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Por Candelaria Martínez

6to Año, Instituto Milenio Villa Allende

Colaboración: Carlos Romero.


El SARS-CoV-2 se registró por primera vez en China en diciembre del año pasado, aunque investigaciones recientes señalan que el primer caso real habría ocurrido en noviembre. En pocas semanas, el virus comenzó a extenderse por todo el mundo hasta que, el 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud declaró al brote como pandemia. Ocho días después, el gobierno argentino decretaba el aislamiento social, preventivo y obligatorio para todo el país, cuando apenas contabilizaba 153 casos.

De repente, la rutina de toda una sociedad se vio interrumpida y alterada, encerrando a las personas en sus casas y generando todo tipo de inquietudes y dudas respecto al futuro. Miedo a contagiarse, bombardeo de noticias, viajes cancelados, incertidumbre económica, temor a perder el empleo y otras tantas preocupaciones se combinaron en un contexto de confinamiento, generando una bomba de tiempo anímica.


La incertidumbre y el temor de no saber qué va a pasar, junto con la sobreinformación, contribuyen a un aumento de la ansiedad disfuncional.


El psicólogo y vecino de Mendiolaza, Diego Tachella (MP 3257), charló con El Milenio sobre este tema y reflexionó sobre las dificultades a nivel personal que suscita el contexto actual.

El Milenio: Muchas personas confunden la ansiedad con el estrés, ¿cuál es la diferencia?

Diego Tachella: Por lo general, la ansiedad está relacionada con una anticipación de algo que va a venir y nos genera tensión, porque quizás no nos percibimos con todos los recursos para afrontarlo. El estrés tiene que ver con la preparación que tenemos para enfrentar estas situaciones. Podríamos decir que la ansiedad es algo más transitorio, que desaparece cuando la situación se resuelve, y que el estrés tiene que ver con situaciones más prolongadas, en las cuales el organismo tiene que adaptarse.

Si yo estoy sometido a presiones externas, ya sean laborales, escolares o derivadas de una situación catastrófica (como una inundación o una pandemia), siento cierto temor. Ese es un estrés que podemos calificar como “adecuado”. Cuando este estrés se vuelve permanente, genera un daño o malestar y se convierte en algo disfuncional. Lo mismo ocurre con la ansiedad. Es funcional cuando nos ayuda a prepararnos para la situación que se viene, como un examen, pero se vuelve disfuncional cuando nos paraliza y la persona pierde la capacidad de regularse.

EM: En este contexto tan particular que estamos viviendo, ¿crece la ansiedad disfuncional?

DT: La ansiedad también es una forma de responder ante lo desconocido. Esta situación de emergencia sanitaria global, que nos lleva a estar aislados y encerrados en casa, genera mucha incertidumbre, porque no sabemos qué va a pasar.

Cada uno responde a esta ansiedad a su manera, algunos a través de la religión, por ejemplo, otros encontrando proyectos diarios, actividades que los mantengan ocupados, porque también el trabajo y la escuela, que son grandes organizadores del tiempo, hoy están ausentes en su forma tradicional. Por eso también es más fácil desorganizarse y no saber cómo enfrentar la ansiedad, descargarla o canalizarla.

EM: ¿Cómo influye el estar constantemente expuestos a noticias relacionadas con el coronavirus?

DT: Si todo el tiempo estamos viendo noticias sobre la cantidad de muertos, lo terrible que está la situación, qué va a pasar con la economía, etcétera, es normal que se presente una mayor ansiedad. Si eso ya me supera y no puedo parar de pensar en lo que se viene, en lo mal que está la cosa y en lo mal que va a estar, esa ansiedad me va a terminar generando un malestar que puede requerir atención de un profesional.

EM: ¿Cómo podemos regular estas emociones?

DT: Una forma de controlar la ansiedad es desconectándonos de los mensajes externos, para no sobrecargarnos con este panorama catastrófico que se viene. Otra forma es ordenarnos en el día, hacer ejercicio y actividades manuales, mantener relación con los amigos de manera virtual, para también poder contar cómo estamos y hablar de lo que nos pasa.

En cuanto a los adultos, es necesario que hablen con sus hijos para que no se preocupen al ver salir a sus padres. Que sepan que, si vamos y venimos, tomando todas las precauciones, el riesgo es mínimo, que los y nos estamos cuidando, así no generan un temor con cada salida.

EM: ¿Es normal sentir miedo al contagio?

DT: Sí, es normal tener miedo y, en este contexto, es adecuado, porque estamos frente a una situación que requiere cierta alerta para cuidarnos. Si dejo ese miedo de lado, voy a salir y me voy a arriesgar más de lo necesario. Lo que hay que evitar es que se convierta en un miedo paralizante, es decir, no dejar que llegue a un punto de deterioro o de malestar tan permanente que no me permita dormir ni continuar con mi vida.

EM: En este sentido, la cuarentena afectó mucho los horarios de sueño de las personas, ¿a qué se debe esta situación?

DT: Hay muchos factores novedosos que llevan a un gran desgaste de nuestra energía emocional, lo cual puede influir en las personas generando insomnio o, al revés, hipersomnia. Además, la ansiedad puede hacer que sea más difícil conciliar y mantener el sueño.

Al perder la referencia temporal de los días organizados por el trabajo o la escuela, empezamos a correr nuestros horarios, ya que no tenemos la presión de levantarnos a tal hora o la presión es menor. Muchas personas se pasan la noche viendo series y al otro día les cuesta levantarse o lo hacen muy tarde. En consecuencia, se desfasan las comidas y empiezan a vivir en una rutina sin referencias temporales.

Algunas recomendaciones para mejorar el sueño

  • No acostarse en seguida después de comer
  • Comer con tranquilidad
  • Apagar la tele y no pensar en las noticias
  • No estar conectado con el celular
  • Despejar los espacios para dormir, que sean solo para dormir
  • Establecer un horario máximo de sueño
  • Hacer actividad física
  • Mantener una dieta sana y equilibrada

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