Con siete títulos en su haber y un recorrido extraordinario en el vóley de club y en la Selección Argentina, Javier Filardi simboliza la permanencia en el máximo nivel. A los 39 años, analiza su trayectoria, los miedos que atravesó y las motivaciones que aún lo alimentan.

Colaboración:

  • Andrés Chavarini y Franco Solís.
  • 4to Año. Instituto Educativo Nuevo Milenio.
  • Santiago Bobán y Nicolás Martínez
  • 4to Año. Instituto Milenio Villa Allende.

Julio Velasco, el entrenador más importante en la historia del vóley nacional, planteó su desacuerdo con el común de los directores técnicos al sostener que el entrenamiento debe estar pensado en función del error. 

A partir de ello, explicó que el objetivo no pasaba por “no equivocarse”, sino por aprender a interpretar una situación del juego, elaborar una solución y ejecutarla correctamente. Todas esas fases del proceso se trasladan a virtudes en jugadores de carne y hueso, y tal es el caso de Javier Filardi, el voleibolista más ganador en la historia de la Liga Argentina. 

Siguiendo la consigna de Velasco, otro aspecto fundamental en la relación de aprendizaje entre jugador y entrenador, es el poder. Por momentos, los líderes técnicos creen que manejando cada aspecto del entrenamiento podrán generar una sensación de control en el juego mismo, en la competencia. Pero sucede que no. En cambio, el verdadero líder sabe cuándo, entiende el momento preciso en el que debe soltar los hilos, para que los dirigidos tomen decisiones en milésimas de segundos.

Javier Filardi fue, desde sus comienzos en primera, de aquellos jugadores que asumen esa libertad e interpretan el juego de una manera diferente. El ex Bolívar y UPCN, logró transformar su don para entender y romper los sistemas del juego en un plus para los equipos de los que formó parte. Por eso, sin destacarse por su físico (en un juego plagado de gigantes), Filardi puso sobre la mesa, desde muy temprano, su mentalidad y la capacidad para salir a flote en los momentos más críticos.

Comenzó a jugar a los ocho años, con el incentivo de su familia. En casa de sus primos “se jugaba al vóley sí o sí” todos los domingos, según recuerda. Era una tradición tan frecuente como el asado y Filardi no sólo la adoptó como propia, sino que se llenó de confianza para pensar que un día él podría ocupar un lugar en la primera de equipos importantes. 

Vivió parte de su infancia y adolescencia en Unquillo. Integró el plantel de Banco de Córdoba y a los 17 años fue llamado a San Juan para participar por primera vez de la Liga Nacional, en tiempos en los que el vóley aún no se consideraba un deporte cien por cien profesional. Poco de esto le importó a Filardi, quien decidió dedicarse de lleno a entrenar como un deportista de elite.

“Mis padres me ayudaron cuando me fui a San Juan. No podía mantenerme económicamente a través del deporte y el primer año, que fue de transición, yo estaba de lunes a jueves en Córdoba y viajaba a competir todos los fines de semana a San Juan. Tuve que fortalecer mi convicción de ser jugador, era un momento en el que hubiera sido muy fácil decir ‘no, yo no quiero esto’. No podía pasar tiempo con mis amigos, viajaba solo en el colectivo, llegaba a Córdoba los lunes a las seis de la mañana, me cambiaba y me iba a la escuela”, describe el jugador.

Hoy tiene siete títulos de Liga Nacional en su haber, además de un enorme camino en la Selección Argentina. Cuenta cada partido como un momento trascendente en su carrera, al punto que le cuesta reconocer una sola final, de las tantas que disputó, como momento bisagra. “Siempre disfruté de esto y lo viví al máximo”, sostiene el ex vecino de Unquillo.  

Sin embargo, luego de meditarlo unos segundos, aparece en su mente un escenario definitorio: la final de la Liga 2017. Tras una agónica victoria ante Bolívar, ex equipo de Filardi y archirrival de UPCN, en un cuarto juego donde la derrota significaba el final, Javier rompió en llanto mientras sus compañeros lo abrazaban. “No tengo muchas fuerzas, pero mis compañeros me ayudan un montón. Es probable que hoy sea el último partido que ve mi viejo”, soltaba el deportista, en medio del dolor, ante las cámaras de Torneos y Competencias.

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Es uno de esos momentos que definen a Filardi como líder. Su padre batallaba contra un cáncer terminal, y él jugaba, peleaba ante la competencia, el agravio constante de los simpatizantes de su ex club y la pérdida inminente de un ser querido. Del modo que fuera, Javier retornó a Córdoba y se despidió de su padre. El entonces capitán de UPCN volvió al día siguiente para el juego decisivo y su equipo cayó derrotado, cortando así una racha de cinco campeonatos consecutivos.

