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El milenio

10 años conectando Sierras Chicas

“Lo que más valoro es haber trascendido”

A cuatro años de su retiro, el recuerdo de David Nalbandian permanece indeleble en la memoria del tenis y de su público. Capaz de las más enormes hazañas, sin perder su esencia, define a su juego como parte indisociable de lo que fue afuera de las pistas: “Como sos en la cancha sos en la vida, es difícil tener una doble personalidad. No creo mucho en eso, no somos actores”.


Por Ignacio Parisi | ignacioparisi@elmilenio.info

Colaboradores: Camila Bergel, Valentina Parodi y Lara Rodríguez. 4° IENM


El pasto es para las vacas, afirmaba un joven Guillermo Vilas a comienzos de los años setenta. Tiempo más tarde, el jugador que cambiaría el tenis argentino para siempre daría marcha atrás en sus dichos. Sin embargo, mucho de cierto había, no en las palabras sino en la frustración del Gran Willy. Los tenistas argentinos se han sentido incómodos a lo largo de la historia, en una superficie que en algún momento dominó el mundo del tenis.

Ya en los 80 y los 90 las raquetas locales perecían en el intento de alcanzar buenos resultados en Wimbledon. Tiene que ver con la tradición: en nuestro país la enorme mayoría de las canchas son de polvo de ladrillo. Nuestro juego e idiosincrasia deportiva está marcada por la construcción de puntos largos, el manejo de los efectos y el ‘toque’.

La respuesta a la enorme sequía en el césped inglés llegaría, en los primeros años del nuevo milenio, con la aparición del gran talento unquillense, David Nalbandian. Con apenas veinte años, el oriundo de Sierras Chicas asaltó la catedral del tenis, ante la atónita mirada del estructurado público inglés, que desconocía su nombre o ni siquiera su nacionalidad.

Poco le importó a David, quien con su desenfado característico fue hilvanando victoria tras victoria a medida que iban cayendo gigantes como Pete Sampras, Andre Agassi, Marat Safin, o Yevgueni Káfelnikov. Así el cordobés arribó a una final inesperada en el AllEngland, dándole a conocer al circuito, de manera definitiva, el poderío de “La Legión” argentina.

Semanas antes del torneo, Nalbandian apenas había conseguido un espacio en Hurligham, Buenos Aires, uno de los pocos lugares con canchas de pasto donde practicar. Sin torneos previos en la preparación hacia el Gran Slam inglés, David fue falto de confianza a la catedral del tenis. “En los entrenamientos no le podía ganar a nadie, no podía encontrar mi juego de ninguna forma”, sostenía David.

Dos semanas más tarde pisaba, por primera vez, el court central del AllEngland, ante el entonces número uno del ranking, Leyton Hewitt. El ignoto tenista argentino caía en la final ante el australiano líder del circuito, no sin antes demostrar que había llegado a la elite del tenis para quedarse.

Días más tarde llegaría su primer convocatoria para jugar el torneo que marcaría un quiebre en su carrera, “La Copa Davis”. El trofeo más añorado y esquivo para el tenis nacional se convertiría, desde un primer momento, en una obsesión para Nalbandian. Su debut dejaría claro que estaba destinado a jugar por su país, en una competencia que en palabras del unquillense, es distinta a todo.

David debutaba en un doble, con Lucas Arnold en la fría geografía rusa y ante la mejor pareja del momento: Marat Safin y Yevgueni Káfelnikov. Seis horas y media de juego en la frenética superficie que habían preparado los soviéticos, detonaba un 19 a 17 en el quinto set a favor de Argentina, en un partido inolvidable.

“No conozco a ningún jugador que juegue igual cuando juega Copa Davis. Es un torneo que saca lo mejor o peor de vos, y a mí me encantaba. No tiene nada que ver con lo que vivimos en el tenis, ya no jugás por vos sino por Argentina”, afirmaba el ex tenista. Frases repetidas mil veces tomaban un eco distinto en Nalbandian, y los hechos, dentro de la cancha lo acompañaban irrefutables.

