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El milenio

10 años conectando Sierras Chicas

Un diálogo entre poesía y periodismo

Desde joven, Manolo Lafuente se enamoró de Unquillo, y aunque muchos sospechan que fue la naturaleza circundante el motor de su inspiración, este creativo periodista y a su vez escritor de prosas, sostiene que no es así. En diálogo con El Milenio, contó sobre su vida y sus experiencias en los medios cordobeses.

  • Por Amira López Giménez. amiralopez@elmilenio.info
  • Celina Fernández y Yasmín Lo Preiato. 4°A IMVA.
  • Abril Lirusso y Candela Corso. 4°B IENM.
Entre los numerosos trabajos y estudios de Manolo Lafuente se encuentran las carreras de Ciencias de la Información y Ciencias Económicas, que realizó en la Universidad Nacional de Córdoba.

Nacido entre los tangos de Buenos Aires durante los agitados tiempos del año 1945, Manolo Lafuente se describe como un ex “9” y un ex DT, recordando su amor por el fútbol, el mismo amor que años más tarde le abrió algunas puertas, durante su carrera, en el periodismo cordobés. También se considera un “ex abrupto, a veces. Lacio, otras. Versero de versitos. Prosaico sólo en letras”. Así se auto denomina uno de los pocos profesionales mediáticos que supo combinar los vaivenes del periodismo con la simpleza del ser humano, la reflexión y los vuelos literarios, propios de la poesía, dejando su sello e inconfundible estilo en diferentes medios.

En sus inicios formó parte de la única revista dominical publicada por el prestigioso diario “Los Principios”. Ahí descubrió su amor por los reportajes. También colaboró en la revista “Hortensia”, un medio gráfico que dedicaba sus páginas al humor picante, propio de la provincia y que alcanzó su máximo de consumo en el exterior del país.

La carrera periodística de Manolo Lafuente le ha dado numerosas alegrías y la oportunidad de conocer a grandes referentes de la música, el arte y la literatura, como Atahualpa Yupanqui, Facundo Cabral y Eduardo Galeano, Marcel Marceau, y Sandro Pertini, entre otros. Además de haber forjado una amistad con Galeano, se identificó con los “sentipensamientos”, término cuyo significado tiene una larga historia de equilibrio perfecto entre el sentir y el pensar y, hoy día, se convierte en la huella de Lafuente en numerosas columnas, tantos radiales como televisivas. 

“Lo que cambió mucho es que antes había un compañerismo, una bohemia que ahora no existe. Cuando ingresaron las computadoras se acabó el contacto, antes se hablaba entre todos y ahora solamente se comparte el espacio”. 

El Milenio: ¿Cuáles fueron tus primeros pasos en comunicación?

Manolo Lafuente: Comencé a escribir de chico, siempre tuve ese impulso. Escribí desde el primario y siempre me salió una especie de prosa poética. Después, un vecino de San Vicente que trabajaba en una revista que era a color en el año 78 (en ese momento era toda una novedad en Córdoba) me hizo entrar allí. Era del diario Los Principios, que era conservador, entre los curas y los milicos. Llegó a publicar 40 mil ejemplares por tirada, una barbaridad. El color era toda una novedad y como era nuevo, había cierta libertad para escribir.

A mí, el género que más me gusta es la entrevista. Generalmente hacía notas a artistas, escribía sobre música popular o poesía. La revista duró un año y entonces nos pasaron al diario que andaba mal, pero en deporte, incluso, le ganaba a La Voz del Interior; entonces cuando vi que había un resquicio (les voy a dar un consejo: cuando vean un resquicio mándense, porque siempre hay tiempo para escapar) empecé a escribir sobre fútbol, cosa que siempre me gustó, aunque he jugado mal, dirigí bien como DT. Por entonces me llamaron de La Voz, para escribir sobre arte y espectáculos. O sea que trabajaba a la mañana de 10:00 a 16:00 hs en la Voz y en los principios de 18 a 00hs de la noche, esa fue la experiencia en la prensa gráfica.

También, durante ese tiempo, tuve el honor de escribir en Hortensia, una revista humorística que dirigía Cognigni, que fue un fenómeno total. Era extraordinaria, en un momento llegó a tirar 300 mil ejemplares, más que Gente, es un género muy particular y muy cordobés. La otra cosa extraordinaria era que se vendía más en el exterior, por esa cuestión de la nostalgia. Los cordobeses que estaban afuera, se morían por tener un gusto a peperina que parece que estamos atrapados por ella. Ahí escribía de todo, pero en general, hacía reportajes a tipos como Les Luthiers, Yupanqui, Facundo Cabral, gente importante. No era mérito mío sino del fundador. Bajo la protección de él, crecieron Cristóbal Reynoso que dibuja todavía en Clarín y Fontanarrosa que murió hace unos años. Él les dio un empuje y está el Negro Ortiz, que también dibujaba en La Voz con chistes gráficos de opinión.

