31 mayo, 2026

El Milenio

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Mario Rossa: El plomero, poeta de Sierras Chicas

Con casi 70 años, Mario Rossa se ha ganado este título a base de compartir poesías con sus clientes. Más allá del oficio al que se dedica puntualmente, pretende arreglar cualquier inconveniente del hogar y conectar con quienes le abren la puerta a través de la palabra.

Cultura

Por: Jazmín Penfold y Augusto Morello 4° IENM – Tomás Yvanoff y Jairo Balduzzi 4° IMVA.


No es cuestión de comparar uno con otro poeta, cada cual es un cometa con su brillo singular y por eso como un par ese astro se respeta”. Así comienza uno de los poemas de Mario Rossa, vecino de la región que además de escribir, también se desempeña como docente de filosofía y como plomero. 

Con su maletìn con herramientas, camina las lomas y calles laberínticas de Sierras Chicas, buscando siempre llegar a una casa que lo necesita por distintas razones: un caño roto, un calefón que no enciende, una canilla que gotea o una lámpara que no prende. De esta manera, a todos los vericuetos que puede presentar un hogar, él busca solucionarlos.

Aunque abundan personas que arreglan distintos aspectos de las viviendas, la impronta de Rossa radica en que no separa sus oficios, más bien los integra llevando un poco de cada uno a cada ocasión: mientras arregla el cuerito de una canilla, recita un poema, canta una chacarera o simplemente conversa de cualquier tema, como si fuera un amigo. ”Es fruto de sentirse bien uno internamente, te brota, ni pensás que estás diciendo una poesía”, comentó, sobre lo que lo ha llevado a ser conocido en Sierras Chicas como el “plomero poeta”.  


“No soy ni plomero ni poeta, soy Mario”, aseguró igualmente entre risas. Además, expresó: “Yo sé que no vine a esta tierra a ser electricista, no vine a ser poeta, no vine a ser plomero, no vine a ser docente, lo intuyo internamente; vine para estar pendiente de qué es lo que necesita el que está enfrente. Cuando voy a una casa me fijo qué es lo que puede necesitar esa persona, no en qué me puedo beneficiar yo”. 

Siendo fiel a esta idea, muchas veces no cobra su trabajo con dinero, sino mediante trueque o aceptando que la persona le pague cuando puede. “Atiendo a las necesidades de las personas sin pensar si va a haber plata o no”, aseguró.

Con 69 años y viviendo en Agua de Oro, Mario ya está pronto a jubilarse. Mientras tanto, se desempeña en casi todo lo que se le presenta: plomería, electricidad, docencia, incluso cuida casas por la zona. “No tengo ningún límite, menos electrónica y ruso”, indicó en este sentido con el humor que lo caracteriza.

Sus comienzos fueron en un convento en Villa Claret, donde estudiaba para sacerdote. Allí, aprendió el oficio de electricidad y luego en la calle fue adquiriendo los otros. Hacia el año 1985 comenzó a dar clases, pero más tarde se inclinó por lo que realiza actualmente.

Muchos años después, lo convocaron nuevamente para las aulas y, desde entonces, comenzó a escribir. Al respecto, relató: “Hice 11 capítulos de la vida de Jesús y está hecho en prosa y después en verso”.

Desde allí, la poesía comenzó a ganar lugar en su vida, llevándolo incluso a publicar algunos de sus trabajos. Actualmente, sus más de 200 textos se encuentran en un pendrive. “Para mí es un oficio de poeta el rescatar el estilo antiguo”, agregó. 

Fiel convencido de que toda escritura es inspirada por otros escritos, Mario no vende su arte y expresó: “Así como la cultura me llegó gratis a mí, la tengo que pasar gratis, el derecho de autor me suena muy atrasado en la civilización, un esquema muy anticuado para la nueva energía que está saliendo”.


El Milenio: ¿Cómo describiría su estilo poético? ¿Y sus influencias? ¿Tiene algunos textos que comparta más frecuentemente o sepa que gusta más a los clientes?

Mario Rossa: Suele gustar más algo que haya sido proveniente de una experiencia límite, pero una de las obras que más le gusta a la gente es sobre la propiedad privada que me salió después de haber dormido una noche a la orilla del río, porque no tenía nada de nada, ni lugar, ni colchón, ni ropa.

Cuando me desperté a la mañana, salió una poesía sobre la propiedad privada. La escribí pensando en que lo que más nos apasiona de este invento tan humano es jugar a cuatro manos con ser dueño de las tierras, lo cual lleva a muchas guerras en defensa del tirano y si no es con propiedades jugamos con los papeles que nos hacen ser los fieles defensores del sistema, mientras la casa se quema y con ella nuestras pieles. 

EM: ¿Cómo se complementa su labor como docente de filosofía con esta forma de abordar sus oficios?

MR: Bueno están las dos caras: uno cuando llega a una casa, de algún modo, al ser docente sabés que no vas a perder el tiempo, no vas a hablar pavadas. Hay un famoso escrito que se llaman los “Cuatro Acuerdos Toltecas”. El primero de esos acuerdos dice ‘sé impecable con tus palabras, ningún chiste fuera de lugar’. Las veces que lo he hecho, me he arrepentido, hay que cuidar absolutamente el momento de compartir una conversación con las otras personas. Eso es ser docente en los hogares, ajenos. 

Al revés, cuando voy a la escuela muchas veces llevo la mochila y los chicos empiezan a revisar la mochila y preguntan ¿por qué traes esas herramientas?, y les digo que de acá me tengo que ir a trabajar a otro lado, tengo que ir a hacer cosas. Les hago ver la riqueza de multiplicar facetas, descubrir dimensiones nuevas de cada uno de ellos. Otra forma que comparto la docencia con el trabajo es, a veces, dar charlas en los cursos de por ejemplo cómo rinde económicamente ser plomero.  También les enseño de ética de trabajo, que cuando vayan a una casa no se anden fijando a ver dónde está la plata de la gente.

EM: ¿Cuál es el objetivo principal que busca al difundir su poesía de una manera tan poco convencional?

MR:  Llamar la atención y me gusta transmitir lo que yo sé. No me gusta, por ejemplo, leer.  No me llama Borges y no me activa nada internamente, entonces no leo poesía, trato de plasmar mi forma de ver y antes de morirme quiero que quede escrito mi pensamiento. Quiero que mis nietos o las personas que me conocieron no tengan idea de qué era lo que pensaba yo, sino que lo sepan a través de mis escritos.


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