En Polinesias, la olla popular “Revolviendo sueños” entrega más de 150 raciones de comida todos los martes y suma familias semana a semana. La iniciativa, sostenida a pulmón por sus actores y las donaciones de la comunidad, busca combatir la necesidad alimenticia que crece en los sectores vulnerables, al tiempo que se convierte en un espacio de encuentro para los vecinos de un barrio olvidado por el Estado.

“¿Qué van a hacer de comer esta noche?”, me pregunta con curiosidad y algo de desconfianza la cabecilla de un grupo de niños que corretea alrededor del auto mientras estaciono. Son las seis y media de una tarde/noche inusualmente cálida para principios de agosto, todavía faltan un par de horas para que empiecen a repartir las porciones de comida en la casa de Paola.

Adentro, en el patio de tierra, un fuego arde entre algunas plantas polvorientas, gallinas, un par de caballos, montones de leña, perros de todos los tamaños y más niños. En un tablón que hace las veces de mesada, un variopinto grupo de personas cortan verduras mientras intercambian chistes a través del barbijo. Al fondo del terreno, sobre una loma bien alta, brillan las luces del cerco perimetral de algún barrio privado.

Guiso de lentejas es el menú de este martes en la “Revolviendo sueños”, una olla popular que nació, cual fénix, en circunstancias bastante adversas, el día que la vida de Paola dio un vuelco que podría haber sido fatal, cuando su ex pareja prendió fuego la casa de barrio Polinesias donde vive hace quince años. Por suerte, ni ella ni sus dos hijos se encontraban dentro de la vivienda cuando ocurrió, pero ese 15 de mayo el fuego devoró todas sus pertenencias, dejando únicamente las paredes ennegrecidas de lo que había sido su hogar.

En medio de la desolación, cuando la respuesta del Estado se limitó a una orden de restricción y un botón antipánico, fue “la gente”, como cuenta Paola, quien la ayudó. Su historia se difundió a través de las redes y así aparecieron Marta, Celeste, Víctor, Nilso, Eugenia y otras tantas personas dispuestas a colaborar.

La cruda realidad de Polinesias en plena pandemia, les hizo pensar en la posibilidad de hacer algo más y, a pesar de las circunstancias, cuando le sugirieron a Paola la idea de armar una olla popular en su casa, no dudó en aceptarlo. “Si ellos me ayudaron a mí, ¿por qué yo no voy a poder ayudar a los demás? Cuando me quemaron la casa, la única solidaridad que tuve fue la de la gente. Si puedo dar una mano, a pesar de todo, la doy con gusto. Aunque no tengo trabajo, por lo menos pongo el espacio”, explica Paola con naturalidad, mientras corta papas en una tabla de madera.

Una comida menos


A más de cuatro meses de lucha contra el nuevo coronavirus que azota al mundo, la emergencia sanitaria ha evolucionado en una crisis económica que golpea a todos los sectores de la sociedad, aunque sin duda, para los más vulnerables, el martillazo cae con más fuerza.

En julio, el presidente Alberto Fernández señaló que la pobreza «está rondando el 40%», porcentaje que podría elevarse al 50% para fin de año, según indican varios organismos públicos y privados. Un informe reciente de Unicef estima que Argentina finalizará este año con casi 63% de la infancia en situación de pobreza. Las proyecciones presentadas a principios de agosto alertan que, entre diciembre de 2019 y diciembre de 2020, la cantidad de niñas, niños y adolescentes pobres pasaría de 7 a 8,3 millones.

“Hay gente que estaba mal, pero nunca tuvo que pedir un plato de comida. Ahora la situación es distinta”, resume Paola. “Las familias que tienen muchos hijos ya no saben qué hacer, el otro día una chica me dijo ‘a mí me salva la olla’. En el barrio ya esperan con ansias que llegue el martes, porque es una comida menos de la que tienen que preocuparse”, continúa mientras vigila que no le echen mucha sal al guiso.

