Un salón colectivo, cuatro comedores, una cancha de fútbol, una huerta compartida, un horno de barro y la bioconstrucción de espacios para el estudio y el uso común, representan parte del extenso trabajo del Espacio Comunitario Pizarro. La pandemia agudizó la emergencia en uno de los barrios más poblados de Unquillo, pero los integrantes de este colectivo encontraron en la solidaridad y la ecología, una forma de resistencia.

Colaboración

  • Antonella Giovannini y Francesca de la Fuente. 
  • 4to Año. Instituto Milenio Villa Allende.
  • Edna Hunziker, Nicole Catrambone y Valentina Adansia.
  • 4to Año.  Instituto Educativo Nuevo Milenio.

La historia del Espacio Comunitario Pizarro comenzó a tejerse cinco años atrás, precisamente tras la inundación de 2015, cuando los habitantes de Gobernador Pizarro vieron cómo el agua y el barro arrastraban súbitamente sus casas y sus horizontes. Hoy, la pandemia reflotó los problemas de un barrio marcado por la marginalidad y el olvido, pero también trajo el nacimiento de nuevas miradas que fortalecen la vida social y comunitaria.

Así, el Espacio Pizarro tiene varios objetivos, pero todos se basan en el trabajo mancomunado y en la impronta ecológica, un sello distintivo de este colectivo que construye sus espacios con materiales reciclados y reinventa el sentido de la basura.

Uno de los brazos de este gigante barrial lo representa el club social y deportivo La Vida, llevado adelante por un grupo de jóvenes que el año pasado formó siete equipos de fútbol (uno de ellos, femenino), ingresando, por primera vez en la historia de Gobernador Pizarro, a la Liga Sierras Chicas. Pero no es la única arista de esta gran propuesta. De hecho, este año, a ritmo de cuarentena y necesidades, abrieron cuatro comedores en la zona.

Para Liliana Barreto, referente de la comunidad y encargada de uno de los comedores, salir de la comodidad del hogar, armar una cancha de fútbol, fabricar una cocina reciclada o preparar comida para 200 personas, “no son tareas engorrosas”. “He pasado por momentos muy tristes en mi vida, de pobreza extrema, y no me parece cómodo ver estas situaciones y no hacer nada. Vivo en un barrio marginado, tengo muchos amigos, conozco muchas madres, tengo hijos, no me es ajena la situación. Hago lo que puedo y lo hago muy feliz”, contó la vecina en diálogo con El Milenio.

Valeria Martínez, docente de Nivel Inicial e integrante de la iniciativa comunitaria, remarcó la diferencia en la lógica organizativa del proyecto, donde los logros son de todos y no de una sola persona. “Siempre tuvimos la idea del trabajo común. Tratamos de involucrar a los vecinos en el cuidado del ambiente, en la construcción de un espacio colectivo, cuestiones que salen de esa lógica de ‘dar e irse’. Es involucrarse, que se sientan parte, que se apropien del lugar. Por eso no es el trabajo de uno, sino de todos”, explicó la docente.

Vale mencionar que el predio donde funciona actualmente el espacio pertenece a la Casa del Niño, institución con la cual firmaron un comodato. “El barrio está signado por la Casa del Niño, la mayoría de los integrantes han compartido años de su infancia en ese lugar, entonces está presente un sentimiento de hermandad, con todo lo bueno y lo complicado que eso implica”, apuntó Kike Bogni, psicólogo social y propulsor de Basurilandia, proyecto basado en el reciclaje y la reutilización de materiales que acompaña la construcción del Espacio Comunitario Pizarro.


“Siempre tuvimos la idea de la labor común, salir de la lógica de ‘dar e irse’. Queremos que los vecinos se involucren, que se sientan parte, que se apropien del espacio. Esto no es el trabajo de uno, sino de todos”. Valeria Martínez, docente.


