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25 mil kilómetros de memoria

Fernando y Facundo Seara, padre e hijo en la ruta, unidos por un objetivo: desempolvar la riquísima historia de 470 clubes de la provincia de Córdoba. En diálogo con El Milenio, Facundo Seara detalla sus experiencias en este intenso recorrido que logró volcar en las páginas de un libro.


Por Ignacio Parisi | ignacioparisi@elmilenio.info

Colaboración: Tomás Bartolini y Luca Pero. 4°A IENM


470 historias de pasión, pertenencia, e identidad” reza parte del título del libro que Fernando Seara, y Facundo Seara, padre e hijo respectivamente, escribieron en torno al repaso detallado por una de las instituciones constitutivas de nuestras raíces culturales: “el club”.

Recorriendo cada ‘ateneo’, como solían decir los abuelos, los Seara emprendieron un camino hacia el pasado, que ayuda a entender el presente de los clubes en la actualidad. Para ello recopilaron variados testimonios, unidos a datos, fotos e información, seguidos de un arduo proceso de selección y nomenclación para lograr conformar los perfiles, que definen a cada club.

Facundo, el más joven de los Seara, nació en Córdoba Capital, sin embargo pasó buena parte de su infancia y adolescencia en Río Ceballos. Con respecto al porqué de esta construcción de repaso colectivo y deportivo afirma: “Esto nace en el año 2010, yo había comenzado mis estudios en la facultad, y surge esta idea junto a mi padre de recorrer y conocer los clubes de Córdoba. En realidad para nosotros fue, en principio, un punto de encuentro de padre e hijo. Siempre estuvimos muy vinculados al Club Atlético General Paz Juniors, el club para nosotros es un lugar para indagar, y creo que, en nuestro caso, somos gente muy curiosa”.

En la confección de algunos cuestionarios, sumados al azar del encuentro con distintos referentes de instituciones, en cada localidad cordobesa, Facundo y Fernando Seara fueron dando forma a cientos de páginas que van desde los logros deportivos de cada club, al motivo de los colores que lo embanderan, pasando por maravillosas anécdotas que cimentaron algunas memorias y que esperaron décadas para ser recompiladas.

En el proyecto fueron reseñadas 470 historias, sin embargo los autores indagaron en más de 600 entidades en busca de información. En el medio, la ruta los llevó por clubes enormes en ciudades imponentes, o algún hosco potrero en un pueblo de apenas 100 habitantes. Sin embargo, estos aventureros de la memoria deportiva, dieron con una realidad que trasciende los logros y la estructura de la institución. “Cada persona que entrevistábamos nos decía: no hay mejor club que el mío”, remarca Facundo Seara.

Lo que nació como un espacio de encuentro entre un padre y su hijo, terminó siendo una de los repasos más acabados de la historia deportiva cordobesa. LA VOZ.

El Milenio: ¿Cuánto tiempo les tomo este proyecto?

Facundo Seara: La investigación de campo fueron dos años y medio. Con mi padre agarrábamos el auto los viernes, cada quince días, armábamos un esquema de visita y salíamos. Por ejemplo, tomábamos la Ruta 9, nos íbamos hasta Villa María, pero visitábamos los clubes de cada localidad que hubiese entre medio. Conocíamos el lugar, fotografiábamos, y así pasaron 25.000 kilómetros. En esa primera etapa recorrimos 240 localidades.

La segunda parte fueron dos años más de investigación a nivel histórico. Fue una instancia en la que buscamos encontrarnos con cada club, con cada equipo, o municipio para ir tejiendo un contacto con las personas que podían brindar información histórica sobre su club. En total fueron más o menos cuatro años y medio hasta que sacamos el libro “Clubes de Córdoba”.

EM: ¿Qué relación con el deporte y con los clubes de Córdoba tenían antes de emprender este camino?

FS: La crianza en el club. Los mejores momentos de mi infancia están relacionados con el club. Yo pasé mi adolescencia en Río Ceballos, pero todos los domingos iba a Córdoba, a ver a General Paz Juniors. Me pasaba semanas metido ahí, y yo estaba muy vinculado también con Jorge Newbery de Río Ceballos.

