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(Análisis) El enemigo invisible

La pandemia atraviesa sociedades alrededor del mundo aprovechando cada resquicio y penetrando en cada nación que la subestima. Un abordaje a través de la experiencia previa de otros países ayuda comprender la magnitud real de las cifras y pensar posibles atenuantes para desacelerar el avance del coronavirus.

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La enfermedad, su crecimiento abrupto, sus posibilidades de mutación y, ante todo, el desconocimiento, han generado y generan hasta el momento enormes problemas a nivel mundial. Una muestra de ello es la dicotomía a la que se enfrentan los jefes de estado a la hora de tomar medidas claras, sopesando las distintas variables, empezando por la salud y la economía.

Dos meses atrás, cuando el coronavirus solo era una pregunta que pocos se hacían luego de observar algún zócalo en un canal de noticias, la pandemia ya demostraba el rigor y el peligro que infringiría en todo el planeta.

Durante buena parte del tiempo, la mayor parte de la población analizó el fenómeno a partir de la cantidad de infectados, cuando en realidad esa cifra muestra solamente los casos confirmados. Un segundo razonamiento refería a la tasa de mortalidad, que oscila entre el 0,5 y el 5 por ciento, dependiendo de cada país y la cantidad de infectados oficiales. Parece una cifra muy baja, ¿verdad?

El Gobierno Nacional dispuso el cierre de fronteras para todos los extranjeros que no residan en el país. Foto gentileza Gustavo Cavotti.


Muy pocos expertos en el mundo abordaron el problema invisible: la cantidad de casos reales. Con reales nos referimos al total de personas contagiadas por el virus (diagnosticadas y no diagnosticadas). Las que han mostrado síntomas, las que todavía no y las que quizás nunca lo hagan. Sobre ese número, ningún país de occidente pareció preocuparse.

Una lección básica que nos enseña este problema invisible de escala mundial es que sus números también son invisibles, o al menos, no detectables a simple vista. Estos se conocen al pasar semanas, por eso resulta indispensable rebobinar a partir de lo ocurrido en el punto de partida: China.

Tomando como ejemplo al país asiático, el 21 de enero resultó un día de inflexión para entender la gravedad de la problemática. Un vistazo al pasado nos muestra que las autoridades chinas contabilizaron 100 casos nuevos esa fecha, que hasta el momento significaban un aumento sideral en la cantidad de infectados. Sin embargo, según afirma un estudio realizado por el investigador Tomás Pueyo, el correr de los resultados en días posteriores demostró que ese 21 de enero había, en realidad, 1500 nuevos portadores del virus.

Dos días después, los laboratorios arrojaron 400 casos nuevos confirmados. Los estudios que aparecieron luego muestran que, de hecho, el 23 de enero, 2500 personas se vieron afectadas por el COVID-19. Wuhan, la ciudad punto de partida del poderoso coronavirus, fue aislada totalmente ese mismo día. En la siguiente jornada, otras 15 ciudades de Hubei (una región con 60 millones de habitantes cuya capital es Wuhan) fueron puestas en cuarentena absoluta, a través de medidas drásticas.

El confinamiento, por encima de cualquier otra resolución de gobierno, fue el factor que logró evitar una expansión cuyo potencial sería aún más impactante que el que conocemos hasta este momento. A pesar de ello, las medidas determinantes llegaron tarde y el coronavirus, para ese entonces, ya se había expandido a 400 ciudades de China.

No obstante, cabe destacar que las decisiones radicales lograron detener el progreso del COVID-19. El auge de la enfermedad fue aplazado por un gobierno central que también se ocupó de paralizar el resto de las regiones. La curva ascendente del coronavirus en China se terminó a partir de allí, los números del virus crecieron, pero nunca más se multiplicaron. El problema ahora estaba afuera.

La acotada ventana de tiempo que la enfermedad brindó al resto del mundo fue utilizada con solvencia por ciertas naciones. Japón, Singapur, Hong Kong o Taiwán, son algunos de los modelos más eficientes a tener en cuenta. A pesar de su peligrosa cercanía a China, los casos detectados fueron abordados con urgencia y Taiwán, hasta el 16 de marzo, equiparaba en número de infectados a Argentina. Su proyección es netamente favorable.

De ahí surge otra enseñanza que a esta altura parece obvia, pero que, sin embargo, fue desestimada por los mandatarios más importantes de occidente: el virus no necesita vías terrestres para multiplicarse en un mundo globalizado, necesita que lo subestimen. Por lo tanto, cerrar las fronteras, sin letras chicas ni excepciones evitables, es menester urgente para los estados.

Para abordar las pocas dudas que pudiesen quedar al respecto, no se necesita más que dirigir la mirada hacia Europa y, sobre todo, hacia Europa Occidental. Italia esperó a tener 4000 infectados y 150 muertos oficiales para siquiera suspender las clases. España aguardó hasta los 55 muertos, Francia hasta los 48. Argentina, con 56 infectados y 2 muertos, decidió paralizar la circulación en las escuelas, como una medida clave para frenar el brote.

Los enormes lazos turísticos y comerciales entre nuestro país y las potencias afectadas por esta pandemia son claros. No hay resoluciones fáciles ante el problema, ya no existen caminos sin pérdidas, ni planes que aseguren ganar la batalla contra el coronavirus en Argentina. Lo que sí hay, desde luego, son experiencias previas, propias y ajenas. La adaptabilidad del sistema y las estrategias adoptadas por los países que lograron mitigar al COVID-19 a nuestro propio sistema social y económico permanece en duda.

A pesar de esto, es ahí, en la breve historia de este virus, donde está la respuesta y nuestra única ventaja parcial. Un artículo publicado en la revista Science demuestra que, hasta la reclusión forzada en Wuhan, el 86% de los portadores no habían sido descubiertos aún.

Entonces, a la hora de poner los factores en la balanza, ¿esperaremos las confirmaciones oficiales y las muertes para poner en marcha el distanciamiento social? Cuando el sistema sanitario colapse y las cifras oficiales aumenten, probablemente sea demasiado tarde.

El tiempo se agota contra un enemigo que juega a contrarreloj. Por lo tanto, asumir la magnitud, tomar y adaptarse a medidas extraordinarias y restrictivas que pudieran ayudar a largo plazo, es, en este momento, la prueba definitiva para Argentina.


ENCONTRÁ EL ARTICULO ORIGINAL EN LA EDICIÓN 265

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