Por: Santino Cup y Renzo Citto 4° IENM – Julia Posada, Emma Pereyra y Nicolle Arias 4° IMVA
El colibrí apareció cuando todavía no tenía nombre. Lorena Elhall estaba sentada en la galería de su casa escribiendo. Hacía poco tiempo había fallecido una de sus mejores amigas por cáncer y, mientras intentaba ordenar un proyecto que todavía no sabía si se animaría a concretar, decidió hablarle en silencio.
Le contó que quería dejar atrás una etapa de su vida profesional, abandonar la medicina estética y empezar algo completamente distinto: un espacio para acompañar a personas con cáncer. Horas después, cuando se reunió con quien entonces era su socia para seguir pensando el proyecto, recibió una respuesta inesperada.
“Estaba buscando un nombre” -le dijo- “y cuando abrí la computadora apareció la imagen de un colibrí.” Desde entonces no hubo más dudas. Lo llamaron Proyecto Colibrí. Un proyecto que tomó forma en ese momento, pero cuya raíz había empezado mucho tiempo antes.
Lorena tenía apenas once años cuando su hermana menor murió por la misma enfermedad. Una pérdida tan grande cambió el rumbo de toda la familia y también el suyo. Así, decidió estudiar Medicina con un deseo muy concreto: convertirse en investigadora para encontrar una cura que evitara que otras familias atravesaran el mismo dolor.
La vida terminó llevándola por otro camino. Durante años trabajó en medicina estética y desarrolló allí su carrera profesional. Sin embargo, esa vieja inquietud nunca desapareció.
Para muchos, la pandemia resultó un punto de inflexión y Lorena no fue la excepción. Descubrió la medicina funcional, comenzó a formarse como health coaching y empezó a profundizar una mirada distinta sobre la salud, centrada en los hábitos, la alimentación, el descanso, el movimiento y el bienestar emocional.
En ese sentido, Lorena describe: “Empecé a formarme en cómo los hábitos pueden sanar una enfermedad. Antes, en medicina, se decía que si tenías una carga genética para tal enfermedad, la ibas a desarrollar. Bueno, hoy ya se vio con la epigenética -que es cómo el medio ambiente impacta en los genes- que esas enfermedades no necesariamente se expresan. Y lo interesante es que desde el coaching, hay una mirada integral. Le brindás a los pacientes una batería de herramientas que tienen que ver -entre otras cosas- con el cambio de alimentación y estilo de vida: deporte, recreación.”

Cuando la comunidad también cura
Proyecto Colibrí nació oficialmente en 2023 y funciona de manera completamente virtual. Durante diez semanas, pacientes oncológicos participan de encuentros grupales por videollamada, reciben acompañamiento diario por WhatsApp y trabajan junto a un equipo interdisciplinario integrado por médicos, psicólogos, nutricionistas, coaches y preparadores físicos.
La propuesta, sin embargo, no busca reemplazar ningún tratamiento médico. Todo lo contrario. El objetivo es sumar un apoyo y Lorena insiste en que la quimioterapia, las cirugías o la radioterapia siguen siendo el tratamiento principal.
La idea es brindar herramientas para mejorar hábitos, sostener emocionalmente a quienes atraviesan la enfermedad y ofrecer un espacio donde las experiencias puedan compartirse. Porque, según descubrieron muy pronto, una misma situación puede vivirse de maneras completamente distintas.
El programa también incluye encuentros exclusivos para familiares y, en esos espacios suele repetirse una escena: Los pacientes intentan proteger a sus seres queridos ocultando sus miedos; mientras que los familiares hacen exactamente lo mismo. Ninguno quiere preocupar al otro. Y ambos terminan atravesando emociones muy parecidas en silencio.
Es entonces cuando cobra forma uno de los mayores aprendizajes del proyecto: comprender que acompañar también implica habilitar conversaciones que muchas veces no encuentran otro lugar.
Un sueño que todavía sigue creciendo
Aunque hoy Proyecto Colibrí ya acompañó a decenas de personas de distintos puntos del país, Lorena reconoce que sostener un proyecto de este calibre nunca fue sencillo.
Durante más de dos años el equipo trabajó prácticamente sin ingresos mientras intentaba consolidar la propuesta. Los costos de comunicación, publicidad y funcionamiento obligaron a poner una pausa.
Actualmente, el equipo trabaja para relanzarlo. En ese sentido, piensan volver en octubre, con una estructura más sustentable y continuar desarrollando una comunidad que ya despertó interés incluso fuera de Argentina.
El sueño, admite, es ambicioso: “Me gustaría que el proyecto se convirtiera en referente para toda Latinoamérica y llegar a cualquier persona de habla hispana que necesite acompañamiento.”
Pero incluso esa meta es apenas una parte de algo más profundo. Elhall no imagina el éxito del proyecto solamente por la cantidad de participantes. Para ella, el verdadero cambio está ligado a aquello que Colibrí invita a que las personas hagan con sus hábitos.
Y quizás allí aparezca el verdadero sentido del colibrí. No como una promesa de curación -algo que nunca promete-, sino como el símbolo de una presencia que acompaña incluso cuando las respuestas no alcanzan y el futuro se torna incierto.
No es fácil atravesar esa angustia. Y después de todo, hay heridas que nunca desaparecen de forma definitiva. Pero la historia de Lorena muestra que algunas, con el tiempo, logran transformarse y encuentran la manera de convertirse en norte y motor para la vida.
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