Cultura
Por: Candelaria Feijóo, Guadalupe Sastre y Valentino Romano 6° IENM – Octavio Argañaras, Joaquín Susino y Luca Ruiz 6° IMVA.
Tulio Romano nació en la ciudad de Córdoba en 1960, pero vive en Villa Allende hace casi 40 años. Egresó como maestro en Artes Plásticas de la Escuela Provincial Figueroa Alcorta y más tarde siguió su formación en la Universidad Nacional de Córdoba.
Empezó a exponer a los 20 años y en 1991 hizo su primera muestra individual en Buenos Aires. Desde entonces, sus obras empezaron a viajar cada vez más lejos, llegando incluso a Europa y Estados Unidos.
A su presencia en las principales ferias internacionales de arte contemporáneo, como Arte BA, Art Chicago, ARCO, Art Miami y FIAC, se suman unas cuantas becas y premios recibidos por su trabajo, entre ellos, el Konex Diploma al mérito en escultura (2002), uno de los más importantes a nivel nacional.
Aunque el historial suene frondoso, el artista que se esconde detrás es un personaje sencillo, arraigado en una expresión que fluye por sus manos hacia el papel desde la adolescencia y se ha ido consolidando con el trabajo firme sobre la madera y otros materiales a lo largo de los años.
Una persona que, ante la frustración, ha aprendido a sostener la paciencia y la presencia. “El arte te puede sacar como te puede meter en distintos estados emocionales. Lo importante es no dejarse llevar por la idea de que no hay solución”, dice Tulio, casi como máxima de vida, a los estudiantes que lo entrevistan y recorren su taller.

El Milenio: ¿Cuándo empezaste a considerarte “artista”?
Tulio Romano: Artista es un concepto que es más social que personal. Yo puedo dedicarme a una actividad expresiva y hacerlo con pasión, pero para mí la consideración de artista está más allá de uno, viene de los otros.
Yo empecé a dibujar mucho a los 12 o 13 años, principalmente historietas y cositas de humor. Dibujaba en el colegio y a los primeros que les gustó eso que hacía fue a mis compañeros, que me pedían “hacé otro” o “dibújalo a fulano”. Ese fue mi primer público. Después puede ser la familia, los amigos y así se va ampliando, hasta que llega un punto en que podés dedicarte a esto como forma de vida.
En definitiva, a mí me gustaba dibujar, tenía curiosidad por aprender y una cosa fue llevando a la otra, pero nunca me planteé el título o rótulo de artista. Si me preguntan si me considero artista digo que sí, de hecho lo soy. Me dedico a esto hace muchos años, vivo de esto y la sociedad lo llama así, artista, pero no es una palabra que me haya definido en lo personal, sino más en la relación.
EM: Estuviste muchos años en la pintura antes de pasar a la escultura, ¿Cómo fue esa transición?
TR: Se fueron dando circunstancias que me llevaron de a poco. En un momento vivía en un lugar donde no tenía espacio para pintar pero sí tenía mucho lugar afuera y había troncos porque habían podado unos árboles, entonces me puse a probar con la talla en madera.
Durante un largo tiempo hice las dos cosas. Después cuando arranqué a exponer y a participar de concursos, empecé a tener mejor respuesta por la escultura que por la pintura, así que eso me fue marcando el rumbo. Aparte sentía que la pintura ya no me despertaba tanto interés como la escultura. Hoy en día no pinto mucho, pero sigo dibujando siempre, y a veces le pongo color.
EM: ¿De dónde nacen tus obras?
TR: Nacen de intereses personales sobre lo que las imágenes pueden producir en mí y en otras personas, desde el agrado al desagrado, o la indiferencia al entusiasmo. Entonces yo busco esas imágenes y las trato de llevar a la escultura.
Y el origen de las obras son generalmente dibujos. Yo sigo dibujando como cuando tenía 12 años, sin ningún tipo de premisa, lo que sale normalmente no lo tenía pensado. Así que básicamente la dinámica es esa, voy dibujando y lo que me interesa, lo utilizo, lo llevo al plano 3D.
A veces son cosas abstractas, a veces figurativas. La figura humana y particularmente la figura humana en movimiento siempre me ha interesado, es un tema recurrente. Me gusta generar esas imágenes de momentos críticos, momentos de tensión, situaciones límite en el movimiento.
EM: ¿Hay obras más difíciles de resolver que otras?
TR: Técnicamente sí, hay obras que son mucho más desafiantes que otras. Conceptualmente no sé, creo que todas tienen su dificultad. Una obra puede ser muy simple formalmente y el sentido no ser tan fácil de resolver.
EM: ¿Y sentís que ya sabés el sentido de la obra de antemano?
TR: No, el sentido de la obra ni siquiera lo tengo yo, por eso las interpretaciones de los otros forman parte de la obra (y siempre te sorprenden). Uno lo hace por cierto interés, necesidad o deseo, una búsqueda que a veces no está tan clara y no siempre se logra. Siempre hay algún punto de partida, pero a veces la obra queda abierta, como una pregunta o duda.
EM: ¿Qué sentís que te aportó tu paso por la docencia?
TR: Yo di clases en Nivel Secundario durante 34 años y la docencia siempre fue para mí un punto de contacto con un mundo que no es el del arte. Cuando uno se dedica a algo, empiezan a aparecer investigaciones y búsquedas específicas de ese hacer, entonces te quedás mucho en esa burbuja de los que están haciendo lo mismo que vos y les interesan los mismos temas.
Dar clases es entrar a tratar con personas de todos los ámbitos. Y también llevar un poco del mundo del arte al resto de la gente.
EM: ¿Qué es lo que más te gusta hoy en día de ser escultor?
TR: La actividad tiene una parte más mental y una manual, que se van complementando. La parte manual hace que uno se concentre y entre en un estado que se siente bien, aunque a veces las dificultades producen el estado contrario.
EM: ¿Y cómo se maneja eso?
TR: La verdad no sé, quizás no se maneja. A veces las causas de un bloqueo no están solo en el trabajo, a veces dormir una siesta te devuelve el ánimo. Con el tiempo te das cuenta que abandonar no soluciona nada, si algo no sale como uno quería, lo importante es seguir intentando y no dejarse llevar por la idea de que no hay solución.

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