A 38 años de uno de los acontecimientos bisagra en la historia del país, los veteranos Carlos Esteban Rivadero, Rubén Molíns y Daniel Noel recordaron el antes, el durante y el después de la contienda. Además, reflexionaron sobre la concepción que el resto sociedad tuvo y tiene sobre aquellos jóvenes que fueron obligados a luchar envueltos en miedo e incertidumbre.

Días grises

Colaboración: Martina Pía Maldonado – Instituto Milenio Villa Allende

Carlos Esteban Rivadero es vecino de Villa Allende y ex combatiente de Malvinas. El 31 de enero de 1982, fue enviado al Regimiento de Infantería N° 8 en Comodoro Rivadavia. Era domingo a la mañana, y un mundo desconocido se abría paso ante él.

El lunes, él y otros 2000 jóvenes fueron “cargados en un camión” y llevados al aeropuerto, obligados a oficiar como soldados, sin conocer su destino. Lo que sintió en aquel momento fue contundente. “Se nos rompió el alma, se nos caían las lágrimas”, confesó. Del grupo, unos 1800 soldados se instalaron en el sur y, durante dos meses, realizaron una instrucción.

Nos enteramos que se habían tomado las Malvinas y saltamos de alegría, dijimos que sería lindo ir y así pasó. No lo elegimos, justo nos tocó”, rememoró Carlos. El 4 de abril desembarcaron en las islas. Rivadero fue elegido para la patrulla de exploración. A veces, se encargaba de buscar comida en la base, recorriendo entre 10 y 15 kilómetros a pie. En el medio, cumplió 19 años, lejos de su familia y de cualquier festejo.

Eran días grises, pero el más oscuro de todos fue el 15 de junio. “Nos llamaron cuando se rindió el ejército. Fuimos a la base, la bandera inglesa ya estaba izada, y la nuestra, tirada en el piso. Fue lo peor que nos pudo pasar”, rememoró con tristeza.

Los combatientes arribaron al buque Canberra, luego fueron trasladados al Norland y encerrados en camarotes en grupos de tres, para iniciar la vuelta a casa. El destino era incierto y los rumores abundaban, pero el 19 de junio pisaron suelo argentino. Esa fecha hoy se recuerda como “el día que Puerto Madryn se quedó sin pan”, por alimentar a los soldados que regresaban a la patria.

Al poco tiempo, Carlos emprendió el camino hacia su hogar, en Villa Allende. “Llegué, le golpeé la puerta a mi hermana, en el centro de la ciudad, y luego fui caminando a la casa de mi mamá. No me reconoció, le tuve que decir: mamá, soy yo, tu hijo, Carlos”, recordó.


La guerra psicológica

Colaboración: Mateo Arévalo y Álvaro Zentena – Instituto Educativo Nuevo Milenio.

Daniel Noel también tenía 18 años cuando fue incorporado al Regimiento de Infantería N° 25 en Sarmiento, Chubut. Fue uno más de los tantos convocados para el servicio militar obligatorio, alejado de Laboulaye, su pueblo natal.

Para cuando arribó a las Malvinas, ya tenía 19. En la guerra, se desempeñó como soldado conscripto. “No tenía ningún cargo. Como tenía buen físico, era apuntador de MAG, una ametralladora grande y pesada”, explicó.

Salimos para las islas el 27 de marzo, sin saber a dónde íbamos. Nos habían dicho que nos dirigíamos a hacer un ejercicio en conjunto con las tres fuerzas armadas. Fuimos en camiones hasta Comodoro Rivadavia, y de ahí, en avión a Puerto Belgrano, donde había mucho movimiento”, recordó Noel. El 28 de marzo, los jóvenes se hicieron a la mar, en medio de la incertidumbre.

Habíamos tenido solo un mes y medio de instrucción. Nos enseñaron a vivir en carpa, a comer lo que había y hacer ciertos ejercicios que nos iban preparando para la guerra, pero en ningún momento nos dieron un arma, hasta el 27 de marzo”, señaló.

