Wilson Altamirano dio sus primeros pasos en el Club Quilmes de Villa Allende a los siete años. Más tarde, su trayectoria lo llevó a cuadros de renombre como Boca y Belgrano. Tras pasar un año a préstamo en el Club Atlético Villa San Carlos de Buenos Aires, hoy regresa a las filas del Pirata y enfrenta la pandemia con entrenamiento y disciplina desde su propio hogar.

Colaboración:

  • Emeli Arenas.
  • 4to Año, Instituto Milenio Villa Allende
  • Victoria Greco y Valentina Oliva.
  • 4to Año, Instituto Educativo Nuevo Milenio
  • Lucía Argüello.

Wilson Altamirano es un jugador joven, pero con mucha historia. El más chico de 14 hermanos, empezó a patear a los siete años y se formó en el Club Quilmes de Villa Allende. Ya desde niño, supo que su camino era el fútbol y sintió la convicción de que podía llegar a jugar profesionalmente.

Del Quilmes pasó al Atlético Argentino Peñarol de Córdoba y luego al Club Argüello. Con sólo 13 años, probó suerte en Boca Juniors, donde permaneció varios meses. De regreso a su Córdoba natal, se integró a las juveniles de Belgrano. En octubre de 2018, debutó en el equipo superior del Pirata en un partido ante Banfield jugando de cinco, posición que considera “su fuerte”. “Puedo decir que soy muy bueno en la marca, pero me falta un poco más en la distribución del juego”, comenta el volante en su diálogo con El Milenio.

Morocho, alto y buena onda, Altamirano se ha consolidado como un jugador con buena presencia en la cancha, “metedor y corredor”. En 2017, su nombre quedó grabado en el recuerdo de los hinchas de Belgrano por su actuación en la Copa Viareggio, una de las competencias más importantes para jugadores juveniles, disputada en Italia. 

Corrían los 40 minutos del segundo tiempo y la arena del reloj estaba a punto de acabarse, cuando Altamirano recibió la pelota y, desde la mitad de la cancha, disparó al arco de Milán (U19), convirtiendo el tercer gol que rompió con el inminente empate y le dio la victoria al Pirata cordobés, una jugada que rápidamente se viralizó entre los fanáticos.

En julio de 2019, se fue en préstamo por un año al Club Atlético Villa San Carlos (Buenos Aires), que acababa de ascender a la B Metropolitana. Hoy, de vuelta en Córdoba, se enfrenta a la incertidumbre de la pandemia mientras sigue entrenando con la esperanza de volver a la primera de Belgrano, club con el que tiene contrato hasta 2023.

Oriundo de Villa Allende, sus amigos de barrio Polinesias lo apodaron “Cachumba” por su melena larga y enrulada, similar a la de “El Turco” Oliva, cantante de la popular banda de cuarteto. Aunque usa el pelo corto hace años, el sobrenombre le quedó pegado. Hoy, con 20 años, el joven volante se dedica de lleno a entrenar y cuando le preguntan sobre su inspiración, simplemente responde “las ganas de jugar y la pasión por el fútbol”.



El Milenio: ¿Cómo te sentiste cuando te enteraste que ibas a jugar en un equipo tan importante como Boca?

Wilson Altamirano: Fue una sensación increíble. Éramos más de 60 chicos los que nos probábamos y quedamos sólo 13. A esos 13 nos llevaron a vivir al lado de La Bombonera, algo totalmente nuevo y emocionante para mí. Me tuve que volver porque mi familia es humilde y no tenía plata para pagar los pasajes y venir a visitar a mis viejos. Era muy chico y no aguanté estar tan lejos.

EM: ¿Cómo fue tu experiencia reciente en el Club Villa San Carlos?

WA: Desde el principio me hicieron sentir muy bien, cómodo e integrado. El técnico me venía siguiendo y cuando entré, noté que no era un club con una hinchada tan presente como la de Belgrano, pero siempre estuvieron muy pendientes de cómo estaba, así que me sentí muy a gusto, tanto con el club como con el grupo de jugadores.

En general, los préstamos se dan antes de que comience el campeonato, cuando el técnico decide si te van a necesitar o no. Si te dicen que no, podés quedarte entrenando, pero sin jugar, o ir de préstamo a otro club. Yo preferí irme a Buenos Aires. Afortunadamente, pude ganar un lugar en el equipo titular y jugué desde la primera fecha.

EM: ¿Cuál es tu rutina de entrenamiento hoy en día? ¿Cómo te tomaste la cuarentena?

WA: El aislamiento me agarró por una parte bien y por otra, mal. Bien porque estaba jugando en el club de San Carlos y salimos subcampeones, y mal porque ahora que me volví a Córdoba, me quedo sin jugar, aunque sigo entrenando. 

En cuarentena hago doble turno, haciendo trote, abdominales, flexiones de brazos, etc. Aparte mantengo una dieta. Todos los días a las cinco de la tarde tenemos una llamada por Zoom con el entrenador físico y con el nutricionista. 

EM: ¿Cuál es la importancia de la concentración antes de un partido?

WA: En Belgrano, la concentración se hace dos días antes y es sobre todo para el cuidado de la comida y el descanso, que son cuestiones fundamentales. También tenemos máquinas que las llevan a los viajes y estaban a nuestra disposición cuando concentrábamos en Salsipuedes. Son para regenerar las piernas, principalmente. 

No en todos los clubes manejan el mismo esquema, pero yo siempre trato de guiarme por lo que aprendí en Belgrano, sobre todo con el tema de la comida, la hidratación y dormir bien, que son cosas básicas antes de un partido.

EM: ¿Cómo te sentís al momento de entrar a la cancha? ¿Te ponés nervioso como la primera vez?

WA: Antes de entrar a la cancha, en mi debut, tuve ganas de vomitar, pero a medida que avanzó el partido, me olvidé de todo. Hoy me sigo poniendo nervioso algunas veces, más cuando es la primera vez en un club o cuando tenemos partidos importantes. Cuando estaba en reserva, por ejemplo, me fueron a ver varios entrenadores y por ahí por querer destacarme o estar pensando que “tengo que hacer las cosas bien”, se me hacía un nudo en la panza. 


“En Boca jugué como volante por derecha, o sea, de ocho, pero me siento más cómodo de cinco, como volante central. Ese es mi fuerte. Me considero muy bueno en la marca, pero me falta un poco más en la distribución del juego”.


EM: ¿Has tenido situaciones en las que sentís que lo emocional ha afectado tu rendimiento?

WA: Sí, cuando estuve en Villa San Carlos, hace poco. De chico siempre tuve a mis viejos a mi lado y mientras estaba en Buenos Aires, siempre extrañaba algunas cosas, como cuando tomábamos mate mirando el alambrado antes de salir a la cancha.

Cuando entrás a un club es otro mundo, pero para mí el fútbol no es un trabajo, es algo que me gusta. Salgo a la cancha a divertirme y trato de dejar los problemas afuera.

EM: ¿A dónde te gustaría llegar como futbolista profesional?

WA: Me gustaría jugar en Boca y también poder irme afuera, a Europa. Y, como todo jugador, llegar a la Selección.