Ollas que convidan


Desde mayo hasta ahora, las ollas y el sentido de comunidad le han dado batalla al aislamiento. Para Valeria, la pandemia no hizo más que agudizar una crisis económica que ya estaba instalada en el barrio, aunque también fue la oportunidad para que la gente “mostrara otro lado”. “Nació la solidaridad, el apoyarse, el ver la necesidad del otro y no mirar al costado”, destacó.

Así, el primer comedor abrió sus puertas el 15 de mayo en Diaguitas 08, con el apoyo de AMU (Asamblea del Monte de Unquillo), tras la limpieza de un basural que se encontraba donde hoy prospera una huerta comunitaria. Como explicó Liliana, el menú se elabora haciendo hincapié en la calidad nutricional. “Tratamos de incluir muchas verduras, porque a los barrios populares se acostumbra  mandar  fideos, arroz, polenta, harina y salsa. La gente piensa que es lo ideal y es lo que muchas veces comen los pobres porque llena, pero en realidad no alimenta”, apuntó Barreto.

En este marco, la demanda alimenticia crece, pero también el trabajo comunitario para combatirla. En un día, una sola olla superó las 200 raciones. La lógica organizativa que caracteriza al colectivo se combinó con la necesidad social y se abrieron tres comedores más. Como destacaron Valeria y Kike, fueron las mismas mujeres, que ya participaban en la huerta, las que iniciaron los nuevos comedores, para abarcar aquellos días donde otros espacios del barrio no trabajaban y las panzas quedaban vacías.

En el proceso, encontraron el apoyo de la Confederación de Cooperativas de Trabajadores de la Economía Popular, que aportó 300 ingredientes secos para la causa de Pizarro. “Así, aparte de la olla de ‘la Lili’ (que cuenta con el aporte de AMU), tenemos esta otra ayuda que nos permitió abrir una olla en la casa de Rosa (sobre la calle Guaicurúes, que una vez a la semana es comedor y dos veces, por la tarde, merendero) y otra en la casa de Celeste (Mapuches 55), donde semanalmente se brindan 200 porciones en promedio. Además, hay otra olla en El Pocito (Gustavo Centeno esq. 25 de julio), donde se entregan 180 por semana”, explicó Bogni.

Mala fama


Para Kike, el contexto actual no sólo agravó las problemáticas económicas, sino también cuestiones sociales y afectivas de largo aliento. “Si bien hay carencias materiales evidentes, a veces son mayores las necesidades humanas. Es necesario que el Estado trate bien a las personas que viven en Pizarro, que les tenga fe. Muchas veces la gente no precisa más que alguien lo esté esperando una vez a la semana para conversar”, explicó Bogni y destacó el valor de las charlas y encuentros que fortalecen los vínculos humanos.

Desde su lugar, Valeria también señaló que los gestos más simples, como mirarse, escucharse y contenerse mutuamente, son tan importantes como un plato de comida. “En estos encuentros, donde predominan las mujeres, descubrimos que una sabe coser muy bien o que otra cocina cosas dulces, cuestiones que ni ellas mismas habían puesto en valor. Las mujeres en el barrio son personas sufridas, solas, son pocas las que están acompañadas y algunas parejas son violentas. Aquí la mujer ha perdido su autoestima”, explicó Martínez.

Para los vecinos, el Espacio Pizarro también es una bandera de lucha contra los prejuicios sociales que pesan sobre el barrio. “A las nueve de la mañana, todos esos tildados de ‘choros’ o vagos estaban trabajando en el lugar, dedicando seis o siete horas hasta que frenábamos para comer algo. No había un peso para pagarles. Ellos van porque les hace bien”, defendió Kike.

De la cocina al aula


Entre sus múltiples aristas, el Espacio Pizarro comenzó a gestar la creación de un salón de uso común para continuar con una propuesta educativa generada por Liliana hace más de cuatro años. Ante la necesidad de educación y apoyo escolar, Barreto luchó para conseguir docentes que asistiesen al lugar ad honorem y espacios para impartir contenidos, mediante un práctico sistema de módulos de estudio.

