Paula Sammartino Martofleak y Celina Vidal Placci (IMVA)
Una de las preocupaciones actuales que más ronda la cabeza de los padres es: “¿A qué edad le doy el primer celular a mi hijo?”. Si bien se trata de una herramienta que los acompañará durante el resto de sus vidas, el exceso y los peligros que pueden encontrarse en la red muchas veces generan dudas sobre a qué edad es conveniente entregárselo.
De hecho, un reciente estudio de UNICEF recomienda preparar el acceso a la tecnología antes de entregar un dispositivo propio, con acuerdos sobre tiempos, contenidos, privacidad y seguridad digital. En su campaña “Más que un móvil”, la entidad subraya que el uso responsable requiere guía adulta y que el celular no debería reemplazar experiencias presenciales, el juego ni el vínculo familiar.
Por otro lado, desde el enfoque de salud pública que recoge el Estado argentino, la “regla del 3, 6, 9, 12” propone evitar pantallas hasta los 3 años, videojuegos y tabletas hasta los 6, uso de internet acompañado hasta los 9 y postergar el acceso a redes sociales o al celular propio hasta cerca de los 12 años. Aunque no es una norma legal, sí funciona como una orientación preventiva útil para familias y escuelas.
El incumplimiento de estas pautas puede derivar en problemas de salud física, como la deformación de córneas por el uso cercano de celulares desde bebés, y problemas psicológicos o pedagógicos, como ansiedad, falta de concentración e inatención.
Desde un punto de vista local
Las directrices de organismos oficiales, como la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), establecen un estándar de «cero pantallas» hasta los 2 años, con una recomendación clínica firme de extender este período hasta los 3 años. Este criterio busca preservar la plasticidad neuronal de estímulos que el niño aún no puede procesar. No obstante, existen corrientes de escuelas alternativas que proponen postergar la exposición hasta los 7 años para proteger la imaginación y el desarrollo natural.
En la Universidad Nacional de Córdoba hay investigaciones y publicaciones sobre infancia y pantallas que ayudan a sostener una postura prudente. Un estudio publicado en revistas de la UNC llegó a la conclusión de que, en niños menores de seis años, la televisión sigue siendo la pantalla más usada y que muchos empiezan a utilizar pantallas táctiles desde el primer año de vida, reduciendo el tiempo de juego de los adultos con los niños. Además, el tiempo que ellos suelen dedicar a actividades como leer un libro o dibujar es de una a dos horas por día.
Otro trabajo de la UNC sobre hogares argentinos con niños de hasta 8 años encontró que los dispositivos más accesibles son la TV, el smartphone, la tablet y la computadora. Así, llegó a la misma conclusión: que la mayoría de los adultos percibe un efecto negativo sobre el tiempo compartido en familia, aunque reconoce su valor educativo.
Una decisión familiar
En general, no se recomienda pensar en el “primer celular” como una edad fija, sino como una decisión gradual según la madurez, la necesidad real, el acompañamiento adulto y reglas claras de uso. Las guías de UNICEF insisten en que no alcanza con “dar un teléfono y listo”: hace falta planificación, diálogo, supervisión y acompañamiento familiar.
La mediación adulta debe centrarse en retirar el foco del niño y ponerlo en la responsabilidad del mayor, ya que el niño no puede autorregularse biológicamente. Por lo cual, el uso de pantallas debe ser limitado y supervisado según la etapa de desarrollo del niño. Para gestionar el uso de la tecnología, se destaca Family Link, una aplicación de control parental que se considera fundamental para que los padres tengan un seguimiento del tiempo de uso, las páginas visitadas, las aplicaciones descargadas y el contenido que consumen sus hijos. Esta también cuenta con temporizadores que ayudan a limitar el tiempo de visualización en aplicaciones e incluso en el mismo teléfono.
“Es crucial que los adultos supervisen plataformas específicas como Discord, un chat vinculado a videojuegos que suele ser desconocido para los padres y permite el contacto con extraños. También se advierte sobre YouTube, cuyo flujo infinito de videos cortos (shorts) es altamente adictivo y afecta la atención y los procesos cognitivos”, según informaron María Florencia Salomon y Carolina Tiano, integrantes del Servicio de Orientación Psicopedagógica y Psicológica (SOP), a El Milenio.
Finalmente, las especialistas también comentaron que el control parental no debe verse como una invasión a la privacidad, sino como un seguimiento del bienestar, centrándose en la cantidad de horas, las páginas visitadas y la detección de contactos desconocidos. “El foco principal debe estar en el adulto como mediador, ya que el niño no tiene la capacidad de regularse por sí solo ni de medir los riesgos de internet”.
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