° IENM
El taller fue el patio de su hogar. No hay memoria en la vida de Felipe Schroeder que no esté plagada de imágenes de herramientas desparramadas, ruido de motores y neumáticos. Mientras otros chicos pasaban las tardes jugando, él recorría ese universo familiar casi como una extensión de su casa.
Su padre dedicó gran parte de su vida al armado, alquiler y mantenimiento de autos de rally. Y Felipe creció ahí. Primero mirando. Después alcanzando herramientas. Más tarde probando autos. Finalmente, compitiendo.
«Mi familia cumple un papel fundamental, no solo por el apoyo increíble, sino también en el armado y el mantenimiento de un equipo y un auto para competir», explica Felipe.
Su madre se encarga de organizar la logística para llegar a cada competencia y su hermano, junto a él, trabaja en la mecánica pesada, debajo del auto. Hoy tiene 20 años, cursa segundo año de Abogacía y disputa el Campeonato Cordobés de Rally. Pero lo que más sorprende es que, a su corta edad, sentado sobre la adrenalina que provoca el deporte motor, no habla de velocidad ni de riesgo. En cambio, elige hablar de paciencia.
Felipe aprendió muy temprano que el diferencial de un piloto no está en cuánto acelera, sino en cómo maneja. «Yo prefiero entrar a una curva a 30 km/h y salir a 80. ¿Qué quiero decir con esto? Que antes que la velocidad está la técnica. El auto entero es un instrumento técnico y, para sacar lo mejor de sus prestaciones, hay que saber cuidarlo. Para eso hay que estar en los detalles. Entrar a una velocidad que no es la precisa en una curva implica exigir muchísimo al auto. Y ese tiempo que ganaste muchas veces no compensa los déficits que después le generás al vehículo», describe.

Con su juventud a cuestas, Felipe ya acumula un importante recorrido por el territorio cordobés, con carreras en Villa del Soto, Almafuerte y Villa Dolores, entre algunos de los escenarios donde pudo desplegar su talento como piloto.
A la hora de pensar cuáles fueron las competencias más desafiantes, Schroeder menciona aquellas que presentan terrenos montañosos y cambios bruscos en las condiciones climáticas.
«Son aquellas que menos preparado te agarran. Tuve un ejemplo hace poco, corriendo en Villa Dolores. Hice los reconocimientos con un piso firme y seco. Llovió toda la noche y el terreno cambió ciento por ciento. Cuando una carrera cambia de ese modo, cambia todo: las prestaciones del auto y la puesta a punto», rememora.
Desde boxes
Dos kilos menos. Eso es lo que suele pesar Felipe Schroeder después de cada carrera. No se trata de ningún tipo de dieta, sino del desgaste natural que sufre un piloto al conducir en un habitáculo cuya temperatura supera entre 20 y 25 grados la del exterior.
Felipe sabe que su trabajo comienza mucho antes de que se enciendan los motores. Al estudio del terreno y del manejo le suma una estricta preparación física, con cuatro sesiones semanales de gimnasio y un componente cada vez más habitual entre los deportistas de alto rendimiento: la labor con psicólogos deportivos.

Felipe trabaja con profesionales para aprender a convivir con las distintas maneras de sentir y procesar las carreras. Con el tiempo incorporó una tensión permanente: ir lo suficientemente rápido para competir, pero sin poner en riesgo el auto que después habrá que volver a utilizar.
Schroeder cuenta con una sensibilidad poco habitual entre los pilotos. Trabaja en la mecánica de su propio auto y, en parte por eso, valora el enorme esfuerzo que implica mantener cada pieza en condiciones. Esa mirada modifica profundamente su forma de entender la competencia.
Al respecto, reflexiona: «Hay muchos pilotos a los que no les molesta golpear el auto, romper un motor, una caja o un diferencial porque tienen el respaldo económico para hacerlo. No está mal, pero son distintas formas de manejar y de cuidar el auto».
Ese conocimiento de la mecánica se convierte en un plus invaluable a la hora de afrontar cualquier instancia y resolver los inconvenientes que presenta el camino. No necesita largas pruebas porque, como dice entre risas, esos autos forman parte de su vida desde que era un niño.
Los sueños también necesitan tiempo
Felipe mira de reojo el Campeonato Mundial de Rally, pero lo hace con los pies sobre la tierra. Su mayor obsesión parece ser el aprendizaje. «Todavía creo que me falta mucho para llegar a ese nivel», afirma sin titubeos. Para él, reconocer los propios límites es más una virtud que una debilidad.
Además, suma: «Es un nivel de exigencia enorme y, además, presenta una complejidad económica muy difícil de afrontar. Es otro terreno y otras distancias también. En un campeonato así se cuadruplican los kilómetros respecto de los que corro yo en el certamen cordobés».

Schroeder es un piloto centrado, que construye sus objetivos con responsabilidad y una mirada puesta en valorar cada paso. Primero quiso correr un auto. Después, un vehículo de tracción integral. Más tarde, completar una temporada entera. Cada meta alcanzada dio lugar a la siguiente.
Al ser consultado por el Rally de Sierras Chicas y la ausencia de fechas del Campeonato Cordobés en la región durante los últimos años, Felipe conserva el optimismo.
Sostiene que el corredor todavía mantiene algunos de los caminos más atractivos, veloces y desafiantes de Córdoba, y que aún existe el potencial para recuperar protagonismo dentro del calendario automovilístico provincial.
«Las Sierras Chicas tienen caminos extremadamente rápidos, lindos y traicioneros, que son justamente los que hacen a la esencia del rally. Además, estos circuitos son muy importantes para quienes somos de acá y forman parte de nuestra identidad», concluye.
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