9 junio, 2026

El Milenio

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Victoria: La panadería del pueblo

Victoria es la panificadora con producción local más antigua de Villa Allende y, ante todo, una de las más queridas. Fundada por Ricardo Gómez, hoy lleva más de tres décadas horneando no solo pan, sino también historias de vida, solidaridad y resiliencia.

SOCIEDAD

  • Por: Pedro González, Francisco Tachella y Carolina Chen 6° IMVA. Josefina Etchemendy y Morena Carcione 6° IENM.

Con 35 años de vida, la panadería Victoria es casi un emblema de Villa Allende. La hospitalidad de quienes atienden, la variedad de sus delicias y la accesibilidad de sus precios, la convirtieron en la favorita de cientos de clientes, que incluso viajan desde otras localidades a buscar sus producciones.

Pero a pesar de su popularidad, pocos conocen la historia de dedicación y esfuerzo que se esconde detrás de sus clásicos mostradores de madera, siempre repletos de opciones para todos los gustos.

“Tráiganme la pastilla de la memoria, porque ha pasado mucho tiempo”, bromea su fundador Ricardo Gómez, de 72 años, cuando los estudiantes sentados en su pequeño despacho le preguntan cómo nació el histórico comercio. 

Del sacrificio al sueño

Todo comenzó en 1970 cuando este emprendedor pionero de la Villa era un joven de 17 años que estudiaba Ciencias Económicas y ante la falta de recursos en su hogar, decidió empezar a trabajar. Así, entró en La Marmandesa, una panadería muy conocida ubicada frente a la estación de tren, donde aún sobrevive la fachada de la antigua hostería Villa Anita.

“Allí me enseñaron a trabajar. Y no me refiero solo al oficio, sino a lo que significa la responsabilidad y el valor del trabajo”, valora el panadero. “Le fui agarrando el gusto a lo manual, pero sufrí bastante esa etapa. La panadería es muy sacrificada, más en esa época que había horno a leña. Estábamos seis horas haciendo fuego para recién empezar a producir. Y ni te cuento lo que era barrerlo a la noche”, rememora.

A pesar de las dificultades, el hombre no perdió el entusiasmo. Al respecto, narra: “Me di cuenta que me gustaba la labor, pero no la forma en que se organizaban ahí. Yo tenía otra perspectiva, no solo por mi experiencia, sino también por lo que estudiaba. Por eso el estudio nunca está de más, porque te abre caminos en la mente, al margen de lo que uno haga después”. “Por eso siempre les digo: estudien, que la lapicera es más liviana que la pala”, aconseja, además, a los jóvenes entrevistadores.

Impulsado por esa perspectiva, Ricardo empezó a soñar con abrir su propia panadería. “No tenía un peso, -recuerda- pero yo siempre estaba preguntando por créditos, mirando los clasificados, yendo a las inmobiliarias”.

De esta manera, consiguió un local para alquilar y concretar su proyecto, aunque no pudo dejar su otro puesto, así que durante esa época, cuenta, parecía un fantasma, vivía cubierto de harina y ojeras. “La verdad que eso de no dormir lo he sufrido mucho. Por suerte en la actualidad me estoy tomando revancha”, bromea de nuevo.

“Persevera y triunfarás”

Tras seis años de alquiler y una búsqueda implacable, un día lo llamaron desde la inmobiliaria y le ofrecieron unos lotes frente al río, en la esquina de Maipú e Hipólito Yrigoyen. En este sentido, cuenta: “Trabajé y trabajé hasta que logré pagar el terreno y ahí empecé a construir, ladrillo a ladrillo”.

Aunque no consiguió el apoyo financiero que buscaba en los bancos, quienes sí lo apoyaron fueron los proveedores. Uno de ellos, Don Canterle, le fio las máquinas con las que arrancó y, entre risas, Ricardo dice: “Le hice 35 cheques en un día”.

Finalmente, el espacio abrió sus puertas el 2 de enero de 1990 y su nombre hizo honor a “ tantos años de lucha y sacrificio” -revela Gómez-. “Para mí fue un gran triunfo después de mucho esfuerzo”, señala.

No obstante, la alegría inicial se vio empañada por una tragedia personal: poco tiempo después, su primera esposa fue diagnosticada con esclerosis lateral amiotrófica. Falleció en 1998 y, tras el deceso, el panadero confiesa haber pedido a Dios que “si en algún momento, aparecía alguien, fuera una persona alegre, porque ya la había pasado muy mal”.

Sus plegarias fueron escuchadas y volvió a casarse con Jaquelina Trancón, una mujer risueña que fue una de sus primeras empleadas. “Ella es una enamorada de la panadería, y yo soy un enamorado de ella, que es la que trabaja”, sonríe el panadero.

Firme junto a la comunidad


A lo largo de 35 años, la Victoria enfrentó numerosos desafíos. Como dicen Ricardo y Jaquelina, “siempre luchando”, ya sea por la calidad de la harina, las políticas del gobierno de turno o la especulación de las grandes empresas. “Ahora en estos días, con la expectativa del cepo, muchos molinos cortaron la venta o pidieron barbaridades. Ellos están enterados porque son amigos del poder, entonces se abusan”, se queja Ricardo.

Asimismo, en su oficina, se ven las imágenes de lo que fue uno de los capítulos más duros de la historia del local: la inundación del 15 de febrero de 2015. “Fueron siete horas contadas. Cuando bajamos de la terraza, no teníamos nada”, recuerda “Jaqui” y añade: “Salimos adelante con la ayuda de nuestros clientes, proveedores y empleados, fueron nuestros grandes aliados”.

Y es que, a lo largo del tiempo la panadería se ha ganado el respeto y cariño de la comunidad, no solo por sus productos, sino por su compromiso social. Han donado pan a quienes más lo necesitaban y al día de hoy colaboran con instituciones locales como el grupo scout, la escuela de fútbol VADI y la Granja del Sr. Brito. 

“Además, controlamos los precios, preferimos variar la producción y repartir los aumentos entre todos los productos, así mantenemos el valor de los tres esenciales: pan, criollos y facturas”, explica Ricardo y destaca que tampoco usan conservantes ni premezclas porque “ya demasiado contaminado está todo”. 

“Nosotros hacemos panadería tradicional”, afirma con honra. “Muchas panaderías han copiado el estilo europeo y ponen tipo café. Pero esa no es la panadería a la que va todo el mundo, a la que entra el albañil con la ropa de trabajo”, reflexiona también.

Por su parte, Jaqui, defiende: “Nosotros preferimos seguir siendo la panadería donde te enterás de todo, donde saludamos por el nombre a los clientes de siempre. Para nosotros es tan importante el que compra 300 pesos de criollos como el que se gasta 30 mil. Acá no discriminamos”.

En tiempos donde lo artesanal parece perder terreno frente a lo industrial, la panadería Victoria demuestra que el trabajo honesto, el trato humano y el compromiso con la comunidad siguen siendo ingredientes esenciales para cualquier receta de éxito. 

Hoy en día, sus hornos trabajan a toda marcha, al punto que solo se apagan dos horas por día. Mientras tanto, detrás del mostrador, Ricardo y Jaquelina celebran el trayecto recorrido, pero ante todo, se enorgullecen de seguir siendo “la panadería del pueblo”. 


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