Viajero intermitente: El abuelo “Lelo”

Por Leandro Blanco Pighi blancopighi@hotmail.com

Entre las curvas del camino y los cerros apareció un tractor. Y como cada vez que veo uno, pensé en el Lelo. Recordé nuestra lista de pendientes. Su enterizo, sus brazos flacos, sus manos engrasadas. También me acordé de todos los abuelos que me convidó el camino.

Otra vez que lo extrañé mucho, le escribí esto, que cada día siento más fuerte.

Que grande que eras hombre de piernas flacas y venas marcadas. Brazos fuertes por tantos golpes de tu martillo, por tantos giros del volante de ese tractor. Hombre de pensamientos sabios, qué agradable para los oídos sería poder escuchar tu voz, o mejor aún sería sentir el sonido de tu acordeón, ese que aprendiste a tocar oyendo a los grandes, ¡ma qué grandes! si vos eras más grande que muchos, y eso que no terminaste el primario. Como si fuera necesario ir a costosos colegios para saber que la escuela mas importante es la de “primero los demás”.


El dato: Leandro Blanco Pighi, o más conocido por los lectores de El Milenio como Viajero Intermitente, se encuentra recorriendo Estados Unidos de América. 


Gracias Lelo por esta pena, porque si no hubieses sido de tal grandeza hoy ni me dolería tu ausencia. Tampoco me olvido de tu maldecir, de tus quejas, pero es que estaba tan harto mi abuelo, de remar en contra de la corriente, de no olvidarse nunca de trabajar, de ensuciar ese enterizo que las manchas de aceite ya no dejaban respirar.

Perdón por prometerte cosas que el tiempo no me dejó cumplir. Ay! Lelo, Lelo, no alcanza el viaje hasta el cielo para que te imagines las ganas que tengo de despertarte de la siesta, o de que me dejes ganarte a las cartas; deseo utópico de que la vida me deje hacer “escoba” con el “siete velo”.


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Si tan sólo pudiera hacer que ese teléfono no haya sonado nunca, o que tu cansada espalda no hubiera pasado ninguna noche en aquella cama. Solamente me conformaría con que prendieras el esmeril para no tener que escuchar a mi conciencia reclamar por todo eso que la vida no me dejó vivir.

Quizá lo mejor sea que te pongas a soldar y me pidas que me cubra los ojos, como cualquier invierno anterior al del 98.

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