Carlos es vecino de Villa Allende y ex combatiente de Malvinas. Tras cumplirse un nuevo aniversario de la Guerra que puso en vilo al país, relató su vivencia, narrando el antes del combate, el durante y el después.

La Guerra de Malvinas ya transcurrió hace 38 años, pero una cosa es segura, los compatriotas que lucharon por aquellas tierras no se olvidan. El país entero los conmemora y mantiene vivas las historias que los marcaron, dividiendo su existencia en un antes y un después. Ellos, quienes vivieron en carne propia y fueron protagonistas de los acontecimientos, tampoco se permiten olvidar y luchan fervientemente por reivindicar la memoria.

Este es el caso de Carlos Esteban Rivadero, que, con tan solo 18 años y junto a 2000 cordobeses más, fueron introducidos al servicio militar obligatorio. Rivadero formó parte del Regimiento de Infantería número 8, en Comodoro Rivadavia, desde el 31 de enero de 1982.

Carlos recuerda que ese mundo desconocido se abrió paso ante él un domingo por la mañana. Luego, transcurrido aquel día, asomó el lunes y en primeras horas de la siesta, aquellos jóvenes fueron “cargados en un camión” y llevados al aeropuerto. “No sabíamos nada, mi familia tampoco, algunos otros familiares sí se habían enterado y esperaron en la pista”, narra y abre su corazón al poner en palabras lo que sentía en aquel momento: “se nos rompió el alma, se nos caían las lágrimas”.

Rivadero formó parte del Regimiento de Infantería número 8, en Comodoro Rivadavia.

Del grupo, unos 1800 soldados se instalaron en el sur. “Estuvimos en instrucción dos meses, febrero y marzo, nos dejaban escribir a nuestros familiares”, cuenta Rivadero. Una vez pasado ese tiempo, a los combatientes les tocaba “salir de franco”, pero no pudo ser.

Nos enteramos que se tomó Malvinas y saltamos de alegría, dijimos que sería lindo ir y así pasó, no lo elegimos, justo nos tocó”, rememora Carlos y continúa: “a partir de ahí nos prepararon de nuevo para la guerra, con balas verdaderas y morteros”.

Fue entonces que todo comenzó. El día 4 de abril desembocaron en Malvinas. Rivadero fue elegido para la patrulla de exploración, junto a 7 soldados más, el cabo y el subteniente. Su tarea era explorar la isla y a veces Carlos era el encargado de buscar comida en la base, para lo que debía recorrer entre 10 y 15 kilómetros caminando.

Mientras los días pasaban, las bajas se sucedían y golpeaban de cerca a Rivadero, que también tuvo que vivir un particular cumpleaños número 19, al lado de la costa, junto a un compañero y su subteniente. Sin familia y sin las típicas nimiedades festivas que comúnmente se acostumbran.

Las horas, eternas, continuaban su curso y finalmente llegó ese fatídico 15 de junio. “Nos llamaron cuando se rindió el ejército, fuimos a la base y ya estaba la bandera inglesa izada, fue lo peor que nos pudo pasar; la nuestra, lamentablemente estaba en el piso, fue el día más triste”, señala de la ya lejana fecha que significó una bisagra para él y Argentina.

Anuncios

Lo que quedo después, fue el retorno y la sanación. Los combatientes arribaron al buque Canberra durante el día, de noche fueron trasladados al Norland y encerrados en camarotes en grupos de tres. El destino era incierto y los rumores abundaban. “Gracias a Dios, fuimos a Puerto Madryn”, rememora.

Y sigue: “veníamos cerca de 5000 soldados, nos abrieron el camarote y nos dijeron que estábamos en tierra argentina”. Fue ese 19 de junio, el recordado como el día que “Puerto Madryn se quedó sin pan”, debido al desabastecimiento de las panaderías ante la compra de insumos para los soldados que regresaban a su patria.

Posteriormente, Carlos subió a un ómnibus de la empresa La Quebrada y emprendió el camino hacia su hogar, Villa Allende. Finalmente, todo había acabado. Carlos cerró su relato rescatando ese momento especial: “llegué, le golpeé la puerta a mi hermana en el centro de la ciudad y luego fui caminando a la casa de mi mamá, no me reconoció, le tuve que decir ‘mamá, soy yo, tu hijo, Carlos’”.