Así forjó una carrera ilustre, pensada en función de los torneos más importantes (masters y grand slams), con una única prioridad por encima, ganar la Davis. En 2003 afirmó su lugar entre los mejores del planeta, y sólo una lesión lo privaría de alcanzar la final del US Open, luchando en inferioridad física, en cinco sets ante Andy Roddick.

Distinto a todos los tenistas latinoamericanos de su época, Nalbandian creció en las canchas de cemento que había construido su familia. Por ello su juego veloz, y su estilo atrevido de gran devolución y volea, se adaptaban a las superficies rápidas que acaparan la mayor parte del circuito tenístico moderno.

Muestra de ello eran sus buenos resultados en cancha dura, y una de sus actuaciones más importantes en el Torneo de Maestros de 2005. El unquillense había quedado fuera de los ocho mejores del mundo, y por ende fuera del Masters de fin de año.

Mientras planeaba sus futuros días de pesca en Río Pico, junto con sus amigos, David recibió un llamado que lo convocaba a jugar el último torneo del año. Entrando casi por la ventana, y sin preparación, pues su temporada ya había terminado, Nalbandian se cargó en primera ronda a Guillermo Coria e IvanLjubicic. Ya en semifinales derrotó a Nikolay Davydenko, antes de coronar en la final una victoria en cinco sets (habiendo perdido los dos primeros) ante el enorme Roger Federer.

Los triunfos proseguirían a lo largo de los años, pero el rubio de Unquillo dejaría como marca registrada su tremenda capacidad para adaptarse a cualquier superficie, alcanzando al menos las semifinales de todos y cada uno de los Gran Slams, proeza que ninguna raqueta latinoamericana alcanzó.

Los dos mejores jugadores de la historia, Roger Federer y Rafael Nadal, lo sufrieron en carne propia. La prueba fue su seguidilla en los torneos masters de Madrid y Paris en 2007, destrozando las ilusiones de Novak Djokovic, Rafael Nadal y Roger Federer en semanas consecutivas. Nadie antes lo había logrado.

“El tenis es como un circo que viaja por el mundo. Los tenistas somos los monos que entretienen a las personas por un tiempo”, sostiene Nalbandian.

El Milenio: A los catorce años te fuiste a vivir a Buenos Aires, prácticamente solo. ¿Cómo era tu rutina ahí?

David Nalbandian: Era brava. Quizás no me sorprendió tanto Buenos Aires, porque ya había ido en algunos viajes a jugar y ya había competido en el exterior, más que nada en Europa y Estados Unidos. Cuando hacía esos viajes iba como parte de un grupo de chicos que jugaban, con la federación de tenis, e íbamos con algún adulto mayor que nos acompañaba. Muy pocas veces pudo ir mi hermano conmigo, por una cuestión económica.

Ir a vivir a Buenos Aires fue bravísimo. Vivía en la casa de unos amigos en Munro, un barrio del Gran Buenos Aires. Me acuerdo perfectamente el colectivo que me tomaba, era el 130. Me subía a las 8 de la mañana todos los días y volvía las 7 de la tarde. Esa parte nadie la sabe, todo el mundo ve lo lindo, los partidos, los viajes, pero “el mientras tanto”, es una parte muy dura, llena de sacrificio. Mis viejos estaban con esa incertidumbre de no saber qué hacer, si dejarme ir solo a Buenos Aires, con todo lo que eso conlleva. Yo me movía solo y era un chico, era complicado.

EM: Alguna vez mencionaste lo complejo que es el paso de ser un juvenil amateur a ser un profesional del tenis. “Pasé de jugar con chicos a jugar con hombres de treinta años que jugaban para ganarse la comida”, fueron tus palabras. ¿Sentiste en ese momento la presión de demostrar resultados ante todo el esfuerzo previo que te hizo llegar al profesionalismo?

DN: En algún punto sí, pero también había una brecha muy grande de edad, yo tenía 16 años cuando empecé a jugar algún torneo profesional, y te encontrás con todo. Había chicos de veinticinco años que estaban buscando aún abrirse un lugar, había jugadores de más de treinta años, que ya estaban de vuelta en su carrera. Me crucé con tenistas que viajaban con su familia, y si no ganaban el partido no tenían qué comer. Eso es real, y es duro. Esos jugadores no te regalan nada.

