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Vejez, derechos y pandemia: un desafío sin superar

La propagación del coronavirus dejó particularmente expuestas a las personas mayores de 60 años, donde se observaron las tasas más altas de mortalidad. Aunque rápidamente se buscó proteger a este grupo etario, su salud mental y emocional se vio deteriorada por las restricciones y el aislamiento. Además, el contexto reveló otras problemáticas asociadas a los derechos de la vejez, hasta ahora invisibilizadas.

Colaboración y edición: Lucía Argüello.


Una conversación, un abrazo, un encuentro. Con la llegada del coronavirus, estas y tantas otras actividades cotidianas se modificaron de distintas maneras. Algunas simplemente fueron puestas en pausa, otras se reinventaron aferrándose a diversas herramientas para subsistir.

En este inesperado giro de la historia, el mundo entero debió adaptar su rutina y, aunque muchos lograron hacerlo, otros tantos quedaron excluidos en el proceso. En este sentido, uno de los segmentos sociales que más complicaciones enfrentó ha sido el de las personas mayores, las más alejadas de las nuevas tecnologías y, al mismo tiempo, las más afectadas por el Covid-19.

El surgimiento del SARS-CoV-2 se inserta en un contexto particular, marcado por el envejecimiento global. Hoy por hoy, según datos de la Fundación Huésped y de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, dentro de América Latina, Argentina posee uno de los porcentajes más altos de habitantes que superan los 60 años (15,1%).

Sin embargo, aunque representan una parte significativa de la población, las condiciones para la mayoría de este sector están lejos de ser las óptimas. En Argentina, el 75% de los jubilados nacionales cobran el haber mínimo, es decir $23.064. Con todo, la fragilidad de sus condiciones socioeconómicas no es el único problema para las personas mayores, ya que son muchos otros los derechos que día a día ven vulnerados.

La norma ideal

Existen numerosas regulaciones legislativas que apuntan a mejorar la calidad de vida de este grupo etario. La “madre” de estas normativas es la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, a la cual Argentina suscribió en 2017.

La misma promueve y busca asegurar “el reconocimiento y el pleno goce y ejercicio, en condiciones de igualdad, de todos los derechos humanos y libertades fundamentales” de sus destinatarios. El objetivo, entonces, es contribuir a la inclusión plena, la integración y la participación en la sociedad de las personas mayores.

En este sentido, la Organización Mundial de la Salud declaró el decenio 2020-2030 como la “Década del Envejecimiento Saludable”. El concepto apunta a “fomentar y mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez”. “Envejecer de manera saludable no significa envejecer sin enfermedades, sino ser capaz de hacer, durante el máximo tiempo posible, las cosas a las que damos valor”, indica la OMS en su página.

Paradójicamente, llevar un envejecimiento activo y saludable es una posibilidad que se ha visto muy comprometida en el inicio de esta década. «La Covid-19 ha expuesto no solo la fragilidad de los adultos mayores, sino la de los sistemas y entornos que los rodean», declaró Enrique Vega, jefe de la Unidad de Curso de Vida Saludable de la Organización Panamericana de la Salud.

“Desde antes de la pandemia, los derechos de las personas mayores han sido vulnerados, quizás de una manera solapada, que generalmente pasaba desapercibida. Ahora han quedado más expuestas esas situaciones”, coincidió con preocupación Mayra Marcuzzi, psicóloga y gerontóloga comunitaria cordobesa, en diálogo con El Milenio.

Del dicho al hecho

En las sociedades contemporáneas se observa un cúmulo de conductas negativas hacia la vejez, algunas más conscientes o visibilizadas que otras. Los estigmas que rodean a esta etapa de la vida se denominan “viejismos”, “una forma de discriminación y maltrato ejercida simplemente por cuestiones de edad”, en palabras de Marcuzzi.

“En esta sociedad occidental y mercantilista, todo aquello viejo o en desuso es considerado inútil. Además, hay una exacerbación de la belleza vinculada a la juventud, la frescura y lo terso”, indicó la profesional sobre el origen de estos modos de segregación.

“Si lo traducimos a la vida cotidiana, nos referimos a esas expresiones donde uno atribuye características malas a la persona mayor”, continuó. Así, frases como “chapado a la antigua”, “estás hecho un nono” o “se viste como viejo” son claros ejemplos de estas concepciones desfavorables vinculadas al envejecimiento extendidas en nuestra sociedad.

Se trata de una discriminación cruelmente irónica, ya que, como remarcó la psicóloga, esta marginación “es la única que ejercemos hacia nosotros mismos a futuro”. “Generalmente se excluye a un otro, pero en este caso no estamos exentos de ser ese viejo que rechazamos”, especificó en esta línea.

Queda en evidencia que más allá de los avances legislativos y los tratados internacionales, hay un largo camino por recorrer a nivel social en torno a la vejez. Así, una nueva mirada que resignifique este momento vital se vuelve imprescindible, sobre todo, en los tiempos que corren.

“Para incluir a los mayores es importante considerar que se está hablando de personas y, como tales, tienen poder de decisión, autonomía e ideas, son seres creativos. Solo de esta forma podremos salir de la idea de vejez como etapa final de la vida”, aconsejó Marcuzzi.

En primera persona

“El riesgo aumenta con la edad” fue la consigna transversal durante los primeros meses de pandemia, entre la incertidumbre y el miedo generados por la aparición de una enfermedad desconocida. El mundo se frenó con el aislamiento y, en medio de todo, se revictimizó a las personas mayores, que perdieron las pocas actividades que las mantenían activas, la posibilidad de encontrarse con sus afectos y, en muchos casos, su poder más básico de decisión. 

