27 septiembre, 2022

El Milenio

Noticias de Sierras Chicas

Músicos del pueblo

Desde el Festival de Cosquín hasta el asado familiar, pasando por el Comedor Universitario y un sinfín de peñas, la música del Dúo Coplanacu es parte de una cultura de domingo, de unión y de baile. En una charla con El Milenio, Roberto Cantos reflexionó sobre la evolución de un conjunto que ya lleva 37 años encarnando al folklore nacional.
  • Por Lucía Gregorczuk. periodico@elmilenio.info
  • Colaboración: Clarita Aliaga y Milagros Andreu (4to IMVA). Simona Cantos, Costanza Valdetarro y Santino Montiel (4to IENM).

Roberto Cantos y Julio Paz no necesitan mucha presentación. Desde 1985 vienen conquistando escenarios, cantaron con los mejores y han hecho grandes espectáculos. Sus voces han arrullado a más de un bebé en un asado familiar y no hay quien no haya bailado al ritmo de sus chacareras.

Su historia es la historia del folklore argentino contemporáneo, desde el Festival de Cosquín hasta la peña de barrio y desde Santiago del Estero hasta Córdoba, pasando por Sierras Chicas, donde ambos viven actualmente.

Siguiendo la voz dulce de Roberto Cantos, hoy vecino de Río Ceballos, El Milenio se lanzó a aprender un poco más de este dueto tan reconocido y querido en todo el país.

“A las peñas del Comedor Universitario iban muchos changuitos, estudiantes, que descubrían la música de su provincia ahí. El folklore es eso: un arte que refuerza siempre tu identidad”

Roberto Cantos

El Milenio: El Dúo Coplanacu ya lleva 37 años de trayectoria. ¿Qué consideran que se mantiene intacto desde el principio y qué han tenido que cambiar necesariamente?

Roberto Cantos: Es difícil mantener intacto algo tanto tiempo, nosotros hemos atravesado diferentes espíritus de época y públicos. Sí creo que mantenemos intacta la expectativa acerca del proyecto: Coplanacu se ha transformado en un camino y si hay algo que no cambia, son las ansias de seguir aprendiendo.

El público también se transformó. Cuando empezamos tocábamos en lugares chicos y venían cien personas. No volaba una mosca, el silencio era absoluto y se armaba una energía muy especial, una cosa muy íntima. Ahora viene mucho público con la familia, la gente canta, baila, participa y hemos aprendido que eso es fantástico, que nos permite cumplir nuestro rol social de músicos populares.

EM: ¿Qué los inspira a seguir haciendo música? ¿Cómo han ido cambiando las temáticas que abordan en su repertorio? 

RC: La verdad que quien compone en el dúo soy yo y no me considero un compositor prolífico, escribo cuando necesito decir algo, nuestras canciones son testimoniales de lo que hemos vivido y de las épocas. Hay temas que visibilizan el problema del desmonte, por ejemplo, que es una tragedia tremenda y yo siento la necesidad de hablar de eso.

La sociedad se modifica, así como los gobiernos y sus políticas. Vamos cambiando con las transformaciones que son inevitables en este país, siempre estamos dentro de un ciclo y uno trata de expresar eso que siente en coherencia con lo que va viviendo.


EM: ¿Qué lugar han tenido las peñas tradicionales en su recorrido? ¿Qué rescatan de la peña de Los Copla?

RC: Como músicos, nuestra escuela ha sido, por un lado, las guitarreadas, las reuniones de amigos o de la familia donde cantamos juntos toda la noche; y por otro, las peñas, que al principio eran espacios chicos, bolichitos, donde la guitarra circulaba de mesa en mesa. De hecho, nuestro primer recital fue en una que se llamaba Carillón.

La peña de Los Copla fue un intento de hacer algo grande, que se sumó por trece años al Festival de Cosquín como una alternativa, convocando a otros músicos, un mini festival para que la gente se acercara a escuchar, pero también a bailar. La danza cobró una dimensión muy especial para la gente joven, que se mantiene hasta hoy.

El baile también cambió: de los grandes cuadros coreográficos de las academias de folklore, pasó a bailarines muy grosos, como Juan Saavedra o Silvia Zerbini, que transformaron eso y posibilitaron a la gente joven usar la danza como canal de expresión, para divertirse. Las peñas se transformaron en discotecas de folklore. En Cosquín, muchos jovencitos iban con sus pañuelos listos para pasar toda la noche bailando.

EM: ¿Qué lugar ocupa Santiago del Estero en su repertorio? ¿Por qué creen que Córdoba atrae tanto a los folkloristas?

RC: Nuestra raíz, nuestra infancia y crianza, es la música santiagueña y lo que cantamos, salvo temas propios, son canciones que escuchábamos cuando éramos changuitos. Pero no nos cerramos en la música santiagueña ni en la chacarera, lo que pasa es que es lo que más nos sale.

Córdoba tiene eso de que convergen muchos estudiantes del interior, mucha gente de Santiago, de Tucumán, de Cuyo, de La Pampa, etc. Entonces se dio un fenómeno que tenía que ver con la mística de los estudiantes, que salen de su casa por primera vez, que se van a otro lugar y acá encuentran pares. 

Porque no es fácil irte de tu casa, y la música folklórica jugaba un papel muy importante en la identidad. Cuando hacíamos la peña en el Comedor Universitario, nos dimos cuenta de que iban muchísimos changuitos que estaban empezando la universidad y que descubrían la música de su provincia ahí. El folklore es eso: un arte que refuerza siempre tu identidad.

EM: Seguramente son muchos los reconocimientos recibidos en tanto tiempo, pero ¿cuáles valoran más?

RC: En Cosquín se dan dos premios cuando termina el festival: el “revelación” para los músicos nuevos y el “consagración” para los que ya vienen tocando hace mucho, que son muy valorados por los músicos.

Hace unos años se rumoreaba que nos iban a dar el premio consagración, entonces la gente de la prensa nos pinchaba todo el tiempo para ver qué opinábamos y nosotros nos sentíamos medio acosados.  

En eso íbamos caminando por la peatonal de Cosquín a la tarde y nos para una familia, una pareja joven con dos changuitos. Nos piden que nos saquemos una foto y nos cuentan que ellos, todos los domingos cuando se juntaba la familia, almorzaban escuchando nuestros discos. Y ahí nos dimos cuenta que esa era la consagración: a través de un disco, poder cantar en el comedor de una familia.