Marco Chiaramello tiene 95 años y es un ejemplo de energía y amor a la vida, tanto que ha conseguido que El Pórtico, la residencia geriátrica donde vive, se transforme en una gran sala de exposición de todas sus obras: artesanías campestres o religiosas, versos, fotografías, maquetas, plantas aromáticas y bonsáis, son algunos de sus trabajos.

  • Por Mabel Tula
  • Colaboración: Tomás Calzada y Tomás Gómez Copede (4to IENM).

Marco llegó del Piamonte, Italia, en 1926, con tan sólo dos años. Su familia se estableció en la zona de San Francisco, Córdoba, donde vivió con sus nueve hermanos, se casó y tuvo un hijo. Trabajó en el campo desde muy pequeño, hasta que se mudó a la capital de la provincia, donde desempeñó múltiples oficios.

Cuando internaron a su esposa en Río Ceballos, se trasladó a una residencia geriátrica de la misma localidad para acompañarla en su último tiempo. Hoy, con 95 años, Marco realiza tantas actividades (muchas de ellas, aprendidas por Internet) que afirma “no tener tiempo” y contagia con su energía a todas las personas que lo rodean.

El Milenio: ¿Dónde realizó sus estudios?

Marco Chiaramello: No, yo no tengo colegios, tengo mucha escuela, pero de la calle. En aquel entonces te mandaban a estudiar dos o tres meses en invierno y nada más. A los seis años ya empecé a trabajar, cuidando a un bebé. Mi madre tenía un librito del cual aprendió a leer en español y con el que me enseñó a mí.

EM: ¿De qué trabajó?

MC: Al principio, en el campo, en la zona de San Francisco. A los 30 me casé y después con mi esposa, Solema, fuimos a vivir a Córdoba, para acompañar a nuestro hijo. A mí me gusta aprender, me gusta saber cómo se hacen las cosas. Cuando me mudé, no me costó acostumbrarme, porque yo me adapto a donde vaya. Trabajé en una fábrica de fundición, estuve en un frigorífico, tuve mi propia carnicería y un kiosco. También hice jardinería y mantenimiento, nunca me faltaba trabajo.

EM: ¿Por qué vinieron a Río Ceballos?

CM: Con mi esposa pasamos nuestra luna de miel acá, en 1953. Volvimos hace un tiempo para que cuidaran de ella en un geriátrico. En un año, se había fracturado la cadera dos veces y después empezó a perder la memoria. Yo la atendí hasta mis 90 años. Como no podía vivir en el mismo lugar que ella, me instalé en El Pórtico, para estar cerca. Hace ya tres años que falleció.

EM: ¿Le gusta vivir en este lugar?

MC: Acá soy como un rey, pido algo y me lo dan. Además, tengo amigos con los que nos juntamos a almorzar y salimos los fines de semana.

EM: El living es como una gran sala de exposición de sus fotos y artesanías…

MC: Siempre fui muy inquieto. Todo lo que está ahí colgado, lo hice yo. Tengo un montón de herramientas. Incluso en un momento quise poner un taller, para enseñarle a mis compañeros de la residencia y que puedan pasar el tiempo, pero no se pudo.

EM: ¿Toca algún instrumento?

MC: Me gusta mucho cantar y recitar, pero no toco ningún instrumento. De joven fui a aprender un poco de guitarra, pero en el campo era muy difícil. Ahora tenía ganas de comprarme un bombo, pero todavía no conseguí.

EM: No va a dejar dormir a nadie si trae un bombo

MC: No, ¡tocaría despacito! Yo tengo mis propios auriculares y muchas veces escucho música hasta la una o dos de la mañana sin molestar a nadie. Escucho tango, folklore, música romántica, lo que sea, menos el rock pesado que no me lo banco.

EM: ¿Y cómo aprendió a usar la computadora? ¿Busca cosas en Internet?

MC: Me enseñó a usar la computadora un chico en Córdoba. Y busco de todo, por ejemplo, datos de algún artista, de dónde es, la edad, su biografía. También investigo sobre plantas autóctonas y aprendo a hacer artesanías, como alacranes de alambre, mirando videos.

EM: Usted no se aburre…

 MC: ¡No, no! Yo veo a toda esta gente acá, hay algunos que no pueden, pero hay otros que pueden y no quieren. He pedido que me ayuden a regar las plantas y me han dicho que “ni locos trabajan”. Yo hasta he cuidado a mi compañero de habitación que está un poco perdido.

EM: ¿Con qué materiales hace sus artesanías?

MC: Con lo que encuentre: material reciclado (broches, latas, maderas, botones, etc.), algunas cosas que me traen las chicas del geriátrico y otras que compro. Además, aprendí cestería china, flores secas, hice serigrafía y también pirograbado (diseño que se hace quemando la madera).

Aparte me encargo del jardín. Cuando llegué había pocas plantas. Puse aromáticas (romero, orégano, salvia, menta), rosas y hasta hice bonsáis (aunque muchos los vendí y otros, los regalé). Aprendí a hacer bonsái con un curso barato por correspondencia que saqué de la revista “Selecciones” y terminé siendo el fundador de la asociación cordobesa, haciendo exposiciones y todo.

La fotografía siempre me gustó también, hice tres cursos en Córdoba y le saco fotos a todo: a paisajes, a las chicas del colegio cuando vienen, a la Mar Chiquita cuando fuimos; me gusta todo.

EM: Sobre todo las obras que tienen que ver con el campo, ¿no?

MC: El campo es mi vida, para mí un caballo y una planta es todo. Yo tengo a Hugo que me ayuda en el jardín y me cansé de regalarle plantas. Siempre digo con orgullo: “donde piso, se me llena de amigos”. Y realmente es así. Facundo, el hermano de Martín, el dueño, un día me dijo que yo tengo un cheque en blanco acá, porque siempre hice quedar bien a este lugar en todo el pueblo. Aparte las chicas que trabajan acá son muy buenas, no puedo quejarme de nada, tengo todo lo que quiero.