Creo que todo esto tiene que ver con la pertenencia que te desencadena una institución deportiva, y pienso que eso es lo que se está perdiendo en la actualidad, o al menos fragmentando.

No es lo mismo lo que es el sur de la provincia, que tiene un desarrollo quizás más fuerte en las instituciones que el norte cordobés. Creo que los factores culturales también influyen, y sin lugar a dudas que hay signos marcados de cada época. Cada vez se hace más complicado mantener un club, nadie que esté en un club de barrio se dedica a esa actividad de manera redituable, entonces es muy valorable la función que cumplen los dirigentes actualmente.

A su vez pienso que hoy en día la sociedad no le da a estos espacios la relevancia que debería darle. Es decir, el club de barrio es un lugar de contención e inclusión. Uno no va al club solo a hacer deporte, sino que va a socializar, a hacer amigos, y de una forma o la otra ser contenido.

EM: ¿Hicieron hincapié en el fútbol, o indagaron en todos los deportes por igual?

FS: No, yo soy un amante del fútbol, pero la idea justamente fue buscar todo, analizar el club deportivo, social, de bochas, de básquet, todo por igual.

EM: ¿Qué deportes de antigua tradición encontraron en los clubes?

FS: Las bochas. La práctica “bochófila” en Córdoba está arraigada por una cuestión generacional muy marcada, el que practica bochas es un hombre mayor por lo general, en la actualidad.

Fotografía: Eduardo Parrau para El Milenio.

EM: ¿Recorrieron los clubes de Sierras Chicas? ¿Con qué realidad se encontraron?     

FS: Por supuesto, estuvimos en los clubes de Sierras Chicas, y la verdad es que la situación, al menos en este momento, no es la mejor. Nosotros hemos notado que existe una gran diferencia a nivel cultural, por ejemplo en relación a la matriz sudeste de Córdoba, lo que comúnmente llamamos “la pampa gringa”. En el desarrollo de esas localidades rectangulares del llano, la vida pasa por el club, en cambio pudimos notar que en Sierras Chicas eso no suele ocurrir. Uno de los motivos principales tiene que ver con que las localidades de esta zona se han convertido en ciudades dormitorio. Eso reduce el sentido de pertenencia.

Con esto no quiero decir que no existan experiencias asociativas en clubes, pero no en el nivel de desarrollo que sí aparece en otras regiones. En Sierras Chicas una gran porción de los habitantes no se encuentran vinculados con su terruño, y creo que este es uno de los factores que impiden un crecimiento más vigoroso de los clubes.

EM: ¿Qué diferencias son las más importantes entre los clubes de la ciudad y los de los pueblos?

FS: Con respecto a los pueblos habría que diferenciar, porque no es lo mismo un club de Río Ceballos que uno de Marcos Juárez. A groso modo noto que las sociedades grandes tienen más estratificada su oferta deportiva. Con esto me refiero a que podés acceder al Tala, por citar un ejemplo, y vas a encontrar un perfil marcado, clase alta, clase media alta. Al mismo tiempo tenés clubes que ocupan la periferia de estas grandes ciudades, y cumplen un rol social fundamental, y tienen otra visión del deporte.

En cambio, a mi entender y a partir de lo que observamos en nuestro recorrido, en los pueblos se mantiene más cohesionada la comunidad, debido entre otras cosas a que existe un club, o dos. Entonces en el club convergen todos, el hijo del intendente, del comerciante, del trabajador del campo, y eso tiene una riqueza que a mi forma de ver, es fundamental porque cohesiona a la sociedad. En la gran ciudad hay problemáticas más complejas, la drogadicción y otras cuestiones que generan estratificación y división. Esta es la diferencia más notoria entre el pueblo y la ciudad en los clubes.

Los factores culturales influyen, y también hay signos marcados a fuego de cada época. En general, cada vez se hace más complicado mantener un club, nadie que esté en un club de barrio se dedica a esa actividad de manera redituable, entonces me parece que es valorable la función que cumplen los dirigentes de esos clubes actualmente.

