Por: Martín Aliaga, Ignacio Bustos y Matías de la Rúa 4° IMVA – Juliana Atea y Frida Zacchino 4° IENM
María de los Ángeles Iribarne todavía recuerda a aquella nena tímida que encontró en la gimnasia un idioma cuando todavía le costaba encontrar las palabras.
Tenía apenas seis años cuando una profesora de educación física la invitó a formar parte del equipo de gimnasia de su colegio. No cualquiera podía entrar. Había que demostrar condiciones. Ella era callada, pero en la clase de Educación Física encontraba un territorio donde podía destacarse y no le hacía falta hablar. «Era el lugar donde podía ser yo», cuenta.
Aquella primera experiencia terminó marcando toda su vida. Desde entonces, se mantuvo en contacto con la gimnasia a través de la competencia, pero sobre todas las cosas, supo que quería poder generar espacios en donde todos tuvieran un lugar para ir y ser ellos mismos. En este sentido destaca: “Siempre me interesó que los jóvenes pudieran expresarse más allá de lo que les permite el resto de las actividades cotidianas. Que tengan un lugar en donde encontrarse con su cuerpo y ser y hacer”, destaca.
Con ese puñado de sueños en mente, Iribarne se recibió de profesora de Educación Física y logró combinar su continuidad en la competencia con la enseñanza. En ese camino, se mudó de Buenos Aires a Río Ceballos, comenzó a dar clases en distintos espacios municipales, lideró academias y continuó formando generaciones hasta que, junto a su marido y sus hijas, logró concretar un proyecto que venía construyéndose desde hacía décadas: Emede.
El gimnasio abrió hace apenas dos años, pero la historia comenzó mucho antes. María llegó a Sierras Chicas y pasó años observando cómo los niños y niñas que mostraban condiciones en la gimnasia debían viajar constantemente a Córdoba ante la falta de espacios con infraestructura suficiente como para acompañar ese crecimiento.
María tomó esa vacancia y decidió lanzar un proyecto pensado en que los deportistas pudieran quedarse en su ciudad. «Los chicos tienen que volar», dice, pero antes de hacerlo necesitaban una pista de despegue.

Mucho más que una pirueta
La gimnasia artística es una disciplina que obliga a convivir con la frustración. Es un ritual plagado de detalles, preciso, firme, permanente. La repetición como arte pero también como carga.
Resuena mucho una mirada cultural de la gimnasia artística como una disciplina que desafía a sus atletas a un nivel casi desgastante. No obstante, María propone otra mirada, completamente opuesta. “Lo primero es que la mejora siempre la abordamos desde un aspecto positivo. El ‘qué bien que lo estás haciendo’, ‘venís progresando un montón’, ‘ahora vamos a trabajar sobre este punto’. Hay algo de construir confianza que es vital para este tipo de disciplina. Hay que vencer un montón de miedos, trabajar en la autoestima, en la perseverancia” , destaca la profesora.
Con el tiempo, esa mirada también terminó modificando el propio proyecto. Alrededor de los alumnos que iban a entrenar estaban las familias que acompañaban a sus hijos y que comenzaron a quedarse durante las clases. Esperaban. Miraban. Compartían horas dentro del gimnasio.
Entonces apareció una pregunta inesperada ¿Y ellos dónde entrenan? De esta manera, Emede dejó de ser únicamente un sitio de gimnasia artística y sumó entrenamiento funcional, pilates, zumba, nutrición, preparación física y propuestas para adultos de todas las edades.
Al respecto, Iribarne comenta: “Intenté sostener una mirada integral en un sentido amplio. Me interesa que en el espacio deportivo tengan lugar para todas las edades, que se pueda juntar la familia y crear comunidad”.
Quedarse para crecer
Durante mucho tiempo, la gimnasia artística tuvo fama de ser un deporte elitista. Los clubes con mejores instalaciones concentraban las oportunidades y muchos gimnasios pequeños quedaban relegados.
María reconoce que esa realidad todavía existe, pero también percibe algunos cambios importantes. En esta línea, destaca que los nuevos programas de formación y los circuitos competitivos de gimnasia artística permitieron que más instituciones accedan a estándares comunes de entrenamiento y que muchas más jóvenes puedan proyectar un recorrido deportivo.
Sin embargo, el desafío sigue siendo enorme. “Ningún espacio tiene manera de crecer sin los aparatos necesarios y los elementos -reflexiona-, porque además son los que le brindan seguridad a las chicas y chicos que practican y también a nosotros, los profesores”.
En un contexto en el que no todos los clubes tienen la posibilidad de contar con una plataforma de primer nivel para los saltos o con aparatos seguros, la solidaridad y el sentido colectivo son los factores que marcan la diferencia.
“Lo que surge mucho es que algunos clubes abren sus puertas a otras entidades que no tienen tantos aparatos. Entonces vamos haciendo clases compartidas e intentamos poner la mirada en que todos puedan entrenar bien, que tengan los metros que se necesitan para luego poder ir a un certamen a competir de igual a igual con quienes entrenan siempre en las mejores condiciones. Esa impronta de articular se ve mucho en varios lugares y es hermoso cada vez que sucede. Así va creciendo la gimnasia”, describe con orgullo.
Mientras tanto, en Emede continúan recibiendo a una generación de niños y jóvenes que, según María, es muy distinta a la de hace quince años. “Antes llegaban a gimnasia artística sin saber exactamente de qué se trataba. Hoy vienen porque eligieron esta disciplina. Ya no son los padres quienes los empujan a sostener una actividad, sino ellos mismos que buscan desafiarse y aprender. También hay espacio para el juego y la diversión, pero muchos llegan con ganas de entrenar en serio, de superarse y de ir un paso más allá”, explica.
Incluso comenzaron a aparecer cada vez más varones. Durante años costó romper el prejuicio de que la gimnasia artística era un deporte exclusivamente femenino. La incorporación de grupos de habilidades motrices abrió una puerta distinta y muchos chicos terminaron descubriendo que ya estaban haciendo gimnasia casi sin darse cuenta.
Hoy entrenan mortales, barras y acrobacias con la misma naturalidad que sus compañeras. Y María mira ese cambio con orgullo, sintiendo que -al menos por un momento- la gimnasia deja de ser una disciplina, para convertirse en una forma de crecer.
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