Cuando murió Cognigni, como sucede siempre que hay un líder fuerte, se acaba el proyecto. Es como que nadie pudo suplantarlo. Se hizo una especie de consejo de redacción que éramos 4 o 5, pero el carisma del gordo era intransferible, no había caso.

EM: ¿Cuáles considerás que son las bases de tu carrera?

ML: A mí la radio siempre me gustó, siempre fui oyente de radio y en ese momento la tele, que ahora está medio en declive, comparada con otras redes sociales, tenía una polenta especial así que también me gustaba.

Una vez vinieron Silvio Rodríguez y Pablo Milanés a cantar, y Mario Luna (Locutor de radio) quien tenía el mejor programa de rock, que se llamaba Alternativa, nos invitó después del concierto a Horacio Sosa (músico), Maximiliano (productor) y a mí, como periodista. Viste que hay días en que estás más inspirado que otros, y ese día estaba inspirado. Mario me preguntó si no había hecho nunca radio y le dije que no y me insistió para empezar. Me pusieron en un programa que era de los mejores. Un poco fue suerte, porque en esto, aunque no parezca, hay muchos egos y todo eso. En el papel el único capital es la firma, en la radio la voz y en la tele la imagen.

Empecé en radio y después en la tele, estuve en Telemanías que era un programa muy popular y ahí también tuve suerte. Era la época del gobierno de Alfonsín y había emergencia eléctrica entonces los canales empezaban a transmitir a las seis de la tarde y Telemanías duraba seis horas y yo cerraba el programa. Salía en las gradas hablándole a la cámara y haciendo un monólogo con las luces bajas. Tuve suerte, porque a mucha gente no le gustaba Telemanías porque era muy popular, todo un pecado, pero después de las 00:00 daban una película relativamente buena entonces había gente que se prendía para ver la película y se peleaban y sumaban los dos públicos. Siempre me gustó ese personaje, El hombre de la Calle, era como el hombre común. La tele era mucho más lenta y no como ahora que están esos programas donde hablan todos al mismo tiempo.

Después de la radio trabajé con el Lagarto, y después armamos un equipo donde hicimos hasta radio teatro. Era un trabajo pesado, había 5 o 6 obras en cartel. Las iba a ver a todas y elegía diálogos donde debía sintetizar, en pocos minutos, el espíritu de la obra, y que los propios actores decían al aire. En ese programa Dicho y Hecho fue en el único en el que Horacio Verbitsky, para mí el mejor periodista argentino, laburó para radio en Córdoba.

“…uno se tiene que hacer valer, si te entregás enseguida, por lo que fuere: por la cama, la guita, hay millones de maneras de entregarse, quedás preso para siempre, porque ya saben que sos así y te manipulan. Es más difícil el otro camino, llegarás menos lejos, ganarás menos plata, eso depende de cada uno”. 

EM: Contanos sobre el “alma libro”

ML: Sí, eso fue lindo, me equivoqué en una cosa porque salió en noviembre y como es un calendario tuvo vigencia ese breve tiempo. Comencé buscando 12 personajes, no sé mucho de astrología y me costó una barbaridad. Por ejemplo, del mismo signo son Borges y Cortázar. ¿A quién ponía? Creo que son los dos mejores de la literatura argentina y hay otros muy buenos también, así que al final me dije a mi mismo: ¡loco, poné al que más quieras vos, por cariño! Entonces puse a Cortázar.

Por cada personaje hay en dos páginas enfrentadas, un perfil ilustrado por mí y la caricatura de un hijo de una ex compañera.

Entre otros están Facundo Quiroga, José Artigas, el Chacho Peñaloza. Agregué a Deodoro Roca que ahora está muy nombrado por la Reforma Universitaria. Él fue el cerebro de la reforma, un tipo olvidado, que a mí me pareció fundamental.

También están Horacio Quiroga, homónimo de Facundo, pero escritor uruguayo, y Roberto Artl pedazo de escritor y de personalidad, hace 2 o 3 años hicieron una adaptación de sus escritos en televisión, muy linda.

Es mi único libro y ahora tengo uno por la mitad que quería tener para fin de año, pero me parece que no llego. El título es “Autobiografías no autorizadas de otros” ahí mezclo todo, historias que son reales, pero de distintas épocas y puede ser un libro más entretenido.

EM: ¿Qué sería lo mejor y lo peor de estar en los medios?

ML: Según mi punto de vista, el haber conocido gente que de otra manera no habría podido ni rasguñar. Tipos grosos, como el mimo francés Marcel Marceau, al que se le podía ver el aura, impresionante. Me conseguí una entrevista exclusiva con él que era difícil para televisión. Mis compañeros me decían: Manolo, despacito porque es un hombre grande.