A su vez, pienso que hoy en día la sociedad no le da a estos espacios la relevancia que debería darle. Es decir, el club de barrio es un lugar de contención e inclusión. Uno no va al club solo a hacer deporte, sino que va a socializar, a hacer amigos, y de una forma o la otra ser contenido.

EM: ¿Cómo era el itinerario cada vez que se aventuraban en busca de los clubes? ¿Se quedaban en los clubes, recorrían la historia deportiva a partir de la historia del pueblo al cual pertenecían?

FS: Indudablemente que si bien ver y conocer el club fue lo que nos motivó, somos curiosos, tanto yo como mi padre, así que nos íbamos a la iglesia, nos fijábamos en algún lugar que identifique a cada localidad. Nunca lo tomamos como una cuestión productivista, no pensábamos ‘che hagamos 20 clubes por salida’. Lejos de eso, lo disfrutábamos, fue realmente un espacio de encuentro para nosotros, y si bien el objetivo eran las instituciones deportivas, aprovechamos la posibilidad para conocer Córdoba de punta a punta, para entender las particularidades de cada lugar.

A veces nos agarraba algún dirigente del club o un vecino que observaba, y nos sacaban charla, eso fue muy lindo. Todavía se ven esos gestos en los pueblos, la cercanía con el prójimo. Uno que vive en una ciudad, está acostumbrado a que todo esté tan despersonalizado, y al hecho de que todos vamos de un lado para el otro a mil por hora. En cambio, esta experiencia me permitió entablar conversación con la gente. Sin dudas el recorrido que hicimos nos sirvió para generar relaciones y conocer los verdaderos atributos de cada localidad.

EM: ¿Tuvo el libro la respuesta que esperaban de parte del público?

FS: Sí, en mi opinión sí. Es más, la superó. Este es un libro que fue hecho de manera muy “artesanal”, por decirlo de alguna forma. Fue un trabajo que no tuvo ningún tipo de subsidio, ni apoyo. Lo bancamos como espacio de trabajo junto con mi padre, a modo de hobby.

Creo que el libro fue una propuesta personal y particular desde el vamos, y tuvimos la  posibilidad de compartirlo y presentarlo en muchísimas localidades del interior, así como también en Capital Federal. Lo llevamos a la Cámara de Diputados de la Nación, y pasamos desde esos puntos superpoblados hasta llegar a Laguna Larga por ejemplo.

Nosotros nos dedicamos en cierto modo a compilar, ya que no se puede historiar completamente a 470 clubes, pero desde nuestro lugar generamos un disparador muy lindo en cuanto a que muchas instituciones deportivas se pusieron a trabajar y profundizar sobre el pasado de sus clubes. A veces en el último lugar, en el último cuarto del club, quedan tirados los estatutos de las Asambleas, y ahí la historia queda relegada del lugar que merece.

EM: ¿Pudieron censar los clubes que cerraron?

FS: Con respecto a eso, el libro tiene tres etapas, primero un marco teórico inicial, luego la carbonada fuerte que son las reseñas de los clubes, y al final un anexo con todos los clubes desaparecidos, o al menos, los que pudimos relevar. Lo que pasa es que en la primera mitad del siglo pasado, los chicos se juntaban en el barrio, entre veinte compraban una pelota, otro día remeras y hacían un club. En muchos casos terminaban siendo experiencias efímeras, que son muy difíciles de constatar. De modo que sí, hemos relevado más de 600 clubes que han desaparecido a lo largo de toda la provincia.

Hay un proceso que se da en torno a la desaparición de las entidades, que va de la mano de lo económico en los 80’ y 90’s: Había instituciones que no podían bancarse por sí solas, y por ende, decidían fusionarse. En Córdoba Capital hay un caso muy emblemático, el de Unión San Vicente, que nace de la fusión entre Lavalle y Palermo. Redondeando, sí existen muchísimos clubes que han dejado de existir y ahí se ven reflejadas las características de cada época.

Fotografía: Eduardo Parrau para El Milenio.
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