DEPORTES
Por: Francisco Guibert, Galo Capitaine y Joaquín Eizmendi 4° IENM.
Desde un barrio humilde hasta los escenarios internacionales, la vida de Guillermo Doppler es un testimonio de cómo el karate puede moldear no sólo atletas, sino personas de carácter firme. Porteño de origen y mendocino por adopción, hoy empresario y encargado de MyF Corte láser, este ingeniero, contador y licenciado en administración, a sus 56 años repasa el camino que lo llevó de ser un niño inseguro a convertirse en uno de los pocos octavos dan del país.
Empezó impulsado por su madre, quien lo inscribió en una clase de karate en el barrio, sin saber que ahí comenzaba una trayectoria que cruzaría fronteras. Entrenaba bajo la mirada firme de un sensei físico culturista, durante la década de los 80, donde la exigencia era extrema. “Un golpe mal dado podía corregirse con un palito”, recordó en una entrevista a El Milenio. No obstante, rescató valores de disciplina, honor y rectitud que el arte le enseñó desde temprano.
Con el tiempo exploró otras disciplinas, pero el karate siempre fue su base. En esta línea, aclaró que “no hay artes marciales buenas o malas, sino personas que las practican bien o mal”. A su vez, defendió al karate como la madre de las artes japonesas, a la par del kung fu en China.
Posteriormente, ya viviendo en Córdoba y tras la muerte de su padre, debió convertirse en el sostén familiar. Con tres hermanos menores y su madre a cargo, el entonces joven trabajaba diez horas por día mientras estudiaba ingeniería y entrenaba. Dormía tres o cuatro horas, a veces más en colectivos que en su casa. “Fue la peor época de mi vida”, dijo. Sin embargo, nunca dejó el karate, ni siquiera cuando debía entrenar ocho horas diarias para torneos importantes.
A los 16, sin saberlo, su sensei lo inscribió en un nacional. Ganó y clasificó al Sudamericano. Para entrenar, pedaleaba tres horas por día hasta Carlos Paz. En ese torneo recibió una patada que le desvió el tabique y le bloqueó la visión del ojo izquierdo. Le ofrecieron abandonar, pero siguió.
Más tarde, en otro combate, se acomodó un dedo dislocado y continuó. En la final, su oponente fue su profesor de mecanografía del colegio. Ambos desconocían que el otro practicaba artes marciales. Igualmente, triunfó no sólo en la pelea, sino que también se aseguró no llevarse esa materia, manteniendo intacto su récord académico. Ese título fue el punto de inflexión. “Ahí entendí que sí se puede”, rememoró.
Entre logros y aprendizajes

Tras seis años de práctica y alcanzar el cinturón negro (primer dan), el deportista explicó hay que esperar dos años para el segundo, tres para el tercero, y así sucesivamente. Los danes superiores, como el octavo, son honoríficos y se otorgan normalmente a partir de los 70 años. Él los alcanzó mucho antes, gracias a su trayectoria y práctica ininterrumpida, salvo por una única lesión que lo alejó seis meses.
En Argentina hay pocos octavos dan y sólo dos novenos. Doppler se retiró hace ocho años. No por cansancio, sino por una cuestión de principios. “Me fui por las mismas injusticias que me hicieron empezar”. Antes de eso, vivió en Italia, India y Japón, donde pudo trabajar y entrenar, algo que consideró “la cereza de la torta”.
A lo largo de su carrera, Doppler incursionó también en kickboxing, MMA, full contact y judo. También probó capoeira, pero se rompió los meniscos. “Hay disciplinas más elásticas que el karate. Pero para seguir ganando, hay que aprender siempre”, explicó.
Bajo esta filosofía, se coronó ante un triple campeón mundial. Sin embargo, valoró mucho más los principios morales que el karate le inculcó, aunque también destacó otras artes, como el aikido y el judo, siempre vuelve a sus orígenes.
El karate le dio personalidad, confianza y herramientas para expresarse, según reconoció. “De chico era sumiso, sin voz”, añadió y narró que compitió hasta los 46, enfrentando a jóvenes de 20, hasta que las patadas empezaron a doler más de lo tolerable.
Nunca participó en Juegos Olímpicos, pero ganó mundiales. De todas maneras, el primer Sudamericano lo remarcó como “el más valioso”. “Fue la chispa que me abrió la cabeza. Me hizo decir ‘yo puedo’. Y eso no te lo saca nadie”, añadió.
Forma de vida

Hoy, lejos de los tatamis pero no de la filosofía que lo formó, Guillermo Doppler vuelca su experiencia en charlas, capacitaciones y encuentros donde transmite lo aprendido en más de cuatro décadas de práctica.
Aunque no dirige un dojo, muchas personas lo buscan como referente, tanto por sus logros como por su mirada sobre las artes marciales como herramientas de transformación personal. Al respecto, resumió: “No se trata de pegar bien, sino de vivir bien”.
Más allá del deporte, su vida estuvo marcada por una búsqueda constante de equilibrio. Estudió tres carreras, trabajó desde adolescente, cuidó de su familia y se enfrentó a las adversidades con la misma entereza que mostró en los torneos. La ingeniería le permitió estabilidad, pero el karate le dio dirección. En este sentido, sostuvo: “Podés ser brillante en lo técnico, pero si no sabés quién sos, te perdés”. Finalmente, hizo hincapié en la importancia de “aprender a manejar el ego, sostener la humildad y actuar con coherencia” –en sus palabras-.

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