En medio de la tormenta, la solidaridad se convierte en un faro de esperanza para muchos. “Esta olla está en pie gracias a un montón de personas que colaboran con donaciones, gente que entiende que el otro la está pasando mal. Es una red amplia, donde el único objetivo es ayudar a los demás, no hay interés político, ni económico, ni ningún tipo de rédito personal”, aporta de su lado Víctor, docente, trabajador social, vecino de Villa Allende y encargado de mantener vivo el fuego donde ya burbujean las lentejas.

“No vamos a decir que satisfacemos una demanda como la alimenticia, pero tratamos de aportar algo. Por lo menos una vez por semana hay un plato de comida asegurado”, afirma mientras revuelve el contenido de la olla con un palo que funciona como cuchara.

El plato es bien completo: aparte de las lentejas, incluye papa, zanahoria, cebolla y hasta carne (el ingrediente más difícil de conseguir). “No servimos un plato de arroz así nomás, tratamos de hacer comidas nutritivas. Nosotros cocinamos como si estuviéramos en nuestra casa”, sostiene con orgullo el docente devenido en cocinero.

“Esta es una olla que se basa profundamente en lo humano, en el amor y en la empatía. Creemos que la solidaridad pasa por ahí y a esta sociedad a veces le cuesta entender eso: no es dar lo que te sobra o está de más, sino ponerse realmente en la piel del otro”, señala con convicción.


“Esta es una olla que se basa profundamente en lo humano, en el amor y en la empatía. Creemos que la solidaridad pasa por ahí: no es dar lo que te sobra o está de más, sino ponerse realmente en la piel del otro”. Víctor, docente y trabajador social.


A un costado


En Polinesias, las calles de tierra suben y bajan abruptamente, mientras una solitaria vía asfaltada serpentea atravesando el barrio. Un abanico diverso de casas se despliega cuadra a cuadra, salpicadas de algún kiosco o almacén. Hay caballos, motos, perros, niños que juegan entre montones de basura a medio quemar y vecinos que miran con recelo a los extranjeros.

Es un barrio disperso, humilde y olvidado, escondido a la vera de la Elpidio González, saliendo de Villa Allende por el camino al Pan de Azúcar. Para muchos, Polinesias es sinónimo de zona roja y más de uno ha pasado toda su vida en la “Capital Nacional del Golf” sin pisar nunca sus calles.

Desde adentro, por supuesto, la mirada es otra. “Este lugar es re tranquilo, yo nunca tuve problemas”, dice Paola, aunque más tarde se quejará por una gallina que le robaron. “Acá lo que más falta es un poco de apoyo a la juventud y a la infancia, los jóvenes están muy tirados. Y hay chicos buenos, inteligentes, pero no tienen nada que los incentive”, me cuenta con frustración. A pocas cuadras, el edificio del IPEM 410, que el año pasado se trasladó al vecino barrio Industrial, yace abandonado junto con las promesas de proyectos que se suponía que iba a albergar.

Sentada con un mate en la mano, Paola habla con orgullo de sus hijos. La más grande ya terminó el secundario (vivía en Cosquín, pero se volvió cuando perdió su trabajo) y el más chico, con 17, trata de sostener a duras penas las clases a distancia mientras hace changas para mantener a la familia. “El problema es que se le quemaron las cosas del colegio y además por ahí termina muy cansado después de cortar y vender leña”, apunta con un dejo de preocupación.

“El principal problema es la falta de trabajo y la precarización laboral, que esta pandemia visibilizó y agudizó”, dice Nilso, otro actor de la “Revolviendo sueños”. “La única forma de subsistir es como albañil, carrero, vendiendo leña, haciendo changas o con algún trabajo estacional. Las políticas públicas son pocas y no se ajustan a las necesidades reales de la gente, hacen foco en la asistencia, y el asistencialismo es pan para hoy y hambre para mañana”, explica el profesor de Educación Física y pedagogo social, que actualmente vive en La Calera.

