Por: Eugenia Bornancini y Catalina Giliberti IENM – Franco Rodriguez, Nazareno Zuliani y Vicente Peroni 4° IMVA
La natación nunca fue el plan original de Andrea Córdoba, sino que aprendió a nadar para poder rendir el examen de ingreso al Profesorado de Educación Física del IPEF. Por entonces, dominar al menos uno de los estilos de nado era un requisito excluyente.
Así, lo que comenzó casi como una obligación se terminó convirtiendo en un cambio de dirección. Descubrió un deporte que no conocía demasiado, encontró profesores que marcarían su recorrido y entendió que ese mundo en el agua podía transformarse en una forma de vida.
Con el tiempo llegaron las primeras clases como instructora, el trabajo con niños y adultos, y más tarde una oportunidad que terminaría definiendo buena parte de su carrera: hacerse cargo de la pileta Atlantis, en Río Ceballos. Allí, en 2009, comenzó a construir un equipo de competencia que hoy reúne nadadores de distintos niveles, desde quienes recién empiezan hasta jóvenes que apuntan a alcanzar marcas nacionales. «El primer torneo al que fuimos llevamos sesenta chicos», recuerda entre risas. Aquel grupo inicial fue el punto de partida de un proyecto que no paró de crecer.
Un equipo que trasciende los méritos
Andrea entiende que el deporte debe ser concebido de un modo integral, y que, en ese sentido, nadie puede consolidar un equipo en soledad, ni siquiera en un deporte individual. En cambio, confía en el expertise de otros profesionales para consolidar un esquema que incluye a una psicóloga deportiva, una nutricionista y otros especialistas en alto rendimiento, capaces de darle una mirada personalizada y diferente a los recorridos de cada nadador. A su vez, atiende al hecho de que, actualmente la distancia con el deporte de élite busca acortarse cada vez más.

En ese marco, ya no se trata sólo de armar una rutina física o corregir técnicamente a los deportistas; es necesario construir un acompañamiento preciso. «No todos son iguales. Cada uno tiene sus tiempos, sus objetivos y sus dificultades», explica.
Esa perspectiva también la llevó, hace pocos meses, a tomar una decisión importante. Durante muchos años, cuando detectaba que alguno de sus nadadores tenía condiciones para competir en niveles más altos, prefería derivarlo a colegas con mayor experiencia. Sentía que todavía le faltaban herramientas para acompañarlos.
Hoy, con el asesoramiento del reconocido entrenador Daniel Garimandi, comenzó una nueva etapa, orientada al alto rendimiento. Este salto tiene que ver con salir a buscar los grandes objetivos que se proponen sus nadadores .
“Quiero que los chicos compitan en sudamericanos, panamericanos, selecciones. Eso es a lo que vamos, a que cada nadador que se vea motivado a perseguir sus objetivos y encuentre acá las herramientas para alcanzarlo y seguir todo el proceso”, destaca.
La transformación ya empezó a verse. Actualmente acompaña a cinco nadadores cadetes en competencias nacionales mientras otros integrantes del equipo preparan desafíos en aguas abiertas y carreras internacionales.
Al respecto, remarca la importancia de transmitir los valores que rodean al deporte y el placer de compartir, conocer y evolucionar, más allá de las medallas. «Un torneo dura segundos. Lo más importante pasa antes y después: viajar, hacer amigos. Siempre les digo a los chicos que si sienten que no están disfrutando entonces es momento de revisar los objetivos.”

Dos corrientes, el mismo camino
Andrea mantiene parte de su propia rutina competitiva. Entrena tres veces por semana, va al gimnasio y elige desafíos que la motiven, especialmente en la categoría máster. Sin embargo, cada vez que coincide una competencia propia con una de sus nadadores, la decisión aparece casi automáticamente.
«Primero están los chicos”, comenta. Y está claro, esa prioridad no significa que haya perdido el entusiasmo por ponerse un gorro, unos lentes y lanzarse al agua. De hecho, uno de los recuerdos más intensos de los últimos años ocurrió durante un Sudamericano Máster de aguas abiertas.
Hasta entonces había nadado siempre en Córdoba. El mar, en cambio, le generaba miedo, incluso desde pequeña. «Ni siquiera jugaba con las olas cuando iba de vacaciones”, recuerda.
Parte del nado en aguas abiertas y complejas está en trabajar el control mental de la situación. En tal sentido Andrea decidió apoyarse en técnicas de respiración, meditación y visualización para controlar los nervios. Durante la carrera, una serie de olas la empujó hacia la orilla y tuvo que volver a entrar al circuito rompiendo el oleaje.
Para enfrentar sus miedos, Andrea busca proyectar algo o alguien en el punto de llegada. Y a la hora de buscar certezas, la imagen que sobrevuela en su cabeza es clara: «En mis carreras visualizo a mi nono. Fue mi gran compañero y el mayor motivador que tuve», confiesa.
Pensar en él le permitió volver a concentrarse, dejar de lado el temor y terminar la instancia. Esa manera de entender el deporte parece resumir también su forma de vivir la natación. Las metas existen y siempre aparecen nuevas: un Nacional, un Sudamericano, una clasificación internacional; pero nunca ocupan el lugar principal.
Quizás porque Andrea aprendió hace tiempo que una carrera termina cuando se toca la pared, y que el camino dentro de la natación deja huellas que se extienden mucho más allá cuando se apaga el cronómetro.
Descubre más desde El Milenio
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

MÁS NOTICIAS
Victoria Trincado: “La salud se construye colectivamente”
La muerte gestacional, un duelo invisibilizado
Mendiolaza: La comunicación como práctica social
Unquillo: Familias de guarda, un puente hacia un nuevo hogar
«Tunun»: El cine como resguardo y denuncia
Río Ceballos: Encender la escucha, compartir historias
Unquillo: Capoeira, el movimiento de la resistencia
Villa Allende: Reordenar procesos para modernizar la gestión
Unquillo: se inaugurará una muestra de pinturas y dibujos de Cele Oliva y Seba Pairone llamada ¨Refugios Fugaces¨