Por: Laureano González, Felipe Triquell, Ignacio Cruceño y Gonzalo Agüero 4° IENM
La esgrima nació bajo el ala de la élite en nuestras tierras. Y en su paradójico y contradictorio origen suscitó las asperezas políticas que describían la época. Sucede que el primer maestro de armas que tuvo la esgrima -Andrés Facundo Cesario- tuvo que cerrar las puertas de su establecimiento por orden del mismísimo gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.
No obstante, aunque el recelo del poder político de turno sostuvo a la esgrima a oscuras, no pudo frenar su crecimiento en el ostracismo. Ya para fines del siglo XIX, comenzó a contar con una mayor proyección y profesionalización técnica, pudo volver a ejercerse en público y, de la mano de clubes patricios e históricos de la época, llegó a consagrarse como uno de los deportes tradicionales por excelencia en nuestro país.
De esa tradición forjó su oficio José Luis Romero de Espontín. En su familia, antes que aprender a caminar, aprendió a esgrimir. Su abuelo paterno fue esgrimista y durante años presidió la Federación. Su abuelo materno tuvo una trayectoria internacional en la disciplina. Su padre también practicó desde chico. Así que, cuando José empezó a caminar, ya estaba rodeado de espadas, floretes y pistas.
Hoy tiene 67 años, es profesor de Educación Física y entrenador de la disciplina. Durante décadas fue competidor, docente y dirigente. Pero cuando habla de su recorrido hay una definición que aparece por encima de cualquier medalla: hoy se siente más entrenador que atleta.

No es una distinción menor. En cambio, condensa buena parte de una historia que empezó en el Jockey Club de Córdoba, pasó por la Universidad Nacional de Córdoba y el Colegio Nacional de Monserrat, llegó a competencias nacionales e internacionales y todavía encuentra una forma de continuar en una plaza de La Granja o en una clase para adultos en Jesús María.
El arte del engaño y la ciencia de enseñar
Romero reconoce que durante su etapa competitiva tuvo buenos resultados a nivel nacional y participaciones en torneos sudamericanos. También admite, sin demasiados rodeos, que pudo haber llegado más lejos.
Era un esgrimista osado, creativo y de gran capacidad para fintar y atacar con movimientos inesperados. Parte de aquello lo aprendió de su padre, quien lo derrotó en la final de un emblemático certamen que llevaba el nombre de su abuelo. Aquel día, el padre de José lo sorprendió tácticamente, le asestó una “flecha”, un movimiento ofensivo, y consiguió el toque que le dio la victoria.
Esa capacidad para leer al rival y aparecer donde no te esperan es una de las virtudes más sobresalientes de un esgrimista. Y José decidió aplicarla a su verdadera vocación: la enseñanza.

Romero empezó a dar clases siendo muy joven, a sus 20 años. El salto se produjo casi de manera natural cuando el Jockey Club contrató a Mario Cépeda, un entrenador de Buenos Aires con una importante trayectoria internacional.
Cépeda pidió un ayudante y allí apareció Romero, dispuesto a incorporar durante cuatro años una base de conocimientos, la cual la compara con haber hecho una formación en Francia.
No era el estudiante más atento de la clase y su paso por la secundaria no fue de lo mejor. Al notar que su cabeza estaba mucho más enfocada en la pedana que en el aula, su madre lo empujó a estudiar para ser profesor de Educación Física.
El profesorado le trajo gratas sorpresas. En su formación y en su curiosidad por llevar la esgrima a todos lados, se acercó a la especialización en discapacidad. A través de ella llevó a personas en silla de ruedas a aprender las destrezas posibles con el florete.
Romero ya contaba con un nivel de conocimiento técnico muy alto. Sin embargo, admite que el trayecto académico le brindó las herramientas didácticas y pedagógicas para enseñar los movimientos y las estrategias de una manera que los alumnos pudieran recordar.

Durante unos 30 años fue profesor de esgrima en la Universidad Nacional de Córdoba. Allí, recuerda, la sala funcionaba casi como un “hospital público” de la disciplina: rifas, materiales conseguidos entre todos y estudiantes que ayudaban a incorporar a los recién llegados permitían sostener una actividad que siempre tuvo costos elevados.
Cuidar la herencia: llevar al deporte donde no está
Romero considera que la esgrima atraviesa un momento de retroceso y que uno de los principales problemas es la falta de entrenadores con formación suficiente. No cree que alcance con tener voluntad o haber practicado el deporte durante algunos años. Por eso incluso propuso la creación de una formación específica, o una materia optativa vinculada con la esgrima, dentro del IPEF.
Su experiencia en los Juegos Evita es un buen ejemplo de esa mirada. Cuando la esgrima fue incorporada a la competencia, decidió formar un equipo en La Granja, en lugar de apoyarse en las escuelas tradicionales de Córdoba. Se acercó a una escuela pública y comenzó a dar clases los martes y jueves, con floretes y máscaras de entrenamiento. Los chicos cruzaban una plaza para llegar a practicar. Entre ellos estaba su hijo, Nahuel.
El grupo terminó imponiéndose en las clasificatorias cordobesas y clasificando a Mar del Plata. La historia llegó a los medios y Romero recibió en 2023 el Cóndor de Plata de la Agencia Córdoba Deportes.

Pero más allá del reconocimiento, aquella experiencia confirmó algo que todavía sostiene: ‘’para expandir y sostener un deporte no alcanza con una mirada tradicionalista o elitista. Hay que llevarlo a donde hoy no llega, a donde no está’’.
Quizás por eso todavía mira la disciplina con una mezcla de preocupación y entusiasmo. Le duele ver que muchos jóvenes abandonan porque no pueden afrontar los costos de competir y que otros deben repartir su tiempo entre estudios, trabajos y entrenamientos.
Hoy José se sienta en la pista y convierte rápidamente, la preocupación por el futuro del deporte en trabajo. Cuando era chico, en sus épocas de competidor, se consideraba “vago e incapaz de dar el cien por ciento” -admite-. Pero desde su rol como entrenador, ese rasgo parece hasta paradójico.
Hoy, se enfoca en esta actividad que dota a quien lo practica de paciencia, precisión y un agudo aprendizaje sobre la espera, la observación, la decisión y el volver a intentarlo. Una enseñanza que, como aquella final contra su padre, puede durar mucho más que cualquier combate.
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