Al principio, la escuelita funcionó en una iglesia evangélica y luego se trasladó a un comedor municipal. “Descubrimos gente grande que no sabía leer ni escribir y buscamos la forma de acercar la educación. Logramos que un grupo de mujeres terminen la primaria. También apuntamos a los jóvenes que dejaban el secundario. Hicimos una encuesta y entre las razones más frecuentes aparecían el barrio mismo, el tema de la nocturna, el transporte, etc.”, señaló Valeria, por su parte, al hablar sobre los inconvenientes en materia educativa. 

Hoy en día, el Espacio Comunitario Pizarro ofrece un sistema de enseñanza primaria y secundaria que es muy bien recibido por el barrio entero. Mientras tanto, junto a Basurilandia, avanza la bioconstrucción del salón para que los estudiantes de todas las edades puedan aprender con tranquilidad en un lugar propio.


“Si bien hay carencias materiales evidentes, a veces son mayores las necesidades humanas. Que el Estado trate bien a las personas de Pizarro, que les tenga fe. Muchas veces, no se precisa más que alguien que te espere una vez a la semana para conversar”. Kike Bogni, psicólogo social.


Poner el cuerpo


El proyecto Pizarro junta fondos a través de cuentas bancarias y alcancías dispuestas en distintos comercios unquillenses, donde los vecinos pueden aportar a voluntad. Lo recaudado luego se utiliza para comprar insumos en el mismo local. La Frutería y Vinería Sofía (25 de Mayo 50), junto a la carnicería Farías (Av. San Martín 3092), son dos ejemplos de este sistema de ayuda vecinal (comercios que, además, aportan sus propias donaciones en mercadería).

Las personas interesadas en colaborar también pueden hacerlo con materiales de construcción reutilizados y bolsas Ercal, un cemento útil para pegar los ecoladrillos y que representa el principal gasto del espacio, ya que el resto es reciclado. Para los comedores se requieren alimentos, principalmente frutas y verduras. A su vez, en el barrio se solicita una cocina familiar. 

Pero más allá de todas las donaciones, para la comunidad de Pizarro, la mejor ayuda es la presencia. “Queremos que las personas de otros lugares se acerquen. En El Pocito tenemos 68 jóvenes que se organizaron para ayudar, pero es importante que vengan personas de afuera. Los niños y los jóvenes se portan de otra manera. Ellos vienen con su alegría, con lo nuevo, y por ahí los jóvenes contagian mucho esto de hacer juntos”, destacó Liliana Barreto. 

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La basura como oportunidad


Basurilandia es una propuesta multifacética impulsada por Kike Bogni (psicólogo social y artista) desde 2013. La misma apunta al reciclaje, reutilización y reconsideración de materiales que habitualmente la gente descarta, condenándolos a convertirse en basura.

Uno de los principales ejes del proyecto se basa en los llamados ecoladrillos, botellas de plástico rellenas con desechos secos compactados (principalmente, otros plásticos), que se convierten en materia prima apta para el desarrollo de arquitecturas sustentables. 

En Basurilandia, cada botella (ya sea de plástico o de vidrio) es un ladrillo que se utiliza para levantar paredes, cantina, escenario, casas y hasta el futuro salón comunitario del Espacio Pizarro. A principios de 2020, este sistema les permitió construir un horno de barro y una huerta.

“En estos más de siete años, hemos repartido cerca de 10 mil ecoladrillos y utilizamos la mitad en construcciones con los vecinos”, estimó Bogni. “Una vez que empezás con este sistema, no parás más. Para una familia, significa sacar un 50% menos de basura”, afirmó.

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Para ayudar. Quienes deseen colaborar con el Espacio Comunitario Pizarro, pueden hacerlo acercándose a Diaguitas 08. Teléfonos de contacto: Liliana Barreto (3543-554320), Kike Bogni (351-5285263) y Valeria Martínez (3543-535956).