Existe una gran diferencia entre ser un “junior”, que sin importar el nivel sigue siendo parte del deporte amateur, y ser un profesional. Obviamente que al principio es muy difícil, hasta que te acostumbrás a lo que tenés que hacer para vivir de esto. Es un quiebre asumirlo y pensar ‘me dedico, me levanto y vivo para el tenis’. Es la cabeza la que te permite amoldarte y competir en esos momentos.

EM: ¿Es tan difícil como parece desde afuera hacer amigos en el ambiente del tenis?

DN: No, es como todo ámbito laboral. Además hay un montón de gente, no solo deportistas, sino que alrededor de muchos tenistas viaja un grupo de trabajo, gente que los rodea. Dentro de ese ambiente hacés algunos amigos, encontrás gente con la que te llevás bien y otras personas con las que no tenés trato. El tenis es como un circo que viaja por el mundo. Los tenistas somos los monos que entretienen a las personas por un tiempo, eso es así. Dentro de ese circo de viaje te vas haciendo amigos, claramente es más fácil con otros deportistas que hablan español, o los italianos que tienen una cultura muy similar a la nuestra. Quizás es distinto con los estadounidenses o los rusos, aunque hay un ruso muy particular, Marat Safin, que vivió mucho tiempo en Valencia, habla español y es un tipo sumamente divertido, una persona espectacular. Después, hay otras culturas quizá más cerradas, depende de la óptica de cada uno.

EM: ¿Con qué tenistas entablaste una relación de amistad?

DN: Con los argentinos obviamente, porque tratamos de estar más unidos y viajamos juntos desde chicos. Luego, de afuera, tengo una amistad con Marat Safin, con todos los españoles, Carlos Moyá, “Rafa” Nadal, David Ferrer, Feliciano López, Juan Carlos Ferrero. Con Andy Roddick tengo una gran relación, con Federer también, aunque quizás es distinto porque él tiene una personalidad un poco más fría, estructurada.

EM: Siempre se habla de las victorias, pero también hay derrotas que marcan un camino. ¿La del US Open 2003 contra Andy Roddick fue una de esas?

DN: Sí, en ese momento estaba Leyton Hewitt como número 1. Yo me rompí la mano en la semifinal del US Open contra Andy Roddick, en el primer set y ya venía con un desgarro. Aún así pude llegar peleando hasta el quinto set. Después de esa lesión no pude jugar hasta el Masters de fin de año. Yo estaba en un gran nivel, le había ganado a Federer, y pienso que si no me hubiese roto la mano podría haber ganado ese torneo, por la situación en la que estaba y cómo sentía mi tenis en ese momento. Son circunstancias del juego.

La catedral del tenis recibía al primer y único argentino en la historia en alcanzar la final de Wimbledon.

EM: Más tarde, en 2006 caíste en semifinales de Australia, y luego en la misma instancia de Roland Garros, por lesión. ¿Te reprochás algo de esos encuentros?

DN: El partido contra Marcos Baghdatis en semifinales de Australia fue muy duro, yo había ganado los dos primeros sets, me relajé un poco y a él le empezaron a salir muchas cosas bien. Se me complicó y no pude encontrarle la vuelta. En el caso de la derrota con Federer en Roland Garros me topé con el imponderable de las lesiones, cuando pasa eso lamentablemente no lo podés manejar.

EM: En cuanto a tus victorias, ¿Seguís pensando  aquella contra Dominic Hrbaty en Eslovaquia, como la más compleja?

DN: Sí. La destaco porque nadie la reconoce, para mí el partido fue realmente duro y la gente lo tomó como si nada. Esa vez realmente no esperaba ganar. Había perdido el primer set y no encontraba un solo hueco por donde entrar al partido y revertirlo. Empecé a utilizar un recurso en el slice, que lastimaba su juego, ahí se abrió una luz de esperanza y pude comenzar a cambiar el partido. En otros encuentros, que son considerados como grandes victorias, me sentí ganador desde el minuto cero.

