23 mayo, 2022

El Milenio

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Cosquín 2022: el crossover del rock

Un crossover (cruce) es el encuentro de personajes de diferentes universos que generalmente se usa como maniobra de mercadotecnia. En la última edición del Cosquín de Palazzo, la diversidad de la grilla estuvo en el ojo de la crítica, aunque se cuestionó más desde lo musical que desde lo comercial. A final de cuentas, ¿dónde se pierde la esencia del rock?

El 12 y 13 de febrero, el Aeródromo de Santa María de Punilla volvió a convertirse en la sede de un festival que ya podría considerarse histórico de Córdoba: el Cosquín Rock. Con un clima atípicamente soleado, más de 85 mil personas saltaron, bailaron y gritaron bajo la mirada irónicamente apacible de las sierras.

Como cada año, la apuesta de José Palazzo se renueva y diversifica buscando atraer a las volátiles masas. La edición 22 contó con siete escenarios y un abanico de casi 150 números que incluyó desde clásicos como Divididos, Babasónicos o La Vela Puerca, hasta otros (aparentemente) muy alejados como La Mona Jiménez, Trueno o María Becerra.

Para los puristas del género, la presencia cada vez más notoria de estos otros estilos en el festival constituye un atentado imperdonable a su esencia. El “Cosquín” ya no es más “rock”, se escucha frecuentemente entre los detractores del evento.

La inclusión de artistas del rap, trap y hip hop, como Trueno, fue cuestionada en redes sociales por no ser «parte del rock». Foto L. Argüello.

El cierre de La Mona fue quizás el momento más cuestionado y, al mismo tiempo, el más transversal. Cuando empezó a sonar su voz rasposa en el escenario principal, quienes no estaban esperándolo iniciaron una peregrinación masiva hacia él. Todos y todas, hasta quienes estaban trabajando en las barras o en los puestos sanitarios, periodistas que habían permanecido los dos días enquistados en la sala de prensa, se acercaron a verlo, cantando con los ojos cerrados, bailando al compás de la caminata acelerada.

Lo que para varios fue el sumun de la “desrockización” del Cosquín, para quienes lo vivenciaron fue uno de los puntos más álgidos y emocionantes del festival. El sueño que Héctor “el Perro” Emaides, conocido disquero y productor que inició esta propuesta junto a Palazzo, supo proyectar en 2002, finalmente se hacía realidad, aunque por poco no llegó a verlo.

Foto L. Argüello.

Y es que, para los propios artistas, las fronteras de género no parecen tan importantes. WOS subió a cantar con Divididos, La Mona cerró con Juanse y Miranda bailó con Juan Ingaramo en un crossover de rock, rap, pop, cuarteto, blues y hasta cumbia latinoamericana que, aunque varios reprochen, está presente en el imaginario del festival desde su gestación.

Mundos múltiples

Para quienes no conocen, el predio del Cosquín es inmenso (es un aeródromo, sí) y cada escenario/carpa/estación tiene su propia programación y sonido. Caminar del escenario norte al sur (los dos principales), es pasar de un microuniverso musical a otro.

Podés salir de un Ricardo Mollo cantando “Luz, luz, luz del alma” ante miles de personas y, tras un breve período de confusa transición, aparecer en una pequeña fiesta techno donde un puñado de entusiastas bailotea al ritmo de algún DJ.

Foto L. Argüello.

Múltiples líneas espacio-temporales-musicales se abren en un mismo punto del planeta. Por eso cada quien vive “su” Cosquín y quizás no tenga mucho sentido hablar de “el” Cosquín. Mucho menos pelearse en redes sociales por lo que se supone que debe ser un festival donde, no olvidemos, la premisa es más comercial que musical.

En su presentación, Fito Páez se refirió al Cosquín Rock como un “festival popular”, caracterización debatible tratándose de un evento donde cada entrada vale más de seis mil pesos y un vaso de cerveza cuesta mil (sin el vaso, que son 300 pesos adicionales).

Si se considera que cualquier show de un artista medianamente conocido hoy está por encima de los dos o tres mil pesos (y el CR22 tuvo mucho más que un par), la perspectiva cambia un poco. Aunque no tanto.

Largas colas se formaban en las “atracciones” de los sponsors, ya sea para conseguir uno de los premios de Branca en una pileta llena de cubos de goma espuma o para sacarse una selfie en la plataforma con cámara giratoria de Personal. Mientras tanto, Palazzo paseaba con Patricia Bullrich tomándose fotos con algunos fans improvisados.

Cabe preguntarse si esta banalización lucrativa/política/mediática no le quita más “rock” al Cosquín que los supuestos intrusos de la grilla. “No pienses que esto es solo para señalar al resto / Sé que yo soy funcional al mal que digo que aborrezco / Pero tengo que exorcizar lo que me resulta molesto / Aun sabiendo que cantando no cambio lo que detesto”, grita WOS mientras una multitud corea sus versos.


Ser o no ser

Preguntarse hoy en día qué es el rock puede ser tan debatible como en su momento lo fue la pregunta qué es el arte. Agarre cinco personas en la calle, pregúnteles y verá que es imposible obtener una respuesta uniforme.

Lo cierto es que más allá de las discusiones, hay algo en la esencia del género que aún puede olerse en el Cosquín, en esos pequeños instantes de gloria trascendental donde uno piensa lo afortunado que es por estar ahí. Algo que va más allá de los tecnicismos musicales y que tiene que ver con la rebeldía, con la oposición a lo establecido, a la autoridad y a las estructuras. Incluso a esas semánticas que parecen desprenderse de su propio nombre.

Más allá o más acá de sus intenciones comerciales (tanto de quienes mueven los hilos, como de quienes ponen la cara arriba del escenario), la diversidad de propuestas del Cosquín Rock 2022 les dio lugar a todos y al final reunió a “tinchos” y “rolingas” bajo un mismo pogo.

Foto L. Argüello.

El domingo, mientras el público del sur esperaba a Miranda, se produjo un extraño silencio generalizado en el predio. Una azarosa coincidencia de escenarios secundarios momentáneamente vacíos o demasiado alejados permitió que llegara hasta allí el sonido de Kermesse Redonda, que justo tocaba el clásico más clásico de Los Redondos: Ji, ji, ji.

De repente llegó el estribillo y la energía de ese pogo lejano fue tan grande, que hasta los que esperaban a Miranda, en el otro extremo del predio y del espectro musical, empezaron a saltar cantando “No lo soñééé”. Un rumor generalizado como de cántico futbolero corrió cual ola, recorriendo el aeródromo de sur a norte, recordándole a todos que el Cosquín sigue siendo rock por muchas cosas más que la música.

Que este sonido va más allá de los moldes de un género: es un sentimiento que se comparte, una algarabía rebelde que se lleva a todas partes y se pone muchos trajes. Un mensaje, una bandera, un pogo, un canto que se seguirá colando por los resquicios de la industria, mientras esta le deje un cachito de alma y sus seguidores no se olviden de cuáles son las batallas que realmente importan.

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Ph Lucía Argüello

Sábado 12


Domingo 13