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El folklore en la era del streaming y el trap

Desde su casa en Unquillo, Julio Paz charló con El Milenio sobre cómo lo afectó la cuarentena y se reconoció detractor de los conciertos virtuales. A 35 años del nacimiento del Dúo Coplanacu, la histórica dupla folklórica esperará a que pase el temblor “para festejar como corresponde”. Mientras tanto, el bombista reflexionó sobre los nuevos géneros musicales y el rol de la juventud en el contexto actual.

Colaboración: Valentina Solís y Fabricio Marques (6to IENM). Marcos Soirefman, Joaquín Cortés Funes y Tomás Sgariglia (6to IMVA).


El público del XXIX Festival Nacional de La Salamanca, celebrado en Santiago del Estero los primeros días de marzo del año pasado, tuvo la fortuna de asistir a lo que sería el último gran concierto folklórico a estadio lleno antes de que la cuarentena se instalara en el país.

Para el Dúo Coplanacu, presente en aquel escenario, el honor fue aún mayor. “Asistieron más de 16 mil personas, todas cantando y saltando al ritmo de las chacareras. Fue como una despedida, ¡me da miedo pensar que haya sido una despedida!”, cuenta entre risas Julio Paz, quien junto a Roberto Cantos constituye el reconocido dúo folklórico que este 2021 cumple 35 años de trayectoria.

Fue una hora y media de cantar al palo con la gente, terminamos súper agotados, más con un público tan intenso como el de Santiago”, recuerda Julio con especial cariño y adelanta a El Milenio que esperarán un tiempo para festejar su aniversario, ya que les parece inconcebible hacerlo vía streaming. 

Para nosotros el público es algo sagrado. Es totalmente distinto cantar por Zoom donde con suerte tenés al camarógrafo siguiendo el compás con el pie. Nuestro público es popular, la gente que está al fondo bailando, mandando saludos y pidiendo temas a los gritos. Entonces no, no podemos festejar por una plataforma virtual, preferimos esperar hasta que podamos celebrarlo como corresponde, aunque sea en tres años”, afirma el hombre radicado en Unquillo hace varios años.

Para mí (con la virtualidad) se pierde la gran sensibilidad y vinculación humana que existe con el público”, reflexiona. “Espero que esto sea una pesadilla nomás y que en un futuro digamos ‘Che mirá lo que nos tocó vivir’. Pienso que el hombre ha logrado salir de momentos más difíciles y creo que esto es la primera prueba de un drama global”, aventura el músico. 

Folklore y trap


Julio se define como fiel defensor de la música folklórica, una expresión cultural que atraviesa divisiones sociales, generacionales y partidarias, pese a que “algunos políticos pillos” quieran apropiarse de lo que la música genera en las personas.

Muchas veces los pueblos están divididos por grietas sociales, pero el folklore tiene la virtud de juntar a todos en pos de algo positivo, incluso a personas de distintas edades, cosa que no ocurre con el rock o el trap. En el norte, tenés chicos de 15 a 25 años que te hacen pogo con una chacarera”, cuenta el reconocido bombista.

Aunque asume con orgullo su lugar en el espectro musical, confiesa que en los últimos años ha comenzado a comprender y apreciar expresiones como el trap, género que su hijo mayor (cantante y compositor) le metió “a martillazos” en la cabeza.

Debo reconocer que es una música de los jóvenes, el mensaje que buscan trasmitir es muy propio de los problemas de su tiempo. No voy a pretender que canten una zamba de Manuel Castilla”, comenta entre risas el entrevistado. “Muchos de los chicos que hacen trap salieron de ámbitos muy duros de la vida, para mí surge como una poesía de rebelión”, reflexiona.

Desde la mirada del músico, las letras traperas son potentes porque dejan ver lo que está viviendo la juventud actual, atravesada por una pérdida de individualidad y el deseo de ser reconocida y escuchada. “El trap le canta a la sociedad las cosas duras de la vida”, sintetiza.

Reinventarse en pandemia


Aunque Julio sabe que “el arte es algo que siempre está con uno”, reconoce que la situación de aislamiento lo afectó bastante a nivel expresivo. “Muchas veces no me dan ganas de agarrar el bombo o la guitarra porque siento que estoy atrapado o encarcelado, y el arte no puede estar limitado”, apunta mientras ruega por la llegada de tiempos mejores para todos los artistas.

Con los pinceles tampoco tuvo mayor suerte. “¡El último año no agarré ni un lápiz!”, se lamenta. “Pintar y cantar son algo sagrado para mí, me gustan ambas cosas, aunque una es pública y la otra no. Pintar es un canal de expresión y satisfacción personal, me lleva por los caminos de la emoción. Esta situación me afectó de una manera que no quise pintar”, expresa.

Aunque alejado de los escenarios y el streaming, Julio no permaneció quieto durante el 2020, sino que encontró placer y tranquilidad en otro tipo de actividades. “La pandemia me permitió recibirme de panadero”, cuenta con orgullo. “Mi vida antes era salir los jueves y volver el lunes. Estar en casa me permitió ejercitar la paciencia, la solidaridad y el cariño con la familia”, añade.

Mi mujer es chef, así que todos aprendimos a cocinar. Hicimos arreglos en el hogar, mantuvimos la huerta y acondicionamos la casa de verano, donde pasamos la temporada anterior”, cuenta el vecino de Unquillo. “Y les doy un consejo: aunque les parezca hippie, hay que plantar árboles. En cada lugar donde se pueda, ¡hay que hacerlo!”, añade con firmeza.

Para el cantante, esta consigna es parte de un futuro humano más armonioso. De hecho, sostiene que no confía en “la gente grande” para salir del problema de la pandemia y piensa que la verdadera respuesta llegará con los más jóvenes y sus ganas de lograr un cambio. “Está en manos de los chicos la solución de todo esto, de los jóvenes que no se dejan contaminar con esos pensamientos funestos de que el coronavirus llegó para exterminar a la gente”, señala.

Decían que con la pandemia iban a salir cosas buenas, pero de la gente grande está saliendo lo peor. Por eso tengo muchas esperanzas de que los jóvenes se preparen y vean cómo van a resolver este merengue que le estamos dejando”, afirma con confianza al cierre de la entrevista.

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