Las jornadas en las islas eran largas y tortuosas. Todos los días, los ingleses los bombardeaban desde fragatas o aviones que volaban fuera de su alcance. “Lo que hicieron los británicos fue una guerra psicológica, de desgaste, durante todo mayo”, explicó.

El 12 de mayo, la mitad de sus compañeros murió en combate: 12 soldados de los 25 que formaban el regimiento. La situación se estaba volviendo límite. “Queríamos que la guerra terminara, que saliéramos victoriosos o que muriéramos, pero que se acabara de una manera u otra. Desgraciadamente, terminó con los británicos izando de nuevo su bandera”, lamentó el veterano.

Al volver a casa, Daniel se enfrentó al desafío de reencontrarse con su juventud. “El primer tiempo fue difícil porque estábamos en shock. Mi tío me recibió llorando en Buenos Aires y yo no entendía por qué. ‘Hace veinte días que no sabemos nada de vos’, me dijo”, recordó.

Además no teníamos cabida en la sociedad, creían que estábamos locos”, siguió relatando, aunque afirmó que, actualmente, el pueblo sí los reconoce. “Falta que lo hagan las instituciones. El Ejército Argentino, al cual yo representé, nunca nos reconoció ni con un desfile, pero la gente nos contempla todo el tiempo, es un agradecimiento eterno hacia nosotros y de nosotros hacia ellos”, concluyó el actual vecino de Villa Allende.


Secuelas en el alma

Colaboración: Antonella Ramacciotti – Instituto Educativo Nuevo Milenio.

El destino de Rubén Molíns fue la Compañía de Comunicaciones CaCom9, en Comodoro Rivadavia. “Por ser radioaficionado, conseguí ir ahí y no al Regimiento de Infantería en Chubut. Además, como también era traductor de inglés, el poco tiempo que estuve en el cuartel, antes de viajar a Malvinas, me ocupé principalmente de traducir textos y otras tareas de oficina”, señaló Molíns y añadió que su instrucción militar en el campo fue muy corta, “apenas un par de semanas”.

Los últimos días de marzo se percibía un particular nerviosismo en el pequeño cuartel donde estábamos. Todos pensábamos que pasaría algo con Chile”, agregó. “El 2 de abril, sorpresivamente, nos enteramos que se habían recuperado las islas. Al día siguiente, fui enviado a Malvinas con un grupo de diez traductores para comunicarnos con los lugareños”, continuó Molíns.

De aquellos días, lo que más recuerda es el contacto con los malvinenses. “El gobierno argentino les ofrecía la posibilidad de irse a Inglaterra, pero ellos se sentían extranjeros, tanto en Gran Bretaña como en Argentina. A los pocos días comenzaron los bombardeos sobre Puerto Argentino y siempre volvían a mi recuerdo los rostros de esas personas que vivían tranquilas y, de un día para el otro, dos países pelearon una guerra en el patio de sus casas”, contó.

De lo demás, trata de no recordar mucho. “Lo más duro de esos días fue la certeza absoluta de que moriría allí, de que no habría ninguna posibilidad de volver con vida y ver de nuevo a mi familia. A los 18 años, uno no puede comprender esa situación, solo se la puede sentir en las entrañas, llorar por las noches recordando a las personas queridas y despedirse en silencio de ellos”, explicó el ex combatiente.

Además, señaló que es muy difícil rescatar algo “positivo” de un acontecimiento “tan extremo” como la guerra. “Los veteranos que vuelven siempre sentimos la culpa de no haber muerto allá, como tantos compañeros”, apuntó. También rememoró el regreso al país e indicó: “sentíamos que éramos una vergüenza por haber perdido”.

No obstante, hoy reconoce que, con los años, ha habido un “cambio enorme” en esa percepción. “Hemos pasado a ser hombres valorados y recordados. Pudimos volver a ser parte de la sociedad y sentir que tenemos algo valioso para ofrecer, recibiendo el reconocimiento de la gente a cambio. En esa ida y vuelva, fue creciendo una suerte de cura para tantas heridas”, concluyó.