Cuando tenía buenas sensaciones en mi juego yo sabía que podía ganarle a cualquiera, con más facilidad o menos, pero lo tenía claro. En cambio, ese día en Eslovaquia gané con malas sensaciones, y para mí esos partidos son los más importantes. Porque en realidad para mantenerte arriba son más los partidos que ganás sin las mejores posibilidades, y de eso se aprende.

EM: ¿Qué ciudad disfrutabas más en tu recorrido por el circuito?

DN: Como ciudad me pareció muy linda Roma. Jugué varias veces el torneo y es un lugar espectacular. Nunca tuve el tiempo para hacer turismo, pero cada vez que pude caminar, ver su historia, sus ruinas, fue impresionante. Otra ciudad que me sorprendió, fuera de lo tradicional, fue Washington. No esperaba una ciudad tan hermosa. Es muy impresionante encontrarte con el poder del mundo.

EM: ¿Qué hacías en el poco tiempo libre que encontrabas?

DN: Pasé por muchas cosas, y depende del lugar. Había torneos a fin de año con lluvia, frío y nieve; en esos casos nos encerrábamos a jugar video juegos con los otros jugadores. Se hicieron famosos los videos de cuando jugábamos con los españoles, sobre todo. Tuve épocas de salir a caminar, conocer, leer. Es difícil, porque el poco tiempo del que disponés es para recuperarte físicamente, para estar en buenas condiciones a la hora del partido.

Tres partidos de singles protagonizó David Nalbandian en finales de Copa Davis. Los tres de visitante, y fueron victorias para el unquillense, ante Marat Safin, Nikolay Davydenko y David Ferrer.

EM: Tu primer partido de Copa Davis fue un doble histórico en Rusia. ¿Cambió ese día tu perspectiva de lo que es jugar para Argentina?

DN: Copa Davis era algo insignia desde siempre para mí. Me acuerdo cuando era chico, miraba por la televisión a “Luli” Mancini jugar los partidos de copa. Pensaba en la euforia de la gente, la tensión que había. Uno observaba los partidos del circuito ATP y después no entendía por qué los tenistas jugaban tan presionados la Copa Davis. Siempre me llamó la atención, y el debut que me tocó fue increíble. Son esos partidos que te dejan marcas, sentí algo distinto.

EM: Siempre se habla de Federer y de la debilidad que tenía en su revés. Sin embargo, hubo un momento en el que solamente vos encontrabas la clave para desarmar su juego. ¿Pasaba sólo por un aspecto tenístico o también había una superioridad desde lo mental?

DN: Sí, ambas cosas. Era cuestión de conocerlo a fondo y no variar tácticamente. Muchos jugaban algunas pelotas al revés de Federer, pero la realidad era que había que jugarle absolutamente todas. Los que buscaban variar perdían el foco y ahí se hundían estratégicamente.

Básicamente era eso, pero tampoco era fácil. Él ya era un jugador fuera de serie y después mejoró su rendimiento con el revés. De cualquier forma con su saque y derecha él ya dominaba los partidos y se volvía muy complejo encontrarle el revés. Era necesario tener un gran revés cruzado para encontrar su debilidad. Entonces, hay ciertos factores del juego que sí o sí, tenías que manejar para tener aunque sea posibilidades de ganarle. Yo empecé ganándole casi todos nuestros partidos, pero cuando llegó al número uno y encontró todo su repertorio se complicó aún más.

De la caña de pescar a la raqueta, en dos días. Roger Federer lo padeció en una final histórica.

EM: Daba la sensación de que jugabas contra uno más cuando lo enfrentabas.

DN: Lo que pasa es que no podés ganarle si lo idolatrás.

EM: Algo similar ocurrió tiempo más tarde con tus partidos ante Rafael Nadal. Lo venciste claramente en torneos importantes.

DN: Sí, aunque se trataba de juegos totalmente distintos. Con Rafa tenías que ser mucho más agresivo. Si bien era clave tener un gran revés cruzado, para contrarrestar su derecha, con Federer jugaba más alto, mientras que ante Nadal era necesario jugar rápido y hasta plano. Era diferente, pero tuve la posibilidad de poder usar tácticamente un juego muy amplio y adaptarme al tenis de los rivales.

