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De Sierras Chicas a Windsor

Francisco Pizarro es heredero de una de las “dinastías” familiares más importantes del polo cordobés. A sus 44 años y luego de un vasto recorrido por los campos de todo el mundo, conduce El Caburé Polo School de Villa Allende e intenta promover una filosofía diferente dentro del deporte que lo apasiona.

Colaboración: Joaquín Gómez y Emilio Ballistreri (4to IENM). Bruno Manno, Martina Stampella y Melody Lo Preiato (4to IMVA).

En 2018, el ex polista Eduardo Novillo Astrada asumió la presidencia de la Asociación Argentina de Polo y manifestó su postura respecto al proceso de mutación que debía atravesar la disciplina para ampliar su espectro de público y su foco más allá del Abierto de Palermo, para en cambio potenciar al deporte desde su terreno de base: el campo en el interior del país.

En ese sentido, Novillo Astrada analizó la marcada baja en los ingresos económicos como una consecuencia ineludible de lo hermético y centralista de la disciplina. Así, el primer ex polista en ocupar la presidencia de la mencionada asociación, estableció como eje su intención de convertir al polo en un deporte menos elitista y más atractivo para el público.

Siguiendo este debate, Francisco Pizarro, polista del interior con una gran trayectoria en los torneos más importantes de Buenos Aires y el exterior, señala que esta disciplina cambió mucho desde que él mismo comenzó a practicarla.

“Cuando alguien dice ‘polo’, todo el mundo lo relaciona con gente de mucha plata, la elite o ‘el deporte de reyes’, como lo llaman. Sin embargo, en los últimos diez años, se ha convertido en algo mucho más popular. Antes, para una persona que no estuviera muy bien posicionada económicamente, era casi imposible jugar. Hoy eso no sucede, todo es más accesible y hasta diría que la mayor parte de la población puede jugar al polo”, subraya Pizarro.

Francisco plantea que, más allá de la imagen exterior que pueda proyectar el deporte, hacia adentro también se modificaron algunas posturas en los últimos años, siguiendo una línea similar a lo que se plantea en el rugby, en relación al trabajo en equipo y el compañerismo.

“Creo que hemos mejorado en la parte humana, porque antes se trataba de un deporte que podía llegar a ser muy individualista”, comenta Pizarro. El entrenador intenta aplicar parte de esa mirada al día a día de El Caburé, la escuela de polo que fundó en 2016 junto a Ariel Márquez y Carolina Sánchez Astrada, dos apasionados de esta disciplina y su enseñanza. 

Francisco jugó en más de 20 países, principalmente Inglaterra y Estados Unidos, y participó en diversas ocasiones del Abierto de Palermo. Foto gentileza quien corresponda.

En el espacio situado saliendo de Villa Allende por la Av. Padre Luchesse, Francisco se interesa por formar a los más chicos “desde lo humano”. “Queremos que aprendan a cuidar a quien tienen al lado, que sean solidarios y se respeten. Creo que vamos mejorando en ese aspecto”, sostiene el profesional.

El Milenio: Tu apellido es emblema en el polo cordobés, pero ¿qué tanto tuvo que ver Néstor Pizarro en tus primeros pasos?

Francisco Pizarro: Muchísimo, todos los Pizarro que jugamos al polo lo hacemos gracias a Néstor. Yo comencé porque mi tío jugaba y desde chico íbamos junto a mi familia a Providencia, muy cerca del barrio Los Talitas, en Unquillo, a andar a caballo durante los fines de semana. A los nueve años empecé a practicar con cierta disciplina, al tener ya las condiciones físicas para poder agarrar un taco. Así jugué con mis primos hasta terminar el secundario.

EM: A los 18 viajaste a Inglaterra para crecer en el deporte. ¿Cómo surgió esta posibilidad y cómo fueron los primeros tiempos allá?

FP: Yo era fanático de los caballos y del polo. Cuando terminé el colegio, ya venía hablando con mis amigos y familia sobre la posibilidad de trabajar e ir a jugar afuera. Un amigo me consiguió un laburo de petisero (peón de cuadrilla), es decir, cuidando caballos, así que con 18 años me surgió la posibilidad de realizar mi primer viaje. Era el año 1996.

La rutina comenzaba bien temprano a la mañana con todo tipo de tareas, como cepillar, darles de comer y entrenar a los caballos. También lavaba las monturas y los frenos, además de mantener limpias las caballerizas. Hacía muchísimo frío. Fui sin saber nada de inglés así que, si me decían que moviera un balde blanco, yo movía una piedra. Ese era mi panorama, no me podía comunicar.

El polista y entrenador indica que en la escuela que lidera se busca fomentar el respeto y la solidaridad entre jugadores. Foto gentileza El Caburé.

EM: ¿Cómo pudiste romper la barrera del idioma?

EM: Muy de a poco. Todas las noches, al llegar a la que entonces era mi casa, agarraba un diccionario inglés/español que tenía e intentaba acordarme de algunas de las palabras que me dijeron durante el día y así iba armando las frases.  Aprendí de oído, así que fue bastante complejo.

EM: Contanos un poco sobre tu paso por el polo británico…

FP: Jugué para muchos equipos, pero principalmente fundé y fui manager de un club. Ese proyecto lo trabajé durante quince años con un inglés llamado Martin Roat. Con él atravesé toda mi etapa en Inglaterra, desde petisero hasta jugador profesional de polo. Participé en lo que llaman el club de la reina (Guards Polo Club) y allí disputé la Hildon Archie David Cup, ante la mirada de la realeza que estaba sentada en el palco de honor.

EM: Por último, ¿qué vías crees que tendría que explorar el polo para crecer en popularidad y elevar el nivel competitivo?

FP: Yo soy de los que piensan que la manera es comunicar. Existe una creencia instalada de que ir a ver un partido de polo es carísimo, pero en realidad es gratis. Nosotros estamos intentando mover la asistencia a los partidos a través de las redes sociales y apuntamos a que cualquiera pueda involucrarse en este deporte. 

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