“Hubo una clara vulneración de derechos en las cuestiones que tienen que ver con la participación, el acceso a la información y a los sistemas de salud”, evaluó Marcuzzi y reflexionó también: “Llegó un punto donde la autonomía estuvo fragilizada en extremos nunca antes vistos”.

En Sierras Chicas, muchas personas mayores acusaron recibo de este panorama. “Fue muy duro el cambio que trajo la pandemia, costó mucho adaptarse, extrañar actividades que hacíamos antes y estar encerrados todo el tiempo”, declaró Nélida Della Torre, jubilada y vecina de Río Ceballos. Asimismo, lamentó las adversidades que debió sortear para conseguir atención médica en este contexto.

Por su parte, Cristina Giménez, vecina mayor de Unquillo, señaló que le hubiera gustado tener la posibilidad de hacer “movimientos normales” al menos una vez a la semana, para “ir al doctor, a la farmacia o pagar una factura”. A su vez, criticó que el servicio de transporte público fuera interrumpido, lo cual le impidió cumplir con sus diversas tareas.

Estas voces reflejan la vivencia de una gran parte de la población mayor, personas que se sintieron “presas en sus propios hogares”, como contó la profesional Marcuzzi. “En lo privado y lo público, las capacidades más básicas y mínimas se vieron afectadas. El cuidado se transformó en privación de estímulos”, señaló.

Cuidados, pero no escuchados

Este panorama se agrava cuando se observa al subgrupo de personas mayores que transitan su vejez en residencias de larga estadía. “Por una conjunción de factores, hay un deterioro distinto y más pronunciado de quien está institucionalizado con respecto a quien está en su casa”, aseguró Marcuzzi.

Estela (se utiliza un nombre alternativo para preservar su identidad), psicóloga jubilada, reside en un geriátrico de Sierras Chicas y confesó que a lo largo del último año pasó por diversas etapas. “En primera instancia, me sorprendió y me dio impotencia. Después sentí que tenía que cuidarme mucho y, por último, lo acepté. No tengo otra salida más que, dentro de mis posibilidades, pasarla lo mejor posible”, comentó la mujer.

En su caso, Estela cuenta con una herramienta de la que muchos de sus pares no disponen: la tecnología. Leer, ver videos en el celular, compartir información, mirar películas en Netflix y utilizar plataformas de mensajería para conversar con sus amigas, le permitieron mantenerse activa.

Esto se complementa con algunas propuestas que, entre idas y vueltas, se han sostenido dentro de la residencia geriátrica, como gimnasia, manualidades y taller de cocina. Sin embargo, desde marzo del año pasado, los residentes no pueden salir de la institución (salvo por cuestiones médicas excepcionales) ni tener contacto directo con sus familiares, que sólo pueden verlos a dos metros de distancia, sin ingresar al interior del edificio, o a través de ventanas cerradas con vidrio o plástico.

“Yo pasaba prácticamente medio día fuera del geriátrico. Extraño los encuentros con mis amigas, poder visitar a mi hijo. Él viene una o dos veces por semana, me manda fotos y hablamos, pero no es lo mismo. Para mí es vital el contacto físico, es parte fundamental de la salud mental y es justamente lo primero que está prohibido. El protocolo es así y lo demás no se tiene en cuenta”, contó Estela.

Asimismo, reconoció que, aunque se siente cuidada, no se siente escuchada. “En algunos aspectos institucionales sí, pero en otras cosas, lo que tiene que ver con lo emocional, lo situacional, lo humano; no”, explayó. 

Consultada sobre qué le gustaría hacer si tuviese la posibilidad, Estela afirmó: “Me juntaría con mis amigas, vería a mi hijo y quizás haría algún curso, porque ya tengo los ojos cansados de tanta pantalla”. Aunque Estela sostiene que el celular se ha convertido en “su supervivencia”, el prolongado confinamiento agota sus reservas de ánimo y paciencia. “La falta de libertad, sentir que no tenés alas, que no tenés opción, es algo muy duro”, concluyó.


¿Cómo referirse a la vejez? 

La psicóloga y gerontóloga Mayra Marcuzzi señaló que el viejismo está presente “ante todo en el lenguaje”, que perpetúa imaginarios negativos acerca de las vejeces. Con el propósito de concientizar al respecto, instituciones como la Defensoría del Público y PAMI lanzaron guías para comunicar responsablemente acerca de las personas mayores, como también para dialogar horizontalmente con ellas.

Entre algunas de las recomendaciones, se sugiere dejar de lado los términos “jubilados” o “abuelos”, aplicados de manera descontextualizada y genérica, ya que reducen las identidades de las personas y les aplican etiquetas o roles que no siempre se corresponden con la realidad. También se enfatiza evitar el uso de diminutivos como “viejito” o “ancianito”, que aluden a una posición de inferioridad, así como las expresiones paternalistas e infantilizantes. 

Aunque la expresión “adulto mayor” no es incorrecta, se basa en la perspectiva de un solo género (el masculino). Por eso se recomienda hablar de “personas mayores”, un concepto neutral y con enfoque de DD.HH. Igualmente, las recomendaciones también apuntan a desestimar el uso de frases e imágenes que asocian al envejecimiento con la pasividad, la inactividad, la improductividad y la tristeza.

Por último, es prioritario reflejar la heterogeneidad de este grupo etario, respetando y visibilizando su diversidad. Como cualquier otra etapa, la vejez incluye a personas con distintas tradiciones, costumbres y trayectorias, aspectos que deben reconocerse al referirse a ellas.

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