DEPORTES
Por: Julieta Deldotto y Sofía Andretich (IMVA); María Luz Moyano y Milena Giarratena (IENM).
El slackline es un deporte que nació a principios de los años 80 en California, cuando dos reconocidos escaladores comenzaron a caminar sobre cadenas flojas y cables en estacionamientos. Luego, adaptaron su equipo de escalada para tensar cintas de poliéster o nylon entre dos puntos fijos —árboles, columnas o anclajes en roca— y caminar sobre ellas.
Así lo que empezó como un juego de equilibrio se expandió rápidamente por el mundo, evolucionando en distintas modalidades, entre ellas el highline: la misma técnica, pero a gran altura.
Para Esteban Ramos, vecino de Río Ceballos, dar ese salto no fue sencillo. Aunque tenía experiencia a baja altura, le tomó siete meses lograr ponerse de pie y caminar más alto. “Cuando estás arriba no hay nada externo a lo que agarrarse, está todo adentro nuestro”, dice. La exposición, el viento y la percepción del vacío ponen a prueba la calma mental tanto como el equilibrio físico.
Al respecto, asegura: “Para mí, la cinta funciona como un espejo que refleja cómo estamos por dentro”. “Creo que es una disciplina que genera un gran bienestar y que debería ser experimentada por muchas más personas”, agrega.
Entre sus mayores desafíos, cuenta a El Milenio que, en Italia, pudo recorrer 860 metros (una cinta de 430 metros, ida y vuelta) a 25 metros de altura, lo que exigió precisión y resistencia para completarlo sin caídas.

El Milenio: ¿Cómo te iniciaste en estas disciplinas?
Esteban Ramos: Descubrí el slackline por casualidad en 2014 o 2015, cuando vi a unas personas haciendo equilibrio entre árboles en un parque y me acerqué por curiosidad. Me llamó mucho la atención, me contaron que eran de una escuela de iniciación de slackline y me anoté.
Empecé a practicar, viajé a Chile y me compré mi primera cinta. Desde entonces no paré. Con el tiempo, ya con 39 años, sentí el deseo de llevar la práctica a otro nivel: el highline. A partir de ahí empecé a viajar por el mundo practicándolo en distintos lugares.
EM: ¿Qué es el highline y cómo se diferencia del slackline?
ER: El highline es una disciplina de equilibrio que consiste en caminar sobre una cinta tensa (slackline) a una altura considerable, generalmente más de 25 o 30 metros. Es una ramificación del slackline, que es la práctica más general de caminar sobre una cinta a poca altura, a menudo en parques al aire libre. A diferencia del slackline, el highline requiere el uso de arneses y una línea de vida de seguridad adicional. Otras ramificaciones incluyen el waterline (sobre el agua) y el midline (a una altura intermedia, también con arnés).
EM: ¿Cómo funciona la seguridad?
ER: La seguridad en el highline es una prioridad y se basa en un sistema de doble respaldo. Se utiliza una cinta principal («main») y una cinta secundaria («backup»). Los anclajes también son dobles (principal y secundario). Los arneses son los mismos que se usan en escalada y se conectan a un «leash» que se une a una anilla, la cual se sujeta a ambas líneas. Esto asegura que, en caso de que falle la línea principal, la persona quede suspendida de la secundaria. Igualmente, los accidentes en esta disciplina son extremadamente raros y, cuando ocurren, suelen ser por fallas humanas (como olvidar atarse el leash) y no por fallas del equipo, ya que este está diseñado para soportar exigencias muy superiores a las reales. Además, antes de cada sesión se realiza un «doble check» riguroso de todo el equipo y las conexiones.
EM: ¿Qué papel juegan la concentración y la meditación en esta práctica?
ER: Para mí, son fundamentales. Lo vivo como una forma de mindfulness, que me obliga a estar 100% presente en el aquí y ahora. La percepción de riesgo a gran altura es muy alta, lo cual exige una profunda calma para mantener el equilibrio, algo que considero un “hackeo” mental que luego aplico a otros aspectos de mi vida, ayudándome a mantener la calma ante situaciones que me desafían.
EM: ¿Se necesita preparación física previa para practicar?
ER: Si bien el equilibrio es algo que se entrena y el proceso de cada persona es individual, no se necesita una preparación física extrema para empezar. El proceso comienza a poca altura en un parque o gimnasio. Es parecido a aprender a tocar un instrumento: hay quienes les cuesta más, y quienes les cuesta menos. Un caso muy claro es el del atleta cordobés, Gonzalo Caturelli, que salió quinto en el Mundial. Tenía un nivel altísimo en baja altura -hacía trucos, caminaba con soltura-, pero al pasar a la altura se bloqueó durante dos años. Iba, se paraba frente a la línea… y no podía avanzar. Después de ese tiempo logró desbloquearse y empezó a progresar muy rápido. Hoy es el mejor de Sudamérica y uno de los mejores del mundo.
EM: ¿Nos podrías contar sobre el proyecto de brindar clínicas de iniciación en Río Ceballos?
ER: Junto con Facundo Segovia, quien tiene un gimnasio en Río Ceballos (Espacio Solar), estamos planeando ofrecer clínicas de iniciación de slackline y highline. La idea es que los interesados comiencen a practicar slackline en el gimnasio a baja altura. Una vez que adquieran suficiente confianza y equilibrio, podrán ser llevados a un lugar como el dique La Quebrada, donde ya obtuvimos autorización para montar cintas a mayor altura. El objetivo es hacer la disciplina más accesible y permitir que más personas, desde niños hasta adultos, la experimenten.
La conexión con el espectador cambia mucho cuando llevamos el slackline a un entorno como lo es el dique, ya que en general es una actividad que se hace en lugares más aislados. La gente se sorprende al ver a alguien caminando en altura, es algo que no se ve todos los días. La municipalidad se entusiasmó con la propuesta y nos invitó a hacer una actividad para el Día de las Infancias, incluso estamos viendo la posibilidad de montar una línea entre la iglesia y un edificio del centro. De hecho, esos videos que hicimos en el dique se viralizaron, y eso reforzó la idea de que puede ser una buena iniciativa turística.

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