Por: Julieta Vélez y Florencia Bertocco 4° IENM – Olivia Gorbea y Jazmín Galli 4º IMVA
Con 67 años, Pablo Sigismondi ha pasado gran parte de su vida viajando, ya sea recorriendo lugares inhóspitos de nuestro país o los rincones más insospechados del planeta que están por fuera de los circuitos tradicionales.
Junto con su cámara, el geógrafo, reportero gráfico y cartógrafo cordobés ha transitado más de 160 países del mundo, algunos de los cuales se reflejan en su última muestra “La vuelta al mundo en 80 fotos” que se presentó en Salsipuedes, durante abril.
A lo largo de su trayectoria fue testigo directo de acontecimientos que marcaron la historia reciente, como los bombardeos sobre Afganistán en 2001, experiencias que luego transformó en relatos, fotografías y libros con los que busca acercar al público realidades poco conocidas.
Esa experiencia acumulada también atraviesa sus crónicas de viaje. Quienes las han leído o escuchado reconocen su capacidad para trasladar al público, casi en primera persona, a los lugares que recorre.
Para Sigismondi, viajar es un proceso espiritual de aprendizaje del cual valora: “No es solamente trasladarse. Significa meterse en el lugar, hablar y estar con la gente. Es un estado espiritual que implica poder tener empatía con las personas que viven allí, romper todos los prejuicios que uno tiene, sacarse los velos, los antifaces”. Y concluye: “Hay velos que son invisibles, que tienen que ver con la ignorancia, con la falta de querer aprender; viajar también significa quitarse ese velo y entrar en otro”.

El Milenio: ¿Cómo comenzó tu interés por la fotografía y dentro de qué estilo lo encuadrarías?
Pablo Sigismondi: Soy un fotógrafo aficionado que aprendió a partir de hacer fotografía. La encuadraría como tipo documental y geográfica, que busca poder testimoniar o dejar en evidencia para la gente que no ha ido, que no lo ve, alguna cuestión geopolítica, geográfica o histórica.
Hoy se habla mucho de las situaciones de guerra que hay en Palestina, en Ucrania o en Irán pero nunca de lo que eso significa para el sufrimiento de las personas. Siempre se nombra a los presidentes, a los que gobiernan, pero pocas veces a la gente común y corriente, que es la que verdaderamente vive y sufre el conflicto. Desde este lugar me parece muy importante poder trabajar la fotografía, la geografía y la documentación. El poder viajar nos permite que uno vea por sus propios ojos y no por lo que se cuenta.
EM: ¿Qué descubriste al priorizar en las fotografías lo que se habita por sobre el escenario?
PS: No existe geografía si no hay gente, por eso fotografío a las personas en el territorio. Si uno estudia el relieve, las montañas, los ríos, el clima de Córdoba, todo eso tiene que ver con la climatología, la geología. Cuando cuento cómo viven las personas, cómo se transportan, de qué viven, qué hacen, recién ahí estoy haciendo un trabajo geográfico. Hace 40 años fui a Japón.
En esa época era un sinónimo de todo lo moderno y lo desarrollado. Me volvía loco de felicidad y buscaba fotografiarlo todo, pero no me gustaba que saliera la gente. Estando en Córdoba hice una charla sobre Japón y empecé a pasar fotos y mostraba una cosa y otra. En un momento, alguien me dijo: «Pablo, ¿cuántos habitantes tiene Japón?» Y yo le dije: «120 millones» y me respondió «Pero cuando fuiste vos no había nadie”. Ahí me dije ‘qué interesante’. Fue un aprendizaje, que lo fui haciendo a lo largo de los viajes, porque cuando uno está en otra cultura, en un lugar donde no entiende el idioma, donde las cosas son diferentes, a veces se siente miedo o vergüenza de pedir permiso a las personas para fotografiarlas.
EM: ¿Qué es lo más desafiante al interactuar con otras culturas?
PS: Lo más desafiante es el idioma y el miedo que uno tiene a lo desconocido. Además, los estereotipos que muchas veces uno va incorporando inconscientemente en su conocimiento. Hoy se habla mucho de la guerra de Irán y todo lo que se dice en los medios de comunicación es que es un país malo. Cuando uno viaja, eso te limita, porque se va con un preconcepto, con una anteojera puesta. Entonces, yo veo nada más que lo que me enseñaron, lo que aprendí, lo que escuché. Por eso hay que tener conocimiento del lugar, conocer es una herramienta que sirve todo el tiempo, para toda la vida, y que nos da libertad. El conocimiento ayuda a que uno tenga la posibilidad de disfrutar, aprender y entender mejor el lugar. Viajar significa abrir la cabeza, entender al otro.

EM: ¿Qué te motiva a compartir tus fotografías y conocimientos con otras personas?
PS: Lo que intento con las muestras en las que exhibo mis fotografías es que sean como mis viajes. Me gusta llevarlas no solamente a las grandes ciudades, los grandes teatros, las galerías de arte, sino también compartir en espacios más chicos, en ciudades, en pueblos, más pequeños. Es como el viaje propio que hago, que es visitar los lugares que entre comillas podríamos llamar “la periferia”, “los bordes” o “lo que no se ve”.
El concepto filosófico básico de mi trabajo es mostrar la cara oculta(da) de la tierra. Así como muestro en las imágenes lo que no se ve o poco se conoce, también me gusta que las fotografías lleguen a lugares que no son tan visibilizados y que despierten curiosidad, las ganas de conocer, las ganas de saber y ver que hay muchos otros mundos que a veces ignoramos. Si logro que una muestra despierte la curiosidad, se ha logrado el objetivo.
EM: ¿Cuál territorio o qué comunidad sentís que todavía te falta retratar?
PS: Me gustaría ir a los pueblos que viven en el hielo, en el océano Ártico, en Canadá, en Alaska, en Siberia. He estado en el círculo polar ártico, he conocido un poco a los pueblos que viven en el norte de Finlandia, los esquimales, pero me falta tener una experiencia más profunda, porque otra cosa que tiene el viaje es que no se termina nunca.
Pablo Sigismondi integra el registro de los primeros 100 viajeros del mundo de la World Wide Traveler List. Para seguir de cerca sus viajes y registros, visitá su Instagram: @pablotraveller.

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