Quimbaya es un emprendimiento que nació de “una tragedia, un fracaso y un gran amor”, como cuentan sus protagonistas. Aplicando la tecnología de impresión 3D a uno de los oficios más antiguos del mundo y aprovechando las ventajas de la venta online, Juan Manuel Romero (orfebre) y Marcela Acrich (ingeniera industrial) llevaron la producción de joyas personalizadas a una escala que trasciende fronteras.

  • Por Yazmín Melo Heyd, Malén Paiva y Valentina Solís
  • Instituto Educativo Nuevo Milenio
  • Colaboración: Lucía Argüello y Clara Angeletti.

En 2009, un accidente de trabajo cambió el rumbo de la vida de Juan Manuel Romero. Al salir del hospital, decidió que quería dedicarse a algo que le apasionara y así se encontró con la orfebrería. Al poco tiempo, su pareja, Marcela Acrich, se topaba con una mala y una buena noticia: una notificación de despido y un test de embarazo positivo. 

Sin embargo, lo que podría haber sido un escenario adverso, se convirtió en la oportunidad ideal para Quimbaya, un proyecto incipiente de orfebrería que pujaba por crecer en un taller de El Talar. “Se unieron los sueños de los dos. Él siempre quiso vivir de su trabajo artístico y yo siempre había querido ser independiente y gestionar mi propio emprendimiento. Así que invertimos mi indemnización en Quimbaya y pronto empezó a expandirse muchísimo”, explicó Marcela en diálogo con El Milenio.

El momento decisivo vino en 2018 con la incorporación de una herramienta poco ortodoxa para el histórico oficio de la orfebrería: la impresión 3D, una técnica que les permitió escalar la producción y proyectarse a nivel internacional. Hoy, Juan Manuel es embajador oficial de la marca inglesa Photocentric y el año pasado diseñó las cucharas de edición limitada para Helados Magnum de España, en el marco del estreno de la última temporada de Game of Thrones.

Desde la particularidad de la oferta online y el trabajo personalizado, Quimbaya ha logrado expandir sus ventas a todo el país e incluso al exterior. “Apostamos a Mendiolaza. Queremos romper ese paradigma de que, si no estás en una gran ciudad, no podés crecer con un emprendimiento”, sostuvo la pareja y contó algunos detalles de este singular proyecto que combina lo tradicional y lo moderno.

El Milenio: ¿Cómo decidiste dedicarte a la orfebrería?

Juan Manuel Romero: Yo venía de estudiar diseño gráfico e industrial, pero nunca pude terminar ninguna de las dos carreras. Se me presentó la oportunidad de trabajar en EPEC y en 2009 tuve un accidente laboral que me dejó en coma cinco días (me explotó un medidor en la cara). Cuando me dieron el alta del hospital, decidí hacer alguna actividad que realmente me gustara, algo relacionado con las manualidades.

Así fue que encontré la orfebrería. En 2010, comencé una tecnicatura y formé parte de la primera promoción de la Cámara de Joyeros de Córdoba. En la escuela aprendí las técnicas básicas y además tuve la suerte de trabar amistad con un profesor que sabía engarzar muy bien y me enseñó muchas cosas. Después, con el tiempo, el mismo oficio y el trabajo en el taller me fueron enseñando otras. Creo que lo fundamental es tener ganas, dedicación y paciencia.

EM: ¿Y cómo surgió Quimbaya?

JMR: Mientras estudiaba, comencé a vender algunos productos, pero no tenía una marca. Por ese tiempo tuve mis primeras vacaciones fuera de Argentina, en Colombia. Estando allá, vi una moneda con un escudito que me gustó mucho y en el canto decía “Motivo Quimbaya”, que es el nombre de una civilización nativa de la región que trabajaba el oro. Lo tomé como una señal y lo adopté. Desde 2010 hasta 2016 estuve trabajando solo, más en plan hobby, hasta que se produjo un evento que lo cambió todo.