EM: ¿Cuál es el jugador más duro con el que te enfrentaste?

DN: Me enfrenté a muchos jugadores durísimos. A mí en particular me incomodaban mucho Leyton Hewitt, Marat Safin, David Ferrer y Novak Djokovic.

EM: ¿Cómo te tomás esta nueva etapa que te involucra con el automovilismo? ¿Establecés alguna meta?

DN: El año que viene me lo planteo un poco distinto. Pero hasta ahora era una cuestión de aprendizaje porque no en todo lo que empezás de cero podés ponerte una meta muy alta. Creo que fui mejorando, y que la disciplina que me impuso el tenis, con toda su dureza, me permitió aprender un poco más rápido a desempeñarme en el rally.

Para muchos de sus colegas, el mejor revés cruzado jamás visto.

EM: ¿Para eso también estás participando en la Copa Maxi Rally?

DN: Sí, esa es una categoría que se hizo para el segundo pelotón de pilotos. Yo pude salir campeón el año pasado. Fue mi tercer año de participación, corriendo contra pilotos que tienen más de cinco años compitiendo.

EM: Desde que terminó tu carrera en el tenis diste una vuelta de página inmediata para pensar en nuevos proyectos. ¿Siempre tuviste esa capacidad para desprenderte de algo que te apasiona, como es el caso del tenis, o fue algo que maduraste a medida que tu carrera se iba terminando?

DN: Creo que el tenis, a diferencia de otros deportes, te satura mucho. La gran mayoría sufre un período en el que ya no quiere saber nada con el deporte. Yo tengo la suerte de haber empezado a hacer otras cosas en los últimos años de mi carrera tenística, y eso me brindó nuevas prioridades. Hoy tengo otras cosas en la cabeza, mis empresas, mi fundación, de modo que mi tiempo está ocupado y eso es sumamente importante para no ser ‘tenis-dependiente’. Quizás al fanático de este deporte no le guste mucho, pero son etapas de la vida, con nuevos desafíos que hay que afrontar, porque el hecho de haberme ido bien en el tenis no implica que tenga todo ganado. Yo me retiré con 32 años, con toda una vida por delante, y trato de plantearme nuevos objetivos pensando en cómo puedo hacer para mejorar en proyectos totalmente distintos.

Se pianta un lagrimón. Semifinal argentina en el mítico Roland Garros. Nalbandian vs Gaudio, choque de exquisitos.

EM: ¿Tenés algún arrepentimiento o alguna situación que hubieras afrontado de otra forma, con más experiencia, en relación a tu carrera en el circuito ATP?

DN: Eso es muy difícil de saber. Yo pienso que viviría de la misma manera y no cambiaría prácticamente nada. En el caso de que hubiese cambiado algunas prioridades, quizás me hubiera retirado a los 26 años, como hizo Gabriela Sabattini. Dedicarte muy de lleno termina saturándote mentalmente, el entrenamiento, el sacrificio, los viajes, más que nada cuando sos chico.

EM: ¿Cómo analizás el año histórico que está viviendo el tenis con dos jugadores como Nadal y Federer, que cuando parece que ya dieron todo vuelven y redoblan la apuesta?

DN: Es increíble. Es inentendible y entendible al mismo tiempo. No hay una nueva generación con la fuerza suficiente para imponerse ante ellos. Federer es una cosa de locos, tiene 36 años y casi nunca sufre lesiones. Nadal quizás lo padece un poco más al tema de las dificultades físicas, pero más que nada por el tipo de juego que planteó siempre, y el gran despliegue atlético que hace. Como rival, compañero y colega me da gusto verlos jugar, llama mucho la atención y en cierta forma uno espera que nunca se retiren.

EM: ¿Siguen evolucionando en su tenis?

DN: Sí, evolucionan. Si no lo hubiesen hecho no podrían seguir jugando en ese nivel. Han aprendido a acortar puntos de una gran manera y eso los ayuda a evitar lesiones. Hacen siempre algo nuevo, que les permite dominar un tiempo más.

EM: Rafael Nadal dijo hace un tiempo: “Me gusta más competir que jugar al tenis” ¿Cómo te llevás vos con eso?

DN: Para mí es una mezcla. En el caso de “Rafa”, él es un obsesivo y por eso también logró lo que logró. Pienso que los tenistas somos competitivos en todo. Como sos en la cancha sos en la vida y es difícil tener una doble personalidad. No creo mucho en eso, no somos actores. El sistema de competencia no te permite ser de otra forma. Cuando le encontrás el punto medio a la competencia y al juego, es cuando más te divertís.

El desahogo. El Rey David pasando por arriba a Leyton Hewitt en Australia, por Copa Davis.

EM: ¿El recambio va a estar a la altura de Federer, Nadal o Djokovic?

DN: Por ahora no. Aunque creo que Alexander Zverev es el más consistente. Los otros juegan bien pero no tienen suficiente regularidad. Para ser número uno, se necesita jugar bien en todos los partidos, en todos los tipos de cancha, todo el año. Eso es lo más difícil de todo, ser consistente.

EM: ¿Pensás que existe una gran diferencia en el nivel de madurez que presentan los mejores jugadores jóvenes del circuito, en comparación con lo que fue y es tu generación?

DN: La madurez de la generación que actualmente está entrando en el profesionalismo no es la misma. Pasa en el deporte y en la vida. Creo que es un fenómeno que en el deporte se ve todo el tiempo, y por eso no empujan desde tan jóvenes a los grandes del circuito. En nuestra época era diferente, yo a los veinte años estaba en la final de Wimbledon, pero hoy esa madurez que teníamos no llega.

EM: Más allá de los títulos, ¿Qué valorás más, y qué pensás que le vas a contar a tus nietos en relación a lo que hiciste en el tenis?

DN: En realidad, no lo sé. Mi hijo ni siquiera sabe que jugaba al tenis. Pero lo que más valoro es haber trascendido, más allá de un título más o un título menos. Lo importante es dejar una huella, hacer que miles de chicos comiencen a jugar al tenis o que te tomen como ejemplo, ya sea dentro o fuera de la cancha, en tu forma de jugar o de ser. Eso para mí es absolutamente impagable.

Con respecto a los títulos, yo nunca pensé mi calendario del modo ‘vamos allá que este torneo está fácil para ganarlo’. Mi año apuntaba a jugar bien en los torneos grandes. Sabía que un cuarto de final de Grand Slam vale los mismos puntos que tres torneos ATP chicos. Hay muchos jugadores que tienen más títulos que yo, pero en torneos que a mí no me significaban mucho.

EM: Cuando ganamos la Copa Davis, ¿Cómo lo viviste?

DN: Estaba en un evento, y cuando llegué a mi casa lo vi a Juan Martín Del Potro, que en ese momento estaba empezando el quinto set ante Marin Cilic. Vi ese punto y el último partido, fue impresionante. No sólo porque es algo que yo soñaba, sino que la Copa Davis era una deuda del tenis argentino. Era el único título que nos faltaba. El tenis nacional había ganado masters, grand slams, todo menos esa copa. Que lo hayan logrado fue increíble, ahora sería interesante volver a ganarla en algún momento, pero ese trofeo ya dice Argentina y eso habla muy bien de nuestro deporte. En la historia del tenis mundial no hay muchos países que hayan ganado todos los títulos que existen, y Argentina hoy está en ese lugar. A veces eso pasa desapercibido, pero es muy importante.


Una variedad de recursos técnicos, pocas veces vista, un plus para jugar en los grandes escenarios, y el mejor jugador de Copa Davis en las últimas décadas. Eso y tanto más representó David Nalbandian, a través de una de las carreras más sorprendentes del tenis contemporáneo.

No se sabe cómo, ni tampoco queda muy claro cuándo, la cuestión es que a David le ponían la albiceleste y le cambiaba la cara. Ya no importaba el ranking, ni las lesiones, ni la irregularidad de su tenis, se volvía otro: el mejor. El hombre que emergía a la cancha para jugar por Argentina no era sólo el talentoso, sino un autómata obsesivo, que dejaba la piel en cada punto. Nalbandian priorizó la Davis, aún por encima de su propia carrera, asumiendo los riesgos. La gente no lo olvida, el tenis tampoco.


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