“Los centros educativos están lejos, en este momento no hay ni colectivos y ni hablar del tema de la conectividad. Está todo por hacer, se necesita compromiso de la gente, pero también una auténtica presencia del Estado. Hay muchos jóvenes que ni estudian ni trabajan y viven en una situación de esquina casi permanente, sin un proyecto de vida”, coincide su colega, Víctor.

“Todo está en la Villa, pero los chicos de acá, del barrio, no pueden ir al centro, porque los para la policía, la gente los mira mal. Eso te saca las ganas, te desmotiva”, agrega Paola. “Polinesias está olvidado por la Municipalidad y por todos, se acuerdan de nosotros cuando hay que juntar votos nomás. Cuando empezó la cuarentena, estuvimos meses sin recolección de basura. Polinesias no existe”, remata con una mezcla de enojo y resignación en la voz.


“Hay gente que estaba mal, pero nunca tuvo que pedir un plato de comida. Ahora la situación es distinta, las familias que tienen muchos hijos ya no saben qué hacer. En el barrio ya esperan con ansias que llegue el martes”. Paola, vecina de Polinesias.


Animarse a soñar


Entretanto, la “Revolviendo sueños” se va convirtiendo en un espacio de encuentro para sus integrantes y una luz de esperanza para un barrio abandonado por los diferentes gobiernos y carente de organizaciones sociales. Mientras se ultiman los detalles de la comida, Paola mira alrededor y sonríe: “Ellos me han ayudado muchísimo, me escuchan, charlamos, nos divertimos, me despabilo. Sabés que viene el martes y eso te motiva. Aparte es lindo porque conocés personas que te pueden ayudar sin ningún interés y darle una mano a gente que realmente lo necesita”.

Así, en ese modesto patio de tierra, los vecinos salen de la apatía y el aislamiento para comenzar a forjar vínculos. “De a poco la gente se va acercando. Este es un proceso que, en lo social y lo cultural, lleva tiempo. Queremos que las familias vuelvan a creer, que los vecinos se apropien del espacio y se abran las puertas para generar otro tipo de proyectos”, explica Víctor y afirma: “Lo importante es el encuentro, se ha conseguido una vinculación muy positiva entre todos los actores que forman parte de la olla”.

Por ahora, el objetivo a corto plazo es sostener la ración semanal, lo cual es un trabajo constante y un logro del que están orgullosos. “Nos quedamos cortos haciéndolo sólo los martes. Con mi hija pensábamos hacer un merendero, pero necesitaríamos más donaciones, conseguimos lo justo para hacer una vez por semana y raspamos la olla. Si pudiera hacer más, lo haría con mucho gusto”, se lamenta Paola y cuenta que a veces cuesta conseguir donativos. “Mucha gente descree del que va a pedir. Por eso yo prefiero que donen mercadería antes que plata, es más transparente”, añade.

A las ocho y media, cual pregonero, Víctor se asoma a la vereda gritando “¡La olla! ¡Vengan a la olla!”. Rápidamente, la gente se congrega en la entrada de Paola. La mayoría son niñas y niños, atraídos por los gritos y el olor a comida caliente que cruza por el cerco de alambrado y lona.

Ciento cincuenta raciones se van esa noche a los hogares de cuarenta familias, quizás un poco más. Con sus tres meses de vida, la olla lucha cada semana por sobrevivir y se anima a soñar con convertirse en un espacio de unión y nuevas iniciativas para Polinesias. Como dice Paola, “si ponemos un poquito cada uno, podemos hacer mucho”.

Donaciones


En la “Revolviendo sueños”, toda ayuda es bienvenida. Actualmente, la principal demanda son alimentos no perecederos (arroz, fideos, polenta, lentejas, sal, aceite, puré de tomate, etc.) y carne. Asimismo, piden donaciones para ayudar a reconstruir la casa de Paola, desde ropa hasta muebles o electrodomésticos. Teléfonos de contacto: 3543 572048 (Víctor) y 3513 413291 (Celeste).