Marcela Acrich: Cuando empezamos a salir, yo veía que realmente Juanma tenía oro en sus manos y le tiraba ideas desde el lado comercial, pero en ese momento cada uno tenía su trabajo y estaba en la suya. A principios de 2016, un viernes que no me voy a olvidar nunca en la vida, me llaman de la empresa donde trabajaba para decirme que me despedían. Al mismo tiempo, yo venía con un atraso de varios días y cuando llegué a casa, me hice un test de embarazo que dio súper positivo. 

El mundo se me vino abajo, porque sabía que, como ingeniera industrial, estando embarazada, no iba a conseguir trabajo. Entonces Juanma me propone invertir mi indemnización en Quimbaya y así unimos los sueños de los dos, el suyo de vivir de la orfebrería y el mío de tener mi propio emprendimiento.


«La impresión 3D nos permitió conservar nuestra identidad como fabricantes de joyas personalizadas, pero al mismo tiempo, escalar la producción de forma rentable. Hoy en día es la vedette del taller». Marcela Acrich, ingeniera industrial.


Con más de 200 unidades, el colibrí es una de las obras más vendidas. Foto gentileza Quimbaya.


EM: ¿Por qué incorporaron la impresión 3D en el proceso de fabricación de las joyas?

JMR: En lo particular, a mí me gustaba realizar todo artesanalmente, pero cuando empezaron a aumentar las ventas, demorábamos mucho tiempo en fabricar y entregar los productos. Participamos en un programa de la Universidad Blas Pascal y la conclusión fue que necesitábamos escalar la producción y fabricar un poco más en serie, para lo cual nos sugirieron la incorporación de la tecnología 3D. 

MA: Vale aclarar que nuestra identidad de marca era hacer muchas joyas, pero personalizadas. Si recurríamos a los métodos tradicionales de la orfebrería para lograr eso, íbamos a perder mucho tiempo haciendo moldes. La impresión 3D nos permitió conservar nuestra idiosincrasia, pero al mismo tiempo, escalar la producción de forma rentable.

Durante el aislamiento, Juan Manuel y Marcela dieron un nuevo giro al proyecto. Comenzaron así a producir joyas que despierten algún sentimiento en los clientes, como modelos de colibríes o perros. Foto gentileza Quimbaya.


EM: ¿Y cómo es el proceso de elaboración de las joyas con esta herramienta?

JMR: Utilizamos un método tradicional de la joyería que se llama “cera perdida”, pero reemplazamos el molde de cera por uno de resina diseñado por computadora y generado por la impresora. Así obtenemos lo que en la jerga del oficio se llama “arbolito”, en cuyo tronco van pegados todos los moldes (que son iguales a la joya terminada).

Eso se introduce dentro de un tubo metálico y se lo llena con un yeso especial para joyería. Se lo deja fraguar, se seca, se endurece y después se lo somete a una curva de alta temperatura que llega hasta los 750 °C y que elimina el molde de resina, o sea que te queda el yeso hueco (con la forma del molde). Luego se llena ese espacio con metal fundido y entonces el arbolito, que antes era de resina, ahora lo tenés en metal.

No en todos los casos se justifica el proceso de la impresión 3D, a veces es más lento que hacer el producto a mano. Hoy en día lo aplicamos al 50% de nuestro trabajo, pero queremos expandir ese porcentaje.

El emprendimiento combina técnicas tradicionales de la orfebrería con tecnología 3D para producir joyas a la medida de cada cliente. Foto gentileza Quimbaya.


EM: En este sentido, ¿cómo es su estrategia de venta? 

MA: Para nosotros, un diferencial muy grande con respecto a la mayoría de las joyerías es la comercialización por Internet. Es difícil encontrar un orfebre online que te haga el diseño que vos quieras, te responda al instante y te lo mande a tu casa. Nosotros hacemos un modelo digital en función del pedido y enviamos un video con cinco opciones, entonces el cliente sabe lo que va a estar recibiendo. Aparte, si el cliente quiere modificar algo, con la computadora lo hacemos en minutos. Por eso nuestro mercado no es Mendiolaza ni Córdoba, sino toda Argentina e incluso, por qué no, el mundo.

EM: ¿Cuáles son los productos más solicitados?