Cuando llegó, saludó a todos…me emocioné y con mi espantoso francés le dije: ¿Usted es Marcel Cerdán? Y él me dijo: No, yo apenas soy Marcel Marceau. Marcel Cerdán era un boxeador histórico, novio de Eddie Piaff, la mayor cantante de Francia de todos los tiempos. Ya con eso quedó una cosa de simpatía, ya había un vínculo que es lo que hay que tener cuando se hace un reportaje, empatía. Los primeros 10 minutos se trata de romper el hielo porque siempre están las cosas medio duras. Luego, una siestita.

Entonces le digo a la traductora, que era suiza y linda, que no iba a hacer pregunta- respuesta. Así que, si él quería, en vez de contestar podía actuar las respuestas y dijo que sí. Baja Marceau de su siesta y me dice en francés… sin gestos… Pero era tan fuerte su vocación y su instinto que a la segunda pregunta ya estaba haciendo gestos para todos lados y algo rarísimo, es que se prende como una luz tras de sí y no había ninguna luz. Como si fuera un aura, impresionante. 

Terminé conociendo un montón de gente que me enriquecieron una barbaridad y de algunas, sigo siendo amigo.

Lo peor. Una vez un yanqui dijo que el único periodista afortunado es el que trabaja en un medio cuya ideología es parecida a la de él, porque por ahí te toca trabajar en un lugar que no piensan como vos o vos no pensás como ellos, la libertad de prensa es algo relativo.

A mí nunca me tocó, ni siquiera con los milicos me tacharon una palabra, porque sabían que si me tachaban yo rompía todo. Creo que la palabra es un capital, porque es uno el que firma. En los medios gráficos cuando se firma la nota el responsable es uno mismo, finalmente te van a hacer juicio a vos y no al diario ante cualquier cosa.

Pero, como la objetividad no existe y todo es subjetivo, algo que es pasable o soportable si no hay mala intención. El problema es cuando se tuerce la realidad para un beneficio propio, aunque siempre se escribe desde algún lugar político o de opinión. Lo peor es eso y los grandes medios hegemónicos que a veces mienten y otras directamente no publican las cosas, las ignoran porque no le conviene al gobierno.

Lo que quiero decir es que uno se tiene que hacer valer, si te entregás enseguida, por lo que fuere: por la cama, la guita, hay millones de maneras de entregarse, quedás preso para siempre, porque ya saben que sos así y te manipulan. Es más difícil el otro camino, llegarás menos lejos, ganarás menos plata, eso depende de cada uno.

“Lo que quiero decir es que uno se tiene que hacer valer, si te entregás enseguida, por lo que fuere: por la cama, la guita, hay millones de maneras de entregarse, quedás preso para siempre, porque ya saben que sos así y te manipulan”.

EM: ¿Cómo influyó en tu carrera vivir en Sierras Chicas?

ML: Es muy buena pregunta. Yo soy de San Telmo, Buenos Aires, barrio de tango y mi mamá tenía un primo segundo en Unquillo, así que veníamos a pasear. Vivíamos en un conventillo en pleno centro, a 6 cuadras del Congreso. A los 12 años venir para acá era venir a un paraíso, un lujo asiático, era como ir a París. Spilimbergo mismo decía “Después de París, Unquillo”. Con el tiempo nos vinimos a vivir, porque a mi viejo le dieron un trabajo mejor y mi hermana era asmática. Siempre me tiró Unquillo y me vine a vivir a Cabana que me gustó desde la primera vez que la vi. Influye y mucho, por ejemplo, tengo una vista espectacular en casa y todos me dicen que me inspiro en eso y no es así. No te mejora eso, pero sí, te da como una cierta tranquilidad emocional, no es que me inspiro en el quebracho o en aquel espinillo, pero sí creo que tiene que ver con la poesía y la forma de ver las cosas. La ciudad es mucho más salvaje, aunque en Unquillo todo crece tan anárquicamente, que hay más gente que servicios.

EM: ¿Cómo analizás el periodismo actualmente en la Argentina y qué diferencias encontrás con respecto a lo que eran los medios en tus comienzos?

ML: Como casi en todos los ámbitos ha primado la técnica sobre el contenido, como en el fútbol donde ahora prima la fuerza por sobre la habilidad. La tecnología se morfó los contenidos, por ejemplo, nadie niega que los tweets sean útiles, pero todo el mundo escribe tan cortito que eso reduce el léxico. Cada vez se usan menos palabras. Una de las maneras de medir la inteligencia es por la cantidad de palabras que un sujeto maneja habitualmente. Todo se comprime, se cierra y se limita.

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