Tal es el nivel de autoexigencia que sostiene Filardi, que incluso en la situación más compleja se reprocha no haber podido “estar al máximo”. “Esa es la parte complicada de este trabajo. Dejás muchas vivencias de lado. Yo no estuve en mi casa durante el último tiempo de mi papá y eso se siente y te hace mal”, confiesa.  

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El Milenio: ¿Qué jugador te parece interesante en la Selección actual? ¿Qué le ofrece al juego que lo vuelve distinto?

Javier Filardi: Yo los conozco desde chicos y creo que los que hoy juegan en el seleccionado tienen todavía mucho que aportar. Hay jugadores que combinan sacrificio y muy buena técnica, que son líderes importantes como Luciano De Cecco, Facundo Conte o Nicolás Uriarte. Pero Sebastián Solé, desde su posición como central, es un voleibolista con la capacidad para sacar adelante a todos los demás en un partido determinado. Él tiene el talento individual suficiente para elevar a todo el equipo y eso no es fácil de encontrar.

EM: Fuiste múltiple campeón en UPCN, con un equipo que marcó una época. ¿Cuál fue el diferencial que les permitió ser tan superiores a sus rivales? ¿Cómo se hace para mantener la intensidad y el hambre luego de varios títulos ganados?

JF: Yo llegué a UPCN de San Juan desde Bolívar, otro grande de la Liga. Lo cierto es que justamente habíamos perdido la final del campeonato ante ellos y me di cuenta, jugando en la Selección, que mis compañeros que venían de UPCN tenían un vínculo muy grande entre ellos. 

Así que llegué a un grupo convencido de que nadie les podía ganar. Trabajaban durísimo y a quien fuera que se mostrara escéptico ante la idea, lo integraban, no había forma de escapar. En ese vestuario había un deseo de superación constante y se notaba en cada entrenamiento, todos los días. Se entrenaba con la intensidad de un partido y los compañeros no sólo querían ganar ligas, sino campeonatos sudamericanos y medallas en los mundiales de clubes, las aspiraciones estaban en ese nivel. 

EM: En 2016 quedaste fuera de la lista argentina para los Juegos Olímpicos, ¿cómo afrontaste ese momento?

JR: Asumí mi realidad. En ese entonces estaba volviendo de una lesión muy fuerte en la rodilla que apareció a comienzos de 2015, así que sólo jugué semifinales y finales de liga. Estuve cinco meses sin saber qué tenía en la rodilla y estaba bastante más preocupado por mi salud que por los Juegos Olímpicos. 

Quien me operó me dijo que si quería podía jugar en las Olimpiadas, pero no tendría chance de mantenerme durante más años en el vóley, ni llevar una vida normal. En la Selección veníamos de ganar el Panamericano y, de hecho, durante ese torneo nació mi hija, por lo cual decidí volverme a casa y estar con mi familia. Fueron momentos de mucha ansiedad.

EM: Te convertiste en el jugador con más títulos de la historia del vóley de clubes argentino. Sin embargo, también dijiste que tu intención no era ser el más ganador, sino mejorar y encontrar nuevos estímulos. ¿Qué era lo que más te estimulaba en ese momento y qué te estimula ahora?

JF: Creo que eso tiene que ver con el conformismo. Si por ganar muchos títulos uno se detiene a mirar las vitrinas, seguramente se sienta conforme y eso no está bueno para mí. El estímulo para llegar fue siempre ir por más, no bajar los brazos y ponerse objetivos medios claros, como ganar una Liga, competir a nivel internacional ante los mejores. Siempre hay algo más para conseguir.

Ahora mismo los estímulos están complicados. No puedo irme a jugar afuera por un tema familiar y la Liga Argentina está en una situación muy delicada. Todo el país está atravesando un momento muy complejo, pero lo que sucede en relación al deporte es que las disciplinas que no son cien por ciento profesionales lo van a sufrir más.

Estaba jugando en Gigantes del Sur en Neuquén, y en los últimos tiempos, cada vez que termina una temporada, me siento a decidir si juego un año más o no. No proyecto varios años seguidos, porque obviamente a mi edad las perspectivas son distintas. También pienso por fuera del vóley, encarando otros proyectos, buscando otra forma de vida que me ocupe la cabeza y que pueda generar ingresos económicos. No me quiero quedar quieto por este contexto.