MA: Al principio estábamos muy orientados a vender joyas personalizadas, no había una pieza que fuera muy repetida. Con la cuarentena, tuvimos que repensar el modelo de negocio porque ¿quién va a querer una joya para estar adentro de su casa?

En conjunto con una agencia de marketing, surgió la idea de ligar las joyas a un sentimiento, a una emoción, a un despertar de algo interno. Así empezamos a fabricar colibríes, por ejemplo, porque representan al ser querido que se ha ido y la joya es una forma de llevar a esa persona siempre con vos. También sacamos una línea perruna, para que la gente pueda tener a su mascota en una pulsera, anillo o dije. Estos productos hoy en día son los más vendidos de Quimbaya, porque más allá de su belleza, tienen un sentido importante para las personas.

«Queremos romper el paradigma de que, si no estás en una gran ciudad, no podés crecer ni potenciar un emprendimiento. Nos interesa apoyar la economía local y apostamos a nuestra ciudad». Juan Manuel Romero, orfebre. Foto gentileza Quimbaya.


EM: ¿Cómo influye en su trabajo el hecho de vivir en Sierras Chicas?

MA:  Para nosotros, a nivel familiar, es muy importante que el taller esté a cinco cuadras de nuestra casa. Por eso implementamos ciertas estrategias para poder instalar el espacio de trabajo en Mendiolaza.

En primer lugar, nacimos desde lo online, tuvimos un showroom por pocos meses, pero estudiamos marketing, e-commerce y nos formamos para vender joyas por Internet. Nos estructuramos para llegar a un volumen de trabajo que justifique que los operadores logísticos vengan a nosotros y mantenemos un stock de insumos para no tener que salir corriendo cada vez que entra un pedido. 

JMR: Queremos romper el paradigma de que, si no estás en una gran ciudad, no podés crecer ni potenciar un emprendimiento. Nos interesa apoyar la economía local y apostar a nuestra ciudad.

EM: Por último, ¿qué es lo que más disfrutan de este emprendimiento?

JMR: Por mi parte, disfruto poder trabajar de lo que me apasiona. Aunque siempre hay cosas que te estresan, no es lo mismo renegar con algo que te gusta, que hacerlo en un lugar donde no querés estar. Más que trabajar, siento que vengo al taller a jugar y experimentar como si fuese un niño. Además, es muy gratificante cuando el cliente te agradece porque realmente le gustó tu trabajo, ya sea un diseño propio o a pedido.

MA: A mí me encanta llenar el taller de máquinas, saber que hay un montón de tecnología que se puede aplicar a este oficio, escalar la producción, crecer. No siempre tenemos la posibilidad económica de invertir, pero siempre estamos viendo hacia dónde podemos llevar nuestro Quimbaya.

Abriendo las puertas del mundo


La aplicación de la impresión 3D no sólo convirtió a los artífices de Quimbaya en pioneros dentro de Argentina y gran parte de Latinoamérica, sino que también les permitió expandirse a otras partes del globo.

En 2019, fueron contactados por la marca española de helados Magnum para una campaña publicitaria de Game of Thrones, en la cual produjeron una serie de cucharas con diseños alusivos a las cuatro familias más importantes de la serie. Además, desde el año pasado, son embajadores de la firma inglesa Photocentric (fabricante de fotopolímeros) en la aplicación de tecnología 3D al rubro de la joyería. 

“Desde el principio, nuestro slogan fue ´De Mendiolaza al mundo’ porque deseábamos llegar con nuestras joyas a todas partes, pero nunca nos imaginamos que la impresión 3D nos ayudaría a lograrlo”, apuntó Marcela, aunque reconoce que el principal beneficio de esta herramienta fue que les permitió aunar sus objetivos con respecto a Quimbaya.  

“Juanma es artista y yo soy ingeniera industrial. A nivel trabajo en equipo, nos costaba encontrar un punto medio en el cual él se sintiera realizado desde lo profesional y lo artístico, y yo pudiera aportar lo que vengo a darle a Quimbaya, que es producir en serie, ser rentables y tener un modelo de negocio que prospere”, explicó Marcela y cerró: “La impresora 3D nos dio muy buenos resultados y solucionó más de un problema, es la vedette del taller”.