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Teatro para reír, pensar y emocionar

Recitando versos arriba de la mesa, Elena Cerrada conoció de niña el placer de entregarse a la mirada del público. Junto a Cirulaxia, reconocida compañía teatral con más de 30 años de historia, recorrió los confines del país llevando el teatro a los lugares más insospechados. En diálogo con El Milenio, la actriz y directora repasó su vida sobre las tablas y el paréntesis que supuso pensarse ante la mediación de las pantallas.

  • Colaboración:
  • Aldana Rodríguez y Emily Da Silva.
  • Instituto Educativo Nuevo Milenio.
  • Constantino Ambrosio y Leonardo Paganelli.
  • Instituto Milenio Villa Allende.

«Básicamente, soy una hacedora teatral», resumió Elena Cerrada hablando de toda una vida dedicada a la dramaturgia. Actriz, directora, docente y gestora de espectáculos culturales en el histórico Espacio Cirulaxia, ubicado en la zona del ex Abasto cordobés, Cerrada ha pasado por innumerables iniciativas vinculadas al arte escénico.

«Lo que me hace sentir viva dentro del teatro es actuar, esa es mi vocación primera, aunque por cuestiones de la vida llegué a ser directora», contó Cerrada recordando un accidente que lastimó su rodilla y la dejó fuera de escena por un tiempo. En ese momento, las ansias de continuar la actividad teatral la llevaron a ocupar la dirección de Cirulaxia, grupo que integra desde sus comienzos.

Durante 2020, la compañía teatral cordobesa cumplió treinta años de trayectoria ininterrumpida y «uno de pandemia», como dicen sus integrantes. El grupo ha sido reconocido como uno de los mejores del género a nivel latinoamericano, con más de 6500 funciones realizadas y dos millones de espectadores alcanzados. En 1999, el gobierno de la ciudad de Córdoba los declaró de interés municipal y, más tarde, les otorgó el premio Jerónimo Luis de Cabrera (2014).

Sin embargo, la historia de Elena con el teatro no empieza con Cirulaxia, sino que se remonta a su infancia. De niña le atrajeron los aplausos, la energía de la admiración. Creció en una familia que acostumbraba subirla a la mesa para que recitara versos y de más está decir que participaba en todo acto escolar que pudiera, aunque sea “leyendo glosas”. «Siempre me gustó eso de exponerme a la mirada del otro, de compartir algo y sentir que había personas que lo disfrutaban, que podía hacer reír, enternecer o emocionar», describió Elena. 

A los trece años de edad, el teatro la atrapó definitivamente y hasta el día de hoy se considera una eterna aprendiz. Estudió Psicología durante cuatro años y cuenta con una larga trayectoria en la educación no formal de terapias corporales, pero siempre terminó volviendo al llamado de las tablas. 

De la actuación a la dirección


Aunque su llegada a la dirección fue accidental, ha marcado un momento particular en la historia de Cirulaxia, que acentuó lo que Elena define como «construcción colaborativa». “La acción colectiva es una de las cuestiones que nos ha dado un sello propio. Trabajar con humor también nos hizo diferentes, es una de las formas de generar cercanía y reflexión. No se trata de un humor superficial, sino de un humor puro y tierno. Compartimos con el público un costado humano que todos tenemos, a veces sobre lo miedosos, fuertes y tozudos que somos”, compartió la actriz.

Hoy las obras de Cirulaxia se destacan por ese trabajo conjunto, donde cada integrante aporta su conocimiento y potencial, ya sea desde la iluminación, la escenografía, la estética o el vestuario. «Quien dirige sostiene la mirada que puede ordenar e integrar el material que se genera», sostuvo y detalló: “Nuestras obras las trabajamos como versiones libres de la temática clásica, con la intención de hacer una relectura y suscitar el deseo de ir hacia el original”. 

“A pesar de todo, los árboles siguen dando ropa”, “Desastres”, “Modestamente con bombos y platillos”, “Lomenaje” y “Puedo entender tu aullido”, son algunas de las obras dirigidas Elena Cerrada dentro del amplio repertorio de la compañía Cirulaxia.

Unquillo fue el lugar que la actriz eligió como residencia y descanso, después de haber recorrido el país y el continente llevando el teatro a lugares insólitos donde poco se sabe de telones y bambalinas. Los viajes comenzaron en moto allá por 1989, hasta que, en 1994, el grupo se hizo con una combi Volkswagen, que bautizaron “El Infierno Rojo”.

Desde Jujuy hasta los anfiteatros de Tierra del Fuego, Elena reflexionó sobre la continuidad de las artes escénicas y sostuvo: “El poder acercar el arte a los lugares más inverosímiles y creer, con convicción, que el teatro es un modo de reflexión y de compartir la vida, es algo para celebrar. El teatro plantea preguntas y genera respuestas, ahí está su permanencia y la nuestra”.

“Acercar el teatro a los sitios más inverosímiles, como un modo de reflexionar y compartir la vida, es algo para celebrar. El teatro plantea preguntas y genera respuestas, ahí está su permanencia”

Del Infierno Rojo al streaming


La sociedad dio un salto a lo desconocido con la pandemia del SaRS-CoV-2. De repente, cada trabajador se volcó a la pantalla y el teatro no fue la excepción. Incluso para un grupo como el cirulaxiano, con tantos años de experiencia, no fue algo sencillo. 

En este sentido, Elena defiende la relación público-obra como un elemento esencial de la dramaturgia. Así, la captación del público se volvió un desafío que llevó al teatro a un paréntesis, no de freno, sino de exploración. El streaming (transmisión online) representa una forma alternativa de mostrar el hacer teatral y la primera prueba de Elena fue desde Unquillo, con el ciclo “Solas. Única escena”. 

“El teatro tiene la posibilidad de improvisar todo el tiempo, de tomar lo que viene y reinventarse”.

«Fue una experiencia muy rica, la obra fue en vivo y no se grabó. Es lo más parecido al teatro de siempre, que por esencia es efímero, no hay una función igual a la otra. No son los mismos espectadores ni somos los mismos quienes actuamos», señaló.

Para la actriz, las nuevas tecnologías no reflejan la esencia del teatro, pero sí permiten la aparición de “nuevos lenguajes”. “Va hacia una nueva presencia que tiene más que ver con un no querer dejar de estar, de hacer un acto, un gesto de presencia aún virtual, pero no es teatro, ese oficio artesanal y de encuentro que